La zona norte de Argentina fue la puerta de entrada de la colonización española en el sur de América. Y lo fue también del idioma, las tradiciones y las costumbres, entre ellas la cultura del vino.
La vid no fue traída al Nuevo Mundo por capricho, sino por razones de supervivencia. Tras ser cosechada y fermentada, la uva, convertida en vino, se consumía como fuente alimenticia, medio de hidratación, paliativo medicinal, y, claro, como insignia de la evangelización.
No menor fue su papel como munición física y espiritual del cuerpo armado. Generales y soldados recibían la ración correspondiente de vino para enfrentar las vueltas del destino.
Entre aquellos asentamientos del norte argentino ligados a la introducción del vino en el país están Salta y las localidades de Molinos, Cachi y Cafayate.
La propagación de la vid, en particular, corrió por cuenta de sacerdotes jesuitas y luego de encomenderos como Nicolás Severo de Isasmendi, cuyo papel en la elaboración de vinos locales se extiende desde el siglo XVI hasta el presente, en manos de la familia Dávalos, clan familiar derivado directamente de su tronco genealógico.
Con Raúl Dávalos Rubio y Rafael Domingo Molina —perteneciente a otra corriente gestora— revisamos hace poco las proyecciones del norte argentino. Fue en un seminario experiencial organizado en Cafayate —y complementado en la provincia de Jujuy— por el Consejo Federal de Inversiones, la Corporación Vitivinícola Argentina y representantes provinciales.
Con impactantes escenarios naturales como telón de fondo, analizamos y degustamos todas las razones por las cuales el norte argentino se perfila como una alternativa marcadamente diferenciada, frente a un escenario dominado hasta ahora por Mendoza y San Juan, los dos orígenes de mayor oferta y demanda.
Entre otros, deben destacarse los factores de altura y climatología. Al estar ubicada en una latitud subtropical (que permite cultivar en puntos más elevados), los viñedos de Salta y Jujuy tienen en su haber varias marcas mundiales por encima de 3.000 metros (Colomé Altura Máxima, con 3.111, y Viñas de Uquía, con 3.329 metros). Como contraste, a Mendoza, afincada en un meridiano inferior, le resulta físicamente imposible hacerlo más arriba de 1.500 metros.
Lo fundamental es que las plantas de altura gozan de ventajas indiscutibles, como maduración lenta y una candente dosis de insolación. Todo esto se traduce en mayores niveles de acidez y compuestos aromáticos, así en granos de piel gruesa, portadores de concentración (piensen en la necesidad de abrigo y protección que reclaman los seres vivos en la alta montaña). En otras palabras, es fruta afín a la unicidad del territorio y vinos que se salen de la medianía.
Y si a todo lo anterior se agrega un conocimiento técnico de clase mundial y un hábil manejo de la paleta de posibilidades, estamos ante un fenómeno que vale la pena incluir en los listados individuales de preferencias.
Como en toda viticultura extrema, el norte no está a la vuelta de la esquina, especialmente para aquellos que se deleitan visitando los lugares de origen de sus aficiones.
Se deben recorrer miles de kilómetros por aire y por tierra, eso sí por vías paisajísticas muy transitables. Así es que, más allá del encanto de sus vinos, el norte argentino ofrece disfrute visual de montañas portentosas y multicolores, paisajes que evocan otros planetas, sabores ancestrales precolombinos, una lentitud reconfortante y un lenguaje en el que el silencio dice más que las palabras.