Para las conmemoraciones del Día Mundial del Malbec, previstas para el próximo 17 de abril, estaba programada una visita a Bogotá de Joaquín Hidalgo, periodista, enólogo y propagador del quehacer vitivinícola argentino en las principales ciudades del mundo.
Hidalgo iba a dirigir una clase magistral sobre cómo el Malbec cambia de aromas y sabores a lo largo de una geografía productiva de más de 2.000 kilómetros.
Esto es porque el Malbec, de origen francés, tiene la capacidad de adaptarse a cualquier entorno.
En el seminario se habrían degustado vinos de zonas elevadas en la norteña provincia de Salta —a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar— y se contrastarían con caldos de otras zonas hasta llegar a aquellos provenientes de las planicies patagónicas del extremo sur, a tan solo 200 msnm.
Por razones logísticas, Hidalgo no pudo desplazarse a Colombia, de manera que me quedé con muchas preguntas en la punta de la lengua, entre ellas sobre su investigación de anécdotas desconocidas del Malbec a lo largo de 800 años.
Mi punto de partida iba a ser un artículo suyo del cual extraje apuntes para profundizar. Mientras me encuentro con Hidalgo, anticiparé interesantes momentos en el recorrido ancestral de esta uva.
Cahors, en el sudoeste francés, se considera su lugar de origen más reconocido. Hasta donde se sabía, esta antigua localidad no se había distinguido por nada en especial. Hidalgo cuenta que esto cambió con el monarca inglés Enrique II (1152-1189), quien había extendido sus dominios hasta la región francesa de Aquitania, tras su casamiento con Leonor Poitiers (1122-1204). El Malbec, que ya se exportaba a Londres, ayudó a convertir a Cahors en un bastión comercial y cultural, y en una especie de Mendoza actual, según Hidalgo.
Pero ahí no se detuvo la historia. Como lo reveló el mendocino Pablo Lacoste (autor citado por Hidalgo), otros dos monarcas ingleses convirtieron al Malbec en su protegido. Fueron Enrique III (1207-1272) y Eduardo III (1312-1377). Este último lo apodó el Vino Negro de Cahors, por la intensidad de su coloración, una característica todavía notoria.
Otro hecho es que el zar Federico el Grande (1712-1786) consumió Vino Negro de Cahors para curar una úlcera estomacal. Incluso, fue el preferido de la Iglesia ortodoxa rusa para la celebración de la misa.
Catalina II de Rusia también se declaró admiradora del vino de Cahors y ordenó la plantación de viñedos tras conquistar Crimea, donde todavía existe su cultivo.
Luego de estos momentos gloriosos, el vino dejó de interesarle a este tipo de bienhechor y rápidamente se vio superado por otras variedades francesas, como Cabernet Sauvignon y Merlot.
Su gran salto en las Américas (donde se le rebautizó como Malbec) fue su implantación en Chile y Argentina. El responsable fue el ingeniero agrónomo francés Michel Pouget (1821-1875), a quien contrataron los gobiernos de ambos países para mejorar los cultivos agrícolas.
Tras florecer en el desierto argentino, el Malbec aumentó su extensión. En los años 90, enólogos norteamericanos y europeos anticiparon que su comercialización en el resto del mundo podría ser exitosa debido a su estilo elegante y amable. Y así ocurrió.