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O vinho Brasileiro

Hoy día, una tercera parte de los vinos finos y una quinta parte del total de etiquetas consumidas en Brasil tienen origen local. Es decir, la demanda interna se ha convertido en pieza clave para consolidar el sector.

04 de agosto de 2018 - 09:00 p. m.
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El que Brasil haya sido el país invitado a Expovinos —la feria especializada del Grupo Éxito que recién concluye— me hace pensar que los consumidores colombianos pronto encontraremos vinos de esa procedencia en las góndolas de los supermercados, máxime cuando la multinacional francesa Casino, accionista mayoritaria del conglomerado de origen colombiano, tiene en Brasil una de sus principales operaciones mundiales.

Pulida como fue la presentación de Brasil en Expovinos, su principal propósito, por ahora, es hacernos modificar el chip de percepciones habituales, o sea, fútbol, carnaval, bossa nova, cachaça y garotas. Brasil también es productor y exportador de vinos de gran factura, especialmente de espumosos.

Sus raíces vitícolas datan del siglo XVI, mediante la llegada de los primeros europeos a su territorio. Las primeras vides fueron implantadas en 1532 por colonos portugueses. Como sabemos, Portugal, al igual que España, Francia, Alemania y otros países centroeuropeos, formó parte del Imperio romano y, como tal, adoptó una fuerte cultura vitivinícola, heredada a su vez de griegos y fenicios.

Con la posterior llegada de los jesuitas, los cultivos y bodegas crecieron y se ampliaron para garantizar que los clérigos contaran con suficiente vino para la eucaristía.

En siglos posteriores, la actividad se mantuvo estancada hasta bien avanzado el siglo XIX, cuando se produjo una inmigración masiva de italianos, quienes se trasladaron al sur en busca de condiciones climáticas similares a las que habían dejado en casa.

Su primer gran enclave fue la Serra Gaúcha, en el estado de Río Grande do Sul, donde comenzaron a producir considerables volúmenes para satisfacer su consumo habitual.

Durante décadas batallaron contra los intensos períodos de lluvia que se presentan entre enero y marzo, justo al comenzar la vendimia en el Cono Sur. Pero gracias a su persistencia y a la introducción de mejores técnicas vitícolas, mejoraron la calidad de sus vinos hasta atraer a gigantes globales como Almadén y Moët & Chandon, de Francia, y Heublein, firma de origen alemán establecida en Norteamérica.

Posteriormente, Almadén expandió sus dominios a Santana do Livramento, cerca de la frontera con Uruguay.

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Hoy día, una tercera parte de los vinos finos y una quinta parte del total de etiquetas consumidas en Brasil tienen origen local. Es decir, la demanda interna se ha convertido en pieza clave para consolidar el sector y proyectarlo a los mercados externos, como el de Estados Unidos.

Hay espumosos de todos los precios y para todos los gustos: desde vinos elaborados con el método clásico champenoise y el alternativo charmat, hasta los sencillos vinos gasificados. Las variedades utilizadas son las mismas que demandan los consumidores globales, es decir, Chardonnay, Pinot Noir y algunos Moscatel.

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Son seis regiones vitivinícolas dentro de las cuales sobresalen denominaciones como Serra Gaúcha, Campanha, Serra do Sudeste, Campos de Cima da Serra, Santa Catarina y Vale do São Francisco. En ellas se han establecido alrededor de 150 bodegas dedicadas a vinos alta calidad, aunque existen unos mil pequeños emprendimientos, dedicados a elaborar bajos volúmenes y vinos artesanales.

Además de los espumosos de Chandon, figuran respetadas marcas, como Casa Valduga, Lidio Carraro Dádivas, Cave Geisse (de origen chileno), Pizzato Fausto y Miolo. Brasil también produce blancos, rosados y tintos. Bienvenida esta nueva alternativa para enriquecer el espectro de nuestros paladares.

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