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“Aún no me rindo”

La historia de vida de una luchadora en el Urabá: Carmen Palencia.

23 de diciembre de 2010 - 05:30 p. m.
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“He vivido las peores y aún no me rindo. El primer desplazamiento que tuve que sufrir fue en el 89, tenía unas tierritas en un corregimiento de Valencia (Córdoba), no pagamos lo que pedían los paramilitares y el 11 de enero mataron a mi esposo. Huí con mis hijos, compré una parcela, ahora en el corregimiento Nueva Colombia, y los saqué adelante”. Con la voz temblorosa cuenta su testimonio. Sigue teniendo miedo, pero acepta que éste “ha sido un empuje para llegar a la restitución de 187 bienes para la gente de la comunidad”. Es la directora de la Asociación de Víctimas para la Restitución de Tierras y Bienes del Urabá (Asovirestibi), Carmen Palencia, la cabeza de la ONG que acaba de ganar el primer premio de Derechos Humanos Antonio Nariño, entregado por las embajadas de Alemania y Francia.

Ella creció en medio de esa espiral de violencia que desplegaron las autodefensas en el Urabá al mando de Vicente Castaño. Tuvo que vivir y ver los desplazamientos en la zona, sentir el temor con las más de 1.200 muertes perpetradas a destiempo, comprobar que en el Urabá sí se “se sembró con sangre”, como lo reseñó a la Fiscalía el ex jefe paramilitar  H.H., encargado del bloque Bananero que militaba en la zona. A machete y bala el paramilitarismo desplazó mientras algunos palmicultores respaldaron su proyecto expansionista arrebatando las tierras abandonadas para sembrar palma aceitera.

Hoy dice que aún siente la presencia de paramilitares en el Urabá, la incertidumbre, el temor. Sin embargo, y con el afán de devolverles a los campesinos su tierra, mantiene andando una oficina que hasta el momento tiene documentados 1.200 casos de personas desplazadas. “Por cada caso hay una ruta para recuperar lo que es de ellos”, dice y cuenta que a fuerza de disciplina se ha aprendido todos los artículos e incisos posibles de la Ley de Justicia y Paz, en la cual se contempló la primera mesa de restitución de tierras. “Para que la primera mesa pudiera darse tuvimos que poner una acción de cumplimiento al entonces ministro Fabio Valencia Cossio. El fallo fue a nuestro favor. Diez días después se empezó a acelerar el proceso en la Comisión de Restitución de Bienes”.

De los residuos dejados por la violencia en Colombia tiene una bala enterrada en una costilla y el recuerdo de varios meses en una camilla de hospital como consecuencia de un tiroteo protagonizado por los ‘paras’ contra el Colegio Integrado Barrio Vélez. Ocurrió en 1995, cuando tenía 32 años y se proponía terminar su bachillerato. En aquel tiempo se vio obligada a juntar millones para que las autodefensas les entregaran una especie de paz y salvo y la dejaran cultivar su tierra. Otras 36 familias padecieron esa misma suerte. Como pudieron reunieron $546 millones. “Aceptamos la extorsión por miedo. Nunca nos entregaron nada. Todo ese hostigamiento se dio bajo las órdenes de Raúl Hasbún, alias Pedro Bonito”. Igual los desplazaron.

En 2004 empezó a reunirse con más familias desplazadas. Y cinco años más tarde, aturdida por tanta sangre vista, desandó su memoria y se obligó a crear la Asociación de Víctimas para la Restitución de Tierras del Urabá. Cada vez que llega alguien a tocar su puerta lo recibe con dos condiciones: que denuncie con nombres y apellidos a los violentos que lo desplazaron y que solicite a las autoridades la protección de sus tierras. “Hay mucha gente que tiene miedo y que no se atreve a hacer las denuncias, sin embargo, hay 2.400 personas afiliadas a la ONG”, testimonia.

No cuentan con muchos recursos —“las limosnas y la buena fe de abogados que nos ayudan”, dice—. Por eso atesora tanto este reconocimiento Antonio Nariño pues, explica, abre puertas internacionales o conexiones directas con otras ONG. En 2008, ya muy andada, le dio por estudiar derecho en la Universidad de Antioquia, pero los sufragios y amenazas la persiguieron hasta las entrañas del aula de clases. Apenas aguantó un semestre entre libros y códigos. La violencia, de nuevo, se le atravesó. “En el Ministerio del Interior decidieron que era mejor que me fuera a vivir a Bogotá. Me trajeron por ocho meses. No pude visitar el Urabá ni para el entierro de mi madre”.

Sobre el proyecto de restitución de tierras , afirma: “Estamosn, alias Pedro Bonito”. Igual los desplazaron.

En 2004 empezó a reunirse con más familias desplazadas. Y cinco años más tarde, aturdida por tanta sangre vista, desandó su memoria y se obligó a crear la Asociación de Víctimas para la Restitución de Tierras del Urabá. Cada vez que llega alguien a tocar su puerta lo recibe con dos condiciones: que denuncie con nombres y apellidos a los violentos que lo desplazaron y que solicite a las autoridades la protección de sus tierras. “Hay mucha gente que tiene miedo y que no se atreve a hacer las denuncias, sin embargo, hay 2.400 personas afiliadas a la ONG”, testimonia.

No cuentan con muchos recursos —“las limosnas y la buena fe de abogados que nos ayudan”, dice—. Por eso atesora tanto este reconocimiento Antonio Nariño pues, explica, abre puertas internacionales o conexiones directas con otras ONG. En 2008, ya muy andada, le dio por estudiar derecho en la Universidad de Antioquia, pero los sufragios y amenazas la persiguieron hasta las entrañas del aula de clases. Apenas aguantó un semestre entre libros y códigos. La violencia, de nuevo, se le atravesó. “En el Ministerio del Interior decidieron que era mejor que me fuera a vivir a Bogotá. Me trajeron por ocho meses. No pude visitar el Urabá ni para el entierro de mi madre”.

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Sobre el proyecto de restitución de tierras , afirma: “Estamos contentos porque ya lo aprobó la Cámara de Representantes, pero también tristes porque se están dejando atrás muchas víctimas. Por ejemplo, las del genocidio de la Unión Patriótica o los crímenes perpetrados en la masacre de Pueblo Bello”. Ni este panorama a contracorriente la doblega o asusta. Está acostumbrada a capotear tragedias y seguir adelante. El gobierno Santos “ha decidido acoger muchos de los casos que llevábamos. Eso demuestra que tienen ganas de sacar nuestro proyecto adelante”. Carmen es una heredera de la violencia fratricida que se tragó al país, pero, sin rencores, busca salidas. Parece haber encontrado una.

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