Viviana Duarte Abitbol hace parte de una generación ‘sui géneris’: son los niños que tienen a sus padres vivos, pero crecieron sabiéndolos en cautiverio. La esperanza, como dice el refrán, es lo último que pierden.
La primera vez que Viviana Duarte Abitbol quiso dejarle un mensaje a su padre, terminó llorando. La pequeña, que tenía cuatro años de edad, recibió el auricular de manos de su madre, Susy Abitbol, quien le dijo: “Ven a decirle algo a tu papi”. Ella creyó que el entonces capitán Édgar Yesid Duarte estaba al otro lado de la línea. “¿Aló, aló?”, dijo Viviana. No hubo más respuesta que el silencio. “¡Mami, mi papá no quiere hablar conmigo”, gritó, y entre sollozos, salió corriendo a su cuarto. Ese día, también entre sollozos, su madre tuvo que explicarle que su papá estaba secuestrado.
El teniente coronel Duarte ha recibido dos ascensos durante su cautiverio. Fue plagiado por las Farc hoy hace 11 años, junto con el teniente —para la época— Elkin Hernández, en la vía que conecta a Paujil con Florencia (Caquetá). Pero Viviana, su única hija, no tiene la menor idea de quién es él. Escucha con atención lo que le cuenta su madre. Sabe lo que dicen los medios. Lo reconoce en las fotos o videos que han recibido como pruebas de supervivencia en siete ocasiones. Sin embargo, ni siquiera el sonido de su voz se le hace familiar.
Viviana hace parte de esa generación que, por fuera de la selva, ha crecido a la fuerza a pasos agigantados, así como el hijo del cabo José Libio Martínez, quien hace poco quiso, al estilo del profesor Gustavo Moncayo, recorrer un pedazo del país en busca de sensibilidad por el drama de su padre. De hecho, el fin de semana pasado, Viviana y los hijos de otros secuestrados se reunieron en Cali, en un evento promovido por la Gobernación del Valle, el Ejército y la hermana del sargento César Augusto Lasso. “Todos nos contamos nuestras historias. Pero me impresionó más conocer gente a la que le ha tocado tan duro”.
El año pasado, en el colegio La Presentación Centro de Bogotá —donde cursa octavo grado—, una profesora les pidió a las estudiantes responder a la pregunta “¿Qué me saca la piedra?”, escribiendo sobre una piedra. “La piedra me la saca la guerrilla. ¿Es que no tienen padres, hermanos, familiares que quieran tener a su lado, sanos y salvos?”, fue la respuesta de Viviana, quien sueña constantemente con el reencuentro. “¡Me lo he imaginado de tantas formas! Yo no sé si correré a sus brazos o si me quedaré quieta, llorando de la felicidad. Sólo que esta lucha nunca se va a acabar: queremos que vuelva”.
En su hogar, Susy y Viviana guardan un álbum especialmente para Duarte. Allí tienen todas las fotos del oficial, algunas cartas que le han escrito y no han podido enviar y mensajes que han llegado desde la manigua. “Exclamé, con voz entrecortada para mis adentros, no te preocupes, hija mía, tu padre ha de volver, si en la voluntad de Dios ese es su parecer”, decía el teniente coronel en una misiva con fecha de 14 de mayo de 1999. Era un poema para su pequeña, a la que vio por última vez cuando tenía dos años de edad. La había visto por televisión con su mamá y su abuelo, le mandó un beso por el noticiero y quiso hacérselo saber.
“El año pasado una amiga estaba peleando con los papás, y justo ese día yo llegué con pruebas de supervivencia al colegio. Cuando ella leyó las cartas, se puso a llorar. Yo le dije que valorara lo que tenía”. Las amigas de Viviana le preguntan constantemente por el drama que ha soportado su familia por más de una década y ella sólo atina a decirles: “Mi tío Andrés Felipe ha sido como mi papá, pero no es lo mismo. Quisiera tenerlo en mi casa. Que estuviera en mis cumpleaños, en los días de la familia del colegio. Cada 31 de diciembre, antes de empezar la cena, oramos porque éste sí sea el año en que lo volvamos a ver”.
Con el paso del tiempo, Viviana cada vez es más consciente de cómo el conflicto llegó a su casa y le arrebató un pedazo de su vida. “Yo me acuesto pensando cómo estará durmiendo mi papá. Pensando qué comerá allá. Paso mis días pensando cómo él vivirá los suyos. Le he dicho a mi mamá que tenga novio, que estar solo no es nada fácil, ¡es que ya son 11 años! Pero ella me dice que no, que así está bien. Pero en la última prueba lo vi tan flaco, tan acabado, que me da mucho miedo de lo que pueda pasar… yo quiero que vuelva. No más”.