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“El Ejército es un reflejo de lo que somos como sociedad”

El reconocido fotógrafo Mauricio Vélez cuenta cómo fue ir por todo el país y al exterior con el Ejército durante seis años, sin ningún veto ni restricción, para retratar a los soldados colombianos y hacer un libro con sus fotos.

23 de diciembre de 2019 - 07:51 p. m.
Mauricio Vélez viajó durante seis años con el Ejército colombiano con acceso total a todas las bases y operativos militares. / Mauricio Alvarado
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El fotógrafo antioqueño Mauricio Vélez acaba de publicar el libro Soldados, como resultado de haber acompañado al Ejército colombiano en travesías por montañas, ríos y desiertos de toda Colombia y el mundo durante seis años. Para desarrollar el proyecto, que busca ser un homenaje al trabajo de los uniformados en el bicentenario del nacimiento de la institución castrense, recibió el apoyo de la Fuerza Pública, con prólogo del presidente Iván Duque. Así, a través de las 235 fotografías que llenan sus 365 páginas Vélez trató, como dijo a El Espectador, de “retratar la vida del soldado colombiano”.

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El libro, explica el fotógrafo, hace parte de su trabajo “Colombia, más allá de la memoria”, un intento por narrar el conflicto armado desde una visión estética al que Vélez le ha dedicado más de 23 años. El fotógrafo se acercó al Ejército, le contó su idea y lo convenció de darle un acceso total a las operaciones. Estima que tomó cerca de 300.000 imágenes, aunque de muchos de sus viajes, en los que presenció operativos, entrenamientos y hostigamientos, regresó con las manos vacías. La obra fue editada por Villegas Editores y contó con la curaduría de María del Pilar Rodríguez, así como con el acompañamiento militar del general Emiro Barrios.

¿Cómo surgió la idea de hacer este libro?

Hace muchos años leí una frase de John F. Kennedy que decía: “Ciudadano, no te preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país”. Yo, con base en esto, vengo construyendo un material positivo que genere reflexión sobre las violencias que vivimos los colombianos. Obviamente, la cara trágica y dolorosa de la guerra se nos viene enrostrando desde todos los tiempos, pero nunca nos dedicamos a resaltar las bondades que también tenemos. En ese sentido, mi misión como fotógrafo fue construir esta memoria desde una estética distinta, no desde la crítica, sino desde el punto positivo de las cosas.

¿Cómo fue tener permiso total del Ejército para ir a cualquier lugar con ellos a la hora que fuera?

Acordamos que yo tuviera acceso total a todo. En los seis años que estuve fotografiando no tuve una sola experiencia en la que tuviera que guardar mi cámara o no pudiera retratar alguna circunstancia. Yo decidía a qué zonas iba, pero sí tenía personas que me informaban si había acontecimientos especiales, como operativos, ejercicios o entrenamientos. Tenía acceso a todas las bases militares, a esta Colombia tan ajena, y acompañamiento cada vez que lo requería. Cuando veía algo interesante para el libro, lo tramitaba con quien tuviera que hacerlo y siempre estaba todo muy dispuesto por autorización del general Alberto Mejía (excomandante del Ejército, hoy en retiro).

¿Hubo alguna diferencia en el trato del general Mejía y del general Nicacio Martínez, el comandante del Ejército que lo sucedió?

La institución siempre estuvo muy abierta. Este proyecto lo heredó el general Martínez y lo siguió respaldando, no con la misma proyección que en algún momento se pensó, pero fue muy respetuoso y siempre respaldó el trabajo. De hecho, yo al general Martínez lo conocía de muchos años antes y me había apoyado también para hacer unas imágenes. Fue una persona muy generosa, que recibió el libro muy bien, que lo respaldó. Al final sí hubo una transición y el libro no terminó siendo lo que yo soñaba, que era un proyecto de un impacto supremamente grande sobre la imagen del Ejército. Sin embargo, recientemente me llamaron a decirme que el general Martínez habló bellezas del proyecto en Tolemaida.

¿Cómo hace para no desdibujar, también, lo crudo de la guerra?

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He sido un fotógrafo muy estético toda mi carrera. Es muy distinto un reportero gráfico, que enfrenta la realidad que se le posa al frente y su misión es registrarla. Yo, de manera subjetiva, tal vez tomándome más tiempo, pensando la imagen más, sin la obligación de abastecer un medio, puedo ir a una zona de conflicto y buscar una imagen que me transmita algo sin mostrar toda la crudeza. Es una manera diferente de contarlo, con la ventaja de que yo mismo saco adelante los proyectos, los produzco y los publico. Yo planteo la historia como la veo, la imagino y la capto, pero el que sea más estética no la hace menos dolorosa. Tal vez, hasta esa estética la hace más dolorosa.

Hay paisajes a los que pocos colombianos tenemos acceso por el conflicto. ¿Cómo hizo para retratarlos e incluir a los uniformados?

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El secreto está en manejar la magia con suficiente equilibrio para que se vea perfecta. Colombia es un país precioso. Hay muchos lugares vedados para nosotros, pero también hay muchos lugares donde, aunque hace presencia el Ejército, el acceso es absolutamente complicado. Por ejemplo la Araracuara, que es el comienzo de la Amazonia, donde hay bases militares, pero uno ni como civil ni como turista tiene acceso. Parte del éxito de este proyecto, creo, es poder combinar la estética con la imagen. Usted ve el soldado, pero también ve un río, ve un atardecer, ve un paisaje.

¿Qué experiencia o anécdota recuerda de algo que nunca se imaginó hacer y terminó haciendo por este proyecto?

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Yo nunca fui militar ni aficionado a ese mundo, entonces esto ha sido un ejercicio de observar circunstancias supremamente ajenas para mí. Cuando se mira desde esa perspectiva, se capta mucho más de lo que capta el ojo cotidiano. Toda la experiencia requería un ejercicio mental de perder el miedo: pensar que todos los días era una aventura distinta. Hubo sitios a los que tuve que entrar escoltado por seis militares, que registraban que no hubiera minas antipersonales o que no fuera un peligro para mí. Pero, aún así, no estaba exento de que algo me pasara. Estuve también en hostigamientos: en uno me pasaron ráfagas de proyectiles a treinta centímetros, en otro estuve al borde de accidentarme en un helicóptero.

En el libro hay también muchas fotos en los que hay soldados con civiles, ¿cómo vio esa relación de los uniformados con la gente?

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Siempre percibí que el Ejército era muy bien aceptado en todos los sitios que estuve. Al soldado colombiano lo quieren mucho en todas partes. De hecho, por estos días un amigo monje que trabaja de la mano con el dalái lama en misiones de paz a escala mundial estuvo viendo el libro y me dijo: “He estado en misiones alrededor del mundo y nunca había visto un Ejército tan amigable y tan cercano a la gente como el colombiano”. Pero también creo que el Ejército es un reflejo de lo que somos como sociedad: su existencia es una necesidad que nos hemos generado por lo violentos que somos y por la habilidad que tenemos para involucrarnos en negocios ilícitos.

El libro incluye imágenes en Egipto y Corea, ¿por qué?

Quise cubrir todos los puntos en los que está el soldado colombiano. Uno de ellos es el Sinaí: ahí hay una fuerza de ejércitos del mundo (incluido el colombiano) cuidando una misión de paz (entre Egipto e Israel). En estas bases militares comandadas por estadounidenses el acceso se vuelve muy restringido, pero una vez hablé con todos los comandantes y les conté el propósito del trabajo, no solo me dejaron entrar, sino que no me pusieron ningún tipo de restricción. Por otro lado está Corea, por supuesto, donde estuvimos combatiendo en la guerra. Cuando yo hablaba con los veteranos de esa guerra me contaban que lo más duro había sido pelear en el frío porque nosotros no tenemos esos climas, entonces mi sueño era ir en invierno y lo logré.

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La foto que tomé allá donde está el soldado viendo el homenaje a Colombia en la nieve es exactamente el punto, el paralelo 19, donde se libró la guerra. Curiosamente, el día que estuve allá cayó la primera nevada de fin de año. Asimismo, en Guatemala, está el curso contraguerrilla de los kaibiles, que es uno de los más duros del mundo de fuerzas especiales. Lo tenían muy restringido, porque hace unos años hubo denuncias de tácticas cuestionables, pero al final nos permitieron el acceso. En fin, mi misión fue retratar la vida del soldado colombiano en nuestro país y afuera.

¿Cuántas fotos tomó al final?

El otro día me preguntaron eso y, ligeramente, respondí que 50.000, pero me vine pensando que durante cinco años salí a hacer fotos y llegaba cada vez con unas 5.000 o 6.000 fotos. Entonces, siendo honesto, creo que pude haber hecho unas 300.000 fotos para, al final, escoger las 235 que hay en el libro.

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¿Por qué el nombre “Soldados” para el título?

Cuando empezamos a definir la parte conceptual y editorial, definimos el nombre y empezamos a investigar cuál era el origen de la palabra. La etimología de “soldados” nos llevó al año 248 a. C., por un emperador llamado Aureliano, el primer general en convertirse en emperador romano. Entonces, cuando lo proclamaron emperador lo designaron como el primer “soldado”, que significa hijo de dios. En esa época se alababa al sol. Y, si se mira la portada dice “Sol”, luego en otra línea “da”, y en la parte de abajo la mano de un uniformado complementa la palabra “dios”.

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