Su rostro adusto, de mirada imperturbable y ceño fruncido, casi semanalmente cruza por el imaginario de un país que ha escuchado muchas veces anuncios de su agonía o de su muerte, pero lo ve reaparecer cuando la guerra y la paz cruzan sus ases.
Nacido en mayo de 1928 en Génova (Quindío), una pequeña población de agricultores, su verdadero nombre es Pedro Antonio Marín y hasta los 20 años, aunque le interesaba más la esgrima con el machete o la invención de escopetas con tubos de paraguas y gatillos hechizos pues anhelaba prestar el servicio militar, ofició como expendedor de carne, vendedor de dulces, recolector de café y aserrador de madera. Sin embargo, la violencia cambió su destino el 9 de abril de 1948, cuando llegó al municipio de Ceilán a vender quesos y constató el espanto de la intolerancia política.
Ese viernes en Bogotá, a la una y cinco de la tarde, fue asesinado a tiros el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán y la violencia entre conservadores y liberales, que se agredían denominándose respectivamente godos y cachiporros, se regó como pólvora.
Como lo describió el escritor Arturo Alape en su libro “Las vidas de Tirofijo”, ese día Pedro Antonio Marín vio como su tío Ángel Marín, lideraba una turba que asaltó la alcaldía, desarmó a la policía e intentó imponer la autoridad a la fuerza. A la semana siguiente, el Ejército recobró el orden y empezó la confrontación.
Pedro Antonio Marín regresó a sus aserríos situados en la región de El Dovio (Valle), donde se enteró que más de 200 liberales de Ceilán habían sido detenidos por participar en la revuelta y que, desde el cercano municipio de Tuluá, una banda armada de “pájaros” conservadores, al mando de un vendedor de quesos llamado León María Lozano, apodado “El Cóndor”, estaba sembrando el terror entre los pueblos de la cordillera central de Colombia. Pedro Antonio Marín huyó a la montaña y con 14 de sus primos de las familias Loayza y Marín armó su primera guerra.
Con vetustas carabinas y pistolas artesanales, Marín y los suyos se atrincheraron en la región de Ríoblanco, en el sur del departamento del Tolima y constituyeron un grupo armado que bautizaron “Comando”. Y, en medio de la violencia política imperante, del vecino municipio de Chaparral llegó otro grupo armado, de ideología comunista, que terminó por imponer sus tácticas y su doctrina. Los dos grupos crearon un Estado Mayor Unificado, constituyeron un cuartel general denominado El Davis en una alta montaña de la misma región, y desde entonces no para su violencia.
En medio de la efervescencia revolucionaria de los años 50, aunque las Fuerzas Militares lo buscaban como el bandolero y asaltante “Tirofijo”, como una reivindicación marxista, Pedro Antonio Marín cambió su nombre. En homenaje a Manuel Marulanda Vélez, un líder sindical torturado y asesinado por detectives del Servicio de Inteligencia Colombiano (SIC) en 1950, tomó su identidad. Y con su grupo armado se atrincheró en la región de Marquetalia, en una impenetrable y arisca zona de la cordillera central llamada el Cañón de Las Hermosas, hoy convertido en Parque Natural.
Allí se mantuvieron Marulanda y sus hombres hasta 1964. Ese año, en desarrollo del Plan Laso y la Operación Marquetalia, las Fuerzas Militares, en un operativo de 5.000 soldados atacaron la región. Marulanda y su guerrilla comunista afrontó el embate militar y meses después, en la región del Caguán (Caquetá), anunció el nacimiento de Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Desde entonces, la guerra no concluye en Colombia y, por cuenta del narcotráfico, se ha desdoblado en múltiples frentes y dolores que hacen de Colombia un país distinto.
Después de casi 20 años de guerra, en 1984, a instancias del gobierno de Belisario Betancur, se firmó un cese al fuego entre el Estado y las FARC y, producto de los acuerdos de paz, nació un partido político denominado Unión Patriótica que fue arrasado por el paramilitarismo a sangre y fuego. En 1992, volvieron las negociaciones, pero fracasaron de nuevo, esta vez en Tlaxcala (México). En tiempos de Ernesto Samper, las Farc, siempre orientadas por Manuel Marulanda, llegaron a su cúspide militar y, a través de sucesivos ataques a guarniciones militares empezaron a tomar rehenes.
En 1998, el gobierno de Andrés Pastrana autorizó un despeje militar de 42.000 kilómetros cuadrados para negociar la paz, pero tampoco fue posible. La zona del despeje se convirtió en un área de retaguardia para la guerrilla y en lugar para mantener cautivos a decenas de secuestrados. Nunca prosperó la negociación y su único avance real, conducido personalmente por Manuel Marulanda, fue la firma de un acuerdo humanitario entre el gobierno y la guerrilla, que permitió la liberación de casi 400 soldados y policías a cambio de 12 guerrilleros que estaban presos en las cárceles.
Desde 2002 gobierna Álvaro Uribe y la violencia continúa. Y Marulanda Vélez sigue siendo el referente de la guerra. 50 años después, con su mismo estilo campechano, representa la imagen de una guerrilla ortodoxa que desde hace una década, y tras una secuencia de miles de secuestros extorsivos para financiarse, mantiene en vilo al país con su nuevo argumento: el canje de secuestrados políticos por guerrilleros presos. En las selvas de Colombia mantiene oficiales del ejercito con 10 años de cautiverio, y entre sus rehenes a medio centenar de políticos, entre ellos a la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt.
Esa es su guerra inflexible. Ese es su poder de 15.000 hombres en armas, fortalecidos por las arcas del narcotráfico. Hoy, Marulanda Vélez, o Pedro Antonio Marín, o Tirofijo, a sus casi 80 años de edad, vivo o muerto es la representación del guerrillero más viejo del mundo. El Presidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez dice que lo suyo no es conflicto armado sino terrorismo puro y lo combate como nunca antes lo había hecho mandatario alguno. Pero nadie confirma su muerte y después de muchos generales y de medio siglo de violencia, el misterio de su destino tiene en vilo al país.