Hay un hombre en el clan Úsuga que tiene a su servicio un ejército privado: el frente Gabriel Poveda Ramos. La estructura armada, que rondaría los 130 hombres, tienen la misión de proteger a uno de los cuatro jefes más poderosos de esa banda criminal: Manuel Arístides Mesa Páez, alias el “Indio”. Un hombre desconocido en el país, que en un momento aparecía como un mando medio de la estructura, pero se supo, era el encargado de las finanzas del norte de Urabá, un corredor estratégico de droga.
El ejército de 130 hombres, además de tener la misión de esconder a su jefe de los operativos del bloque de búsqueda de la Policía contra el clan Úsuga, se encarga de que la palabra del “Indio” se convierta en ley en la zona rural de San Pedro de Urabá, Necoclí y parte de Arboletes (Antioquia), tal como ocurrió en el último paro armado que convocó esa organización. Un paro que, según el clan Úsuga, era una demostración de que eran una estructura política. Sin embargo, tal afirmación fue rechazada de tajo por las autoridades al advertir que su logro de paralizar las actividades comerciales en el Urabá se dio gracias al miedo y terror y no al apoyo de bases sociales.
Manuel Arístides Mesa lleva 25 años construyendo su poder en la región. El hombre de 46 años es oriundo de Mello Villavicencio (Necoclí), y tal como Dairo Antonio Úsuga, alias “Otoniel” y su abatido hermano, Juan de Dios Úsuga, alias “Giovanni”, se vinculó a los grupos armados antes de cumplir los 20 años. Pero él, a diferencia de los dos hermanos cuyo apellido bautiza a la banda criminal más grande del país, no se enfiló en la guerrilla del EPL, sino en las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá que bajo el mando de los hermanos Fidel y Carlos Castaño se habían consolidado en la región.
Desde el primer momento, dicen los investigadores de la Policía que han construido su perfil criminal, se inclinó hacia las actividades que constituyen el músculo económico de las estructuras armadas, el narcotráfico. Empezó como mandadero de Carlos Castaño, quien le enseñó todo lo que sabe sobre el negocio y quien le dio la confianza para vincularse a los embarques de drogas por el golfo de Urabá. Así, de la mano de los Castaño en el Bloque Bananeros, pulió el perfil de narcotraficante que lo puso al frente de las finanzas del clan Úsuga.
Después de la conformación de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) en 1997, “Otoniel” y “Gavilán” fueron enviados por Castaño a otras partes del país. Alias el “Indio”, en cambio, se quedó en Urabá, razón por la cual, dicen las autoridades, goza de un mayor reconocimiento en la región. Por su perfil “administrativo”, alias el “Indio” no se vinculó al proceso de desmovilización de las Autodefensas en el año 2006. Fue entonces cuando Daniel Rendón Herrera, “Don Mario”, reclutó a viejos combatientes y según él, siguiendo órdenes de los Castaño, montó las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, también conocidas como los Urabeños y hoy llamados clan Úsuga.
Por su conocimiento excepcional de la zona, alias el “Indio” pasó de ser “un paladín” de los Castaño, a una figura fundamental dentro del nuevo grupo armado. Junto a Carlos Antonio Moreno, alias “Nicolás”, Manuel Arístides Mesa empezó a manejar todas las rentas ilegales de los entonces llamados Urabeños. Tras la consolidación de los Úsuga, alias el “Indio” sacó a relucir todo su talante “traqueto”: se movía a sus anchas por los municipios de San Pedro de Urabá y Necoclí en cuatrimotos y camionetas, y vivía en una suntuosa finca en la vereda Las Changas, en Pueblo Nuevo (Necoclí).
De acuerdo a las investigaciones de la Policía, el “Indio” no solo se encarga de conservar los negocios ya existentes, sino que tiene la función de conseguir nuevos recursos para la organización criminal. La Policía ha logrado establecer que las rentas ilícitas del clan Úsuga “son casi las mismas de otras estructuras delictivas”: narcotráfico, extorsión, minería ilegal e infiltración en sectores de la economía legal –en su caso, el transporte–. La diferencia podría ser que, por su ubicación estratégica, lograron vincularse además a las redes internacionales de tráfico de migrantes.
En cuanto al narcotráfico, alias el “Indio” ha logrado establecer alianzas con las Farc, el Eln y con todas las bandas criminales. “Ellos no cuidan cultivos ilícitos, ellos cuidan rutas de transporte de drogas. Manejan además los laboratorios en Choco, Urabá, Córdoba y Antioquia. Cobran entre $600 y $700 mil de impuestos por kilo que sale por el Golfo de Urabá, y adicional cobran por el enlace internacional en República Dominicana, Honduras, Guatemala o con el Cartel de Sinaloa”, le dijo uno de los investigadores del bloque de búsqueda de la Policía a El Espectador.
Como el tráfico de drogas, la minería ilegal también le deja grandes ganancias al clan Úsuga: mientras un kilo de cocaína cuesta $3.500.000, el de oro cuesta $80 millones. Además, según la Policía, “todo lo que genere economía en sus zonas de influencia es extorsionado: comercio, transporte, industria bananera”. Incluso, señalan las autoridades, “al mejor estilo de Pablo Escobar, ellos han montado flotas de taxis y mototaxistas para que les sirvan como informantes de los movimientos de la Fuerza Pública”. Y de paso, comprando trasporte público “lavan” el dinero que les deja en narcotráfico. Del manejo de todos estos recursos se encarga alias el “Indio”.
Consciente de la importancia que tendría su eventual captar para las autoridades, una vez inició la operación Agamenón en enero de 2015, a pesar de no tener un perfil militar, el “Indio” decidió hacerse con el grupo de hombres que hoy protegen su retaguardia en los municipios donde se concentra su poderío. Agamenón cambió radicalmente su forma de moverse: de camionetas pasó a moverse por trochas en mulas y a pie. De mansiones, pasó a dormir –nunca más de una noche– en ranchos de madera construidos en 20 días, que luego ‘dona’ a la comunidad a cambio de que lo mantengan informado de los movimientos de la Fuerza Pública. Y, aun así, atrapado en la espesura de la selva, sigue imponiéndose como el patrón de las finanzas del clan Úsuga.
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