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El último capítulo de ‘El Loco’

Perfil de un capo que no cayó por estar finiquitando negocios de droga, sino negociando tierras y ganado.

29 de septiembre de 2012 - 04:00 p. m.
La captura de Daniel ‘El Loco’ Barrera se produjo el pasado 18 de septiembre en Venezuela.
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Desde 2008, con la colaboración de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, Gran Bretaña y Venezuela, la Policía de Colombia se metió de lleno a conocer el mundo de Daniel El Loco Barrera. Hasta ese momento la información sobre el proceder y los hábitos de este capo del narcotráfico tenía su origen en los archivos que las autoridades poseían sobre sus relaciones con la guerrilla y las autodefensas y, sobre todo, de sus días como integrante del bloque Capital. Pero lo que vino después explica cómo son los capos del siglo XXI.

La Policía sabía de un antiguo cotero en Corabastos que luego se hizo cocinero en laboratorios de droga en las selvas del Guaviare, luego vengador con talante de sicario y poco a poco narcotraficante puro. Pero desconocía cómo el poder económico fue cambiando los gustos del personaje, hasta terminar convertido en un disimulado potentado pegado del consejo de los brujos, pero fumando habanos de alto costo y refugiándose en la vanidad física como el atributo determinante para sostener amantes y brillar en su reducido mundo social.

Después de buscarlo por el Llano y la selva, de rastrearlo por diversos países del continente, de asociarlo con la expansión de las bandas criminales o la traquetización de algunos frentes de la guerrilla, la Policía descubrió que no se había movido de Venezuela. Y que se alojó en Caracas (Venezuela), donde adquirió una mansión en el barrio El Hatillo. Allí se instaló con su familia, pero aunque inicialmente no despertó sospechas, pronto cedió a la tentación de la opulencia. Por eso se llenó de lujos que llamaron la atención de las autoridades.

En especial por dos adquisiciones: un automóvil Jaguar último modelo y un Porsche en el que acostumbraba movilizarse como un bien vestido empresario. Hasta que sucedió lo inesperado. Uno de sus hijos estrelló el Porsche en una de las calles de Caracas y, además de sacarlo de quicio por la pérdida total del costoso vehículo, fue la señal para entender que debía abandonar la capital venezolana. Entonces comenzó a moverse en tres regiones: Barinas, Guanaré y San Cristóbal. Su maniobra resultó exitosa y las autoridades le perdieron la pista por varios meses.

No obstante, los organismos de inteligencia ya habían detectado un dato clave: donde quiera que se movía El Loco Barrera, con él estaba su prima y confidente Martha Franco, también conocida con el alias de Rocío. Como el narcotraficante tenía por costumbre eludir cualquier comunicación telefónica o conexión tecnológica, ella lo hacía, y su rastro ya era suficiente. Además, la Policía sabía que con Martha Franco siempre estaban también alias Lucho y José Nieto, alias Candelo, sus dos personajes en la avanzada de sus negocios.

A través de este último, por ejemplo, las autoridades descubrieron uno de los últimos pasos del capo para tratar de recobrar su poder en Colombia y, eventualmente, promover el regreso a su zona vital: los Llanos Orientales. Pese a que reconoció que su verdadero enemigo fue siempre Héctor Buitrago, alias Martín Llanos, con quien nunca pudo concertar alianza alguna, su último empeño fue tratar de pactar un acuerdo de convivencia con el llamado ‘Zar de las esmeraldas’, Víctor Carranza. Esa fue su última obsesión.

De hecho, en sus primeros contactos con la Policía colombiana, El Loco Barrera admitió que alcanzó a sostener dos reuniones con la gente de Carranza y que la última se registró en la localidad de La Paz (Cundinamarca). Obviamente, ni estuvo El Loco ni tampoco el esmeraldero. Cada quien envió su emisario. Los mensajes de ambos frentes eran la necesidad de superar cualquier conflicto del pasado y compartir territorios antes de preparar sus arreglos con la justicia. En el fondo, como otros ilegales, sabía que ese era su talón de Aquiles.

No tanto en Colombia como en Estados Unidos. En el fondo sabía que tarde o temprano sería su estrategia. Por eso se dice que participó en la entrega de alias Comba, que alcanzó a aconsejar a alias Rastrojo que lo hiciera. Lo mismo que le mandó a decir a Valenciano, a Sebastián, a la gente de la ‘Operación Cuenca del Pacífico’. Todos pensaban que era una táctica suya para adueñarse de todo, pero él mismo tenía claro que algún día iba a confrontar a quien nunca le perdió el rastro y pacientemente esperó su caída: la justicia norteamericana.

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Al margen de esta realidad, El Loco Barrera se volvió un personaje cruzado en todas las bandas. Tenía lugar de privilegio en los mandos de la ‘Oficina de Envigado’, se movía como pez en el agua como ‘Los Urabeños’, la Erpac, ‘Los Combas’ y hasta sostenía sus alianzas con las Farc para mantener los precios de la coca. En pocas palabras, una especie de mayorista del negocio, como en sus tiempos de Corabastos, que vivía austeramente pero que podía llegar a recibir hasta $5 mil millones mensuales. Pero como siempre, la debilidad de los capos son las mujeres.

Daniel El Loco Barrera no fue la excepción. Fuentes de inteligencia le confirmaron a El Espectador que sus extravagancias para seducir a sus admiradas nunca tuvo límites. “A una muchacha le pagó un crucero por las islas del caribe con toda su familia a bordo, sólo por complacerla. Con otra particularidad: aunque no dejó de involucrarse con mujeres de Venezuela, e incluso hoy se habla de sus relaciones con una vedette de la farándula del vecino país, prefería a las colombianas y sus secuaces tenían que hacer maniobras para que llegaran hasta sus refugios.

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Todo lo coordinaba su socia Martha Franco, quien además de garantizar que accedieran hasta su sitio, era la persona que coordinaba sus compras de tierra y ganado. Le preocupaba mucho la suerte de su primera mujer detenida en Argentina, pero cuando lo capturaron el pasado 18 de septiembre andaba con su última amante que lo bañaba, lo vestía y le daba la comida. El Loco Barrera en los últimos días se había quemado las manos para que no lo reconocieran. La madre de su último hijo tuvo que quedarse en Colombia esperándolo.

Ellas fueron determinantes para caerle al capo y por su conducto le permitieron descubrir a las autoridades de qué manera vivía. Más que narcotraficante o jefe de banda criminal, o socio de las Farc, El Loco Barrera fue en esencia un comprador de tierras y ganado. Poseía fincas en Venezuela y en Colombia. Una sola de ellas podía tener 6.000 hectáreas. Otra llegó a venderla por $8.000 millones y al testaferro que le ayudó en el negocio le regaló la mitad. En el fondo se sentía un campesino o un llanero negociando o lidiando con sus reses.

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Sólo que en los últimos tiempos, producto de las persecuciones en su contra, había desarrollado otros hábitos. Por ejemplo, intensificó sus actividades deportivas. En épocas más desahogadas, su costumbre matutina era montar en una bicicleta y recorrer 20 kilómetros diarios. Aunque en los últimos tiempos ya no lo hacía con tanta frecuencia, de vez en cuando recobraba los atuendos y volvió al pedaleo. De alguna manera era un hombre vanidoso y la prueba es que llegó a hacerse dos liposucciones y un bypass gástrico para mantener su línea atlética.

Todos estos detalles los tenían muy bien estudiados los agentes de inteligencia que nunca le perdieron la pista. Se levantaba hacia las 3 de la mañana, desayunaba con el alba y cocinaba, ese era su otro hobby. Poco iba a restaurantes, nunca entraba a ellos si veía mucha gente y prefería, como cualquier dieta de obrero, almorzar con pan y gaseosa cuando los apremios lo exigían. Le encantaba el té verde, era aficionado al juego, pero básicamente se comportaba como un ganadero, pero de aquellos que también ejercen el oficio de la vaquería.

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Como muchos otros capos en retirada, El Loco Barrera también tuvo un último delirio: la consulta con los brujos. Tenía uno en especial que lo iba asesorando sobre cómo moverse sin peligro y le había entregado una pulsera energética para que ahuyentara a sus persecutores. Esos mismos asesores parapsicológicos lo indujeron a que le rezara a la Virgen e incluso lo llevaron a convertirlo en un lector inusual de los libros el Dalai Lama. Todo producto de su ansiedad. En el fondo sabía que el cerco se estrechaba a su alrededor y pronto iba a caer.

Por eso en sus últimos tiempos despertó una desconfianza peculiar por los teléfonos. No hablaba por esta vía y sus comunicaciones eran esporádicas. Se necesitó la más sofisticada tecnología para ubicarlo. En los últimos tiempos llegó a utilizar 350 cabinas telefónicas. La última vez que las autoridades pudieron detectarlo fue el pasado 8 de agosto. Habló de caballos y de camiones. “Es increíble, pero cayó por su preocupación por las fincas y el ganado, y no por estar hablando de droga”, agregó una fuente consultada por El Espectador.

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Vivía orgulloso de uno de sus hijos que estaba aprendiendo inglés en Londres, le giraba entre dos y tres millones de pesos mensuales a su madre que nunca quiso salir del campo, tenía un personaje clave en Bogotá conocido como Kike, quien le movía dinero a través de una casa de cambio, y otro llamado El Primo, que organizaba eventos musicales, y autorizado por El Loco se gastaba hasta $100 millones en una noche en casinos capitalinos. Era una especia de capo a control remoto que en el fondo sabía que tenía los días contados en libertad.

Y así fue. El pasado 18 de septiembre fue capturado en Venezuela y cuando empezaron a interrogarlo se refugió en un silencio largo. Un mutismo que sólo rompió cuando le preguntaron si algo tenía que ver con la muerte del comandante paramilitar del bloque Centauros Miguel Arroyave y respondió con una leve sonrisa. De alguna manera, ya tenía claro que su ciclo había concluido y que, además de prepararse para cantar verdades a diestra y siniestra, ahora lo espera una larga temporada tras las rejas en Colombia o en Estados Unidos.

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Esta semana, el ministro del Interior de Venezuela, Tarik El Aissami, afirmó que su gobierno no sabe cuál será el destino de El Loco Barrera. El director de la Policía, general José Roberto León, agregó que seguramente terminará en una cárcel norteamericana porque le esperan cargos de narcotráfico y lavado de activos. Ya proliferan los rumores de que sus delaciones tienen temblando a más de uno. Pero lo único claro es que El Loco Barrera ya era un capo en retirada y que alguien se quedará con su ganado, sus bicicletas, sus amantes y los teléfonos que dejó de utilizar.

Los capos detenidos en Venezuela

En dos años han caído en Venezuela siete de los más importantes narcotraficantes del país, incluido Daniel El Loco Barrera. En ese país fueron detenidos el jefe de la banda criminal de Los Rastrojos, Diego Pérez Henao, alias Diego Rastrojo; el líder de la llamada Oficina de Envigado, Maximiliano Bonilla, alias Valenciano; el fundador de las Autodefensas Campesinas de Casanare, Héctor Buitrago, alias Martín Llanos, y el miembro del cartel del norte del Valle Carlos Rentería Mantilla, alias Beto Rentería. A esto habría que sumarle que en ese país, en la ciudad de Mérida, fue asesinado el 30 de enero de 2008 el capo Wílber Varela, alias Jabón, jefe del cartel del norte del Valle y quien, al parecer, habría sido ultimado por sus lugartenientes.

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El socio de Daniel ‘El Loco’ Barrera

El narcotraficante Daniel El Loco Barrera nunca trabajó solo. Su carrera criminal prosperó bajo la sombra de su socio, el exagente del CTI Luis Agustín Caicedo, alias Lucho, quien fue capturado en abril de 2010 en Argentina, donde se escondía.

De acuerdo con las autoridades, Caicedo logró delinquir en Estados Unidos como ningún otro narcotraficante lo había hecho y por ese motivo fue extraditado tres meses después de su captura.

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Allí fue condenado a tan sólo 10 años de prisión, pues a pesar de que lo esperaba una condena de por lo menos 20 años por los delitos de lavado de activos y narcotráfico, obtuvo una considerable reducción al informar al gobierno estadounidense sobre la ubicación de $184.000 millones que tenía en su poder.

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