Jurista de todas las horas. Amigo cumplido en los ocasos y coro desinteresado de la alegría ajena que generosamente acogía como propia. Dueño de una voz inconfundible y que se difundía sin dobleces, para reafirmar que la voz es el mejor reflejo del alma. Consejero incansable de quienes acudimos a su guía franca, a su faro intelectual, que iluminó con palabra oportuna, e indistintamente, a presidentes, ministros, líderes empresariales y colegas. En un mundo cada vez más entregado a la banalidad y donde la veleidad se convierte en una especie de peste, hará falta su carácter recio, sin arqueamientos ni torsiones, forjado como las espadas de los nobles guerreros, sin aleaciones impuras.
Cuántas veces le vimos negarse a apoderar litigios de muy probables resultados favorables, porque como lógico parámetro de su ser corajudo, le resultaba un gran reto la dificultad. Sabedores sus amigos de su carácter de invencible púgil, poco habríamos de imaginarnos que perdería en este preciso momento de fulgor existencial la lucha contra la mortalidad, pero pudo más el rigor de la enfermedad que soportó con estoicismo, aunque teniendo como paliativo la compañía de su familia y entrañables amigos entre los cuales deja dos hermanos de vida: Fernando Carrillo y Alejandro Venegas.
Pero no todo en él desaparecerá. Sus invaluables enseñanzas descansan en múltiples publicaciones y en la mente de centenares de estudiantes que tuvieron el privilegio de escuchar sus agudas disertaciones en su muy querida Universidad del Rosario, donde ahora resonarán también entre sus corredores atemporales que sirvieron de telones a la historia colombiana, su sonrisa franca y contagiosa, y su oratoria prolija y detallada. A la manera castellana entonces que tanto le gustaba evocar mediante pasajes que recitaba de memoria, y yacían en esa cantera profunda y versátil que era su mente, sobrevivirá en nosotros para hacernos recordar que como Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador, luego de muerto, seguirá ganando batallas ciñendo las armas de los valientes. Se fue alguien que como nadie pudo en nuestros tiempos evocar al caballero medieval y sus virtudes: lealtad con el amigo y con el enemigo; decoro en la victoria y la derrota, y apego a los códigos de honor.
A principios de la década de los noventa tuve el privilegio de conformar con él el equipo de trabajo del Ministerio de Justicia. Por aquel entonces Gabriel asumiría el colosal reto de dirigir la Dirección Nacional de Estupefacientes. De su valentía en el desempeño de aquellas funciones y su lucha contra el narcotráfico no solo podremos dar cuenta sus compañeros de trabajo, sino también su obligado exilio a raíz de cobardes amenazas en su contra. Una frase que le escuché en esos momentos ratificará su ya aludido firme talante caracterizado por la ausencia de volubilidad alguna: “Los cisnes se peinan con las tempestades”.
Prolegómeno aparte merece su reconocido y envidiado sentido del humor, siempre punzante e imaginativo. Era una especie de caricaturista oral, porque no requería el auxilio de un arsenal de palabras para detallar su crítica, sino la mera ironía. En todo fiel exponente del gracejo bogotano ya en vía de extinción y que sin duda pierde a uno de sus últimos cultores. Interlocutor mordaz e imprevisible, quien con su verbo encarnó a la perfección ese concepto de “aguijones revestidos de miel”, como el gran caricaturista Ricardo Rendón definió la sátira.
Académico destacado, conjuez, árbitro, sin duda uno de los mayores eruditos del derecho administrativo colombiano de esta época; aunque valga la pena decir que a pesar de merecer tantas charreteras profesionales, nunca fungió presuntuoso o infalible. Alma de profesor, apostolado que busca más servir que ser servido. Historiador frustrado, aunque retratista sin parangón de la realidad política y sus vericuetos, razón por la cual siempre le reproché no aceptar ser columnista permanente de algún medio escrito, como tantas veces se lo propusieron. Hombre bien informado sobre la actualidad nacional, lo que resultaba admirable teniendo en cuenta el poco tiempo disponible que le quedaba al pendiente de tanta ocupación jurídica a cargo.
Su partida nos deja una desazón gigantesca, más todavía cuando se marchó en el esplendor de su carrera profesional y pletórico de éxitos, lo que obliga a reflexionar sobre esa frase de Séneca, que advertía que necesitamos la vida entera para aprender a vivir, pero también para aprender a morir. Les reconfortará a su esposa e hijos, Patricia, Pablo y Sofía, su legado probo. Una trayectoria profesional que no conoció la tacha, con trazabilidad definida, en virtud de lo cual bien hubiera podido ser ministro o magistrado, pero fue tan fiel al litigio y a la cátedra, que prefirió nunca abandonar esas actividades.
Nos harás falta Gabriel, gracias por tu amistad de oro. Te extrañaremos en los foros arbitral y académico en los cuales sobrarán los minutos de silencio en tu honor, más allá de eso, nunca tan oportuno honrar tu hidalguía replicando esa frase que algunos historiadores le atribuyen a José de San Martín una vez enterado del deceso de Simón Bolívar: “¡Llorarlo sería poco, hay que aferrarnos a su ejemplo!”.
* Abogado, catedrático, árbitro y director de la Corporación Excelencia en la Justicia.