Doctor Valdés, ¿en dónde se encontraba usted y a qué se dedicaba en noviembre de 1985, cuando el M-19 se tomó el Palacio de Justicia?
En esa época era estudiante de décimo semestre de medicina en la Universidad Nacional. Estaba haciendo la práctica de medicina legal tanto en patología como en clínica, en el instituto.
Concretamente, el 6, 7 y días siguientes a la toma y como estudiante de medicina legal, ¿qué le correspondió hacer dentro del instituto?
En esos días, y dado que se advertía que los acontecimientos iban empeorando por la situación que se había presentado en el Palacio de Justicia, fue necesario, cada vez con mayor intensidad, apoyar las labores que se estaban realizando. Entonces los estudiantes que practicábamos en el instituto colaboramos con nuestros profesores, los médicos legistas, para aprender pero, sobre todo, para ayudar en las tareas que ellos tuvieron que asumir. Todos decidimos quedarnos para lo que se necesitara.
¿Cuántos días permaneció en la morgue y, exactamente, cuáles tareas tuvo que desempeñar?
Permanecí en la morgue toda la semana, ayudando a poner en orden de secuencia numérica las bolsas que se depositaban en el parqueadero del instituto; bolsas que llegaban en radiopatrullas de la Policía y que traían fragmentos calcinados de cuerpos humanos. Yo las ubicaba en ese orden para que pudieran subirlas con la misma secuencia, con el fin de que los patólogos las pudieran examinar. Las bolsas estaban amarradas y venían marcadas con una hoja de oficio sobrepuesta, en que había un número de acta. Esa era la forma en que se diferenciaban.
¿Supo quiénes hicieron la primera labor, es decir, la de recoger los cuerpos o los fragmentos humanos en los distintos pisos del Palacio, empacarlos en bolsas, escribir oficios y darles número de acta?
No lo tenía claro, pero supuse que quien hacía esa tarea era la misma Policía, que las llevaba al instituto. Solo después, con el paso del tiempo y al ver las imágenes de los noticieros, entendí que los encargados de ejecutar la recolección de los cuerpos (que se hizo de manera indiscriminada y sin criterio alguno) eran los empleados del servicio de aseo de la época: la Empresa Distrital de Servicios Públicos (EDIS).
¿No era un exabrupto científico? A nadie se le ocurre —ni siquiera en esa época, pues ya había suficientes avances médicos— que recogedores de basura pudieran estar capacitados para ejecutar una labor como la de recoger cuerpos con el fin de practicarles análisis forenses…
Claro, esa labor nunca se debió realizar de esa manera. Al ver las imágenes grabadas se entiende que, al actuar como lo hicieron, los bomberos contribuyeron al desorden que había en ese momento. Pero, para la época y siendo apenas un estudiante, yo no contaba con elementos de juicio suficientes para criticar o controvertir las órdenes que se daban. Desde mi posición, solo estaba atento a colaborar y a tratar de dar un poco de lógica al trabajo que hacíamos, junto con las otras personas presentes en la morgue.
Aun con el desorden reinante, ¿cómo fue posible que se identificaran cadáveres de mujer como si fueran de hombre o al contrario, tal como contó usted esta semana en Blu, y cómo terminaron mezclándose partes de unos cuerpos con otros sin que nadie dijera nada ni se criticara la confusión en que se estaba incurriendo?
En principio, se entendía que los cuerpos llegaran mezclados en las bolsas por la forma tan inapropiada en que fueron recolectados en el Palacio de Justicia. Lo que no se comprendía era por qué un conjunto de segmentos corporales en que, claramente, se notaba que había más de un individuo, era entregado como si perteneciera a una sola persona; o por qué cuerpos que, anatómicamente, se identificaban con un sexo, eran entregados como de sexo diferente. Ante esta situación, y teniendo en cuenta lo que se vivió en Medicina Legal, puedo suponer que los criterios científicos sucumbieron ante los criterios de los que se encontraban allí, ejerciendo autoridad.
¿Cree que la manipulación de la escena ejecutando conductas como, por ejemplo, lavar con manguera los pisos del Palacio de Justicia en donde murieron los rehenes, fue hecha para borrar las pruebas de lo que sucedió allí?
No podría hacer esa afirmación. Sí es claro que lo que se hizo en el Palacio cuando se recogieron los cuerpos o los fragmentos humanos, condujo a alteraciones mediante la mezcla de elementos que hubieran podido ser útiles para esclarecer la verdad. Y que esa alteración inicial (de la escena) es el origen de que no se haya podido conocer la verdad de lo que sucedió en el Palacio.
Se ha informado que en las bolsas de basura en que se transportaron cuerpos y partes de otros cuerpos también se introdujeron deshechos como cenizas, papeles, pertenencias de las víctimas, etc. En cuanto a lo que usted vio, ¿esta descripción se ajusta a lo que pasó?
Sí. En las bolsas llegaban fragmentos corporales, es decir, tejido humano de diferentes personas y, además, otros elementos: vidrios, madera carbonizada, tierra y algunas pertenencias de las víctimas, como relojes, cadenas, anillos, pulseras. Esa mezcla, totalmente aleatoria y sin orden ni sentido, dificultó la asignación de las posibles identidades. Por tanto, el valor probatorio de las identidades asignadas es mínimo.
Antes usted mencionó que los criterios científicos cedieron ante los criterios de quienes estaban en Medicina Legal ejerciendo autoridad. ¿Quiénes eran?
Gran cantidad de personal militar: unos estaban uniformados; otros, vestidos de civil.
En su calidad de testigo excepcional de lo que pasó en esas horas en el edificio de Medicina Legal, ¿se puede afirmar que Policía, Ejército y Justicia Penal Militar “se tomaron” el Instituto?
Sí. Era notorio porque siempre hubo muchas personas uniformadas y de civil tanto en el exterior como en el exterior del instituto. Esas personas acompañaban las labores que realizábamos en el parqueadero y en la morgue. Yo no entré a la morgue, pero me podía dar cuenta desde donde estaba que adentro había mucho personal uniformado y de civil, repito, que daba instrucciones sobre los contenidos de las bolsas. Asumo que con esas indicaciones, ellos orientaban lo que se reportaba al final.
Entonces no se trataría solo de confundir identidades, sino también de evitar las investigaciones judiciales futuras sobre los actos en que podrían haber incurrido quienes participaron en la retoma del Palacio. ¿Qué piensa usted?
En la actualidad, y dado que aún no se conocen muchos aspectos sobre ese desastre que se hizo, no podría ni asegurar ni excluir esa hipótesis. Lo cierto es que durante estos 33 años la situación que se generó en esos momentos ha impedido que los afectados reciban los cuerpos de sus familiares y, en consecuencia, que se haga justicia. En otras palabras, hoy no existe verdad para poder hacer justicia.
Pero ¿por qué los médicos seguían las instrucciones militares si los expertos legistas eran ellos?
Desde mi posición de estudiante no tuve acceso a esa información ni a ningún tipo de poder de decisión. Por eso tampoco entendía qué pasaba durante el proceso de identificación ni a quiénes se identificaba.
Lo que sí es posible decir es que en 1985 el desarrollo científico era suficiente para haber hecho esa labor de manera más profesional y seria. El interrogante sigue siendo válido: ¿por qué los legistas certificaron identidades falsas?
Puedo decirle que aunque el desarrollo de la ciencia forense no era tan avanzado en materia de identificaciones como hoy, sí se tenían criterios basados en patología ósea y patología traumática y, en términos más generales, criterios sobre anatomía humana que eran fácilmente aplicables para orientar la identificación de los cuerpos o su individualización. En muchos casos, esa labor se hubiera podido complementar, además, con otros estudios como, por ejemplo, los radiográficos, que hubieran sido útiles para fortalecer los argumentos con que se entregaba un certificado.
Insisto: ¿por qué los legistas no se opusieron a firmar o no reportaron los resultados reales de las necropsias?
Hoy pienso que los médicos legistas realizaron esas identificaciones indiciarias sin tener en cuenta unos criterios científicos como respuesta a las presiones que había cuando, en medio del trabajo desordenado y angustioso que reinaba, se encontraban ahí muchas unidades militares.
Esa presión se nota en las actas que, vistas por encima, no satisfacían un mínimo de criterios científicos. Con toda seguridad, eso no sucedió por falta de conocimientos médicos…
Es indudable que al leer los protocolos que se exigían para realizar necropsias en ese tiempo, los legistas entraron en profundas contradicciones entre los hallazgos que encontraron y las conclusiones a las que llegaron con respecto a la identidad de los cuerpos. Y que esas contradicciones, tal como se percibe cuando se leen las actas, son tan evidentes científicamente hablando que solo se explican si quienes firmaban esas conclusiones tenían que responder a una voluntad ajena y no a los criterios médicos.
De manera precisa y en cuanto cabe la duda, los que practicaron las necropsias y firmaron las actas que se entregaron después ¿eran médicos o militares?
Quienes practicaron las necropsias fueron los médicos patólogos que se encontraban de turno aquel día, así como después también lo hicieron los que llegaron a apoyar esa labor cuando el trabajo de recepción de cuerpos se prolongó.
¿Es verdad, como lo han sostenido familiares de algunas víctimas, que uniformados activos se vistieron con batas blancas y simularon ser médicos forenses para manipular los cuerpos y expedir certificados de defunción?
No lo puedo asegurar. Vi personal uniformado y de civil mezclado con los funcionarios del instituto desde el principio. También observé, como ya aseguré, que permanentemente daban indicaciones sobre los elementos que contenían las bolsas que llegaban del Palacio de Justicia. Lo demás no me consta.
¿Por esos días escuchó que la razón o disculpa para darle al instituto un carácter militar era que el M-19 podría asaltar el edificio para raptar los cadáveres?
No recuerdo haber oído ese tipo de hipótesis ni ninguna otra que justificara la presencia de tantas personas uniformadas en el instituto. Asumí que esa situación era parte del caos en que estaba sumergida Bogotá por esos días.
¿Supo si alguna vez fue investigada la actuación de los médicos, quienes al estar amenazados para que certificaran falsedades podrían tener una justificación ante la justicia?
En ese momento no me di cuenta. Con posterioridad y por mi ejercicio de la medicina forense, especialmente cuando asumí este caso como funcionario de la Fiscalía General de la Nación en los años 90, supe que muchos fueron llamados a responder, en investigaciones disciplinarias, ante la Procuraduría de la época. Supe también que ellos hicieron sus descargos y dieron sus explicaciones sobre lo que tuvieron que enfrentar. Pero no conocí detalles de sus respuestas ni de cómo concluyeron las investigaciones.
Entonces, ¿en su condición de funcionario de la Fiscalía también conoció expedientes judiciales sobre la toma y la retoma del Palacio? ¿La investigación estuvo bien orientada aunque después se suspendiera?
Efectivamente, entre los años 1996 y 2000 y con ocasión del cumplimiento de la orden judicial proferida por una jueza sin rostro de la época, en la cual se me ordenaba, como jefe de división criminalística de la Fiscalía, que exhumara los cuerpos de las víctimas del holocausto que habían sido sepultados en el Cementerio del Sur con fines de identificación, fue necesario conformar un equipo para estudiar el expediente. En esa época pude conocer muchos de los elementos, la mayoría testimoniales, que estaban en el expediente pero no recuerdo detalles.
¿Los jueces que se encargaron de estos casos eran penales militares?
Sí. La Justicia Penal Militar fue la encargada de asumir la investigación de lo que ocurrió en el Palacio de Justicia, desde el primer momento.
“Pido perdón y me comprometo a encontrar la verdad”
Los familiares de las víctimas llevan tres décadas denunciando lo que ahora consta que sí sucedió pero, por hacerlo, fueron tachados de pertenecer a la guerrilla y de ser enemigos de las Fuerzas Armadas. Según los hallazgos que usted revela ahora, ¿ellos siempre tuvieron razón?
Definitivamente. Hay muchos elementos de juicio provenientes de datos que consiguieron los familiares de los fallecidos en el Palacio, que la ciencia forense ha comprobado o está comprobando como ciertos, hoy.
¿Cómo explica que nadie hubiera denunciado la grave distorsión de la verdad que se estaba ejecutando desde el primer momento después de la retoma, en lo que podría constituir un concurso de crímenes de lesa humanidad?
La calificación que puedo hacer como director de una institución científica, es que esos hechos fueron un verdadero desastre. También debo decir que el Instituto de Medicina Legal participó en ellos, de una u otra manera. Por eso les he pedido perdón a los familiares de quienes fallecieron en el Palacio y les he expresado el compromiso del Instituto de llegar a la verdad científica sin ahorrar esfuerzo y sin dejar de trabajar durante el tiempo que sea necesario para encontrar la verdad. El Instituto no va a claudicar en lo que se refiere a esta investigación.
A declaración ante la Fiscalía
El director de Medicina Legal, Carlos Valdés, fue llamado por la Fiscalía después de sus declaraciones a Blu Radio debido a las consecuencias penales que podrían acarrear sus afirmaciones sobre presiones militares al Instituto en noviembre de 1985, durante los días siguientes a la cruenta toma guerrillera y retoma oficial del Palacio de Justicia, con el objeto de “orientar” el sentido de los exámenes forenses y la identificación de los cuerpos de las víctimas del incendio que destruyó la edificación, y del enfrentamiento entre el M-19 y el Ejército. Según lo divulgó la propia Fiscalía, Valdés fue citado para el 23 de noviembre próximo, para que amplíe su testimonio sobre la autoridad de fuerza que ejercieron en el Instituto que él dirige hoy, personal del Ejército, de Policía y de la Justicia Penal Militar sobre los médicos legistas con el fin de constreñir su labor científica de examen de los cuerpos. Se reactiva así un proceso histórico de honda repercusión social, que lleva 33 años sin resolverse ni concluir. Ahora, se renueva el interés en esos hechos ante la posibilidad de que la falsificación de la verdad no haya sido producto de la confusión ni la ignorancia de la época sino de una operación calculada para destruir las pruebas y evitar que se registrara lo que allí ocurrió.