Adriana comenzó a planear cómo fugarse del Eln el día en que, al llamar a un pariente suyo en su natal Mercaderes (Cauca), supo que tres integrantes de su familia habían sido asesinados por guerrilleros de su propia organización. Mataron a su madre, de 58 años de edad; a su hermana, de 40, y a su hermano, de 38, acusados todos de ser colaboradores de inteligencia militar. “Ellos eran campesinos… Por eso uno toma estas decisiones (de escaparse)”.
Los crímenes, de cuya fecha Adriana sólo sabe que fueron el año pasado, significaron para ella la gota que rebosó la copa y al comenzar 2009 le habló a Marisol, una de sus compañeras del frente Comuneros del Sur, de sus propósitos de deserción. A ellas se sumaron Yamile y Fernanda. El plan era simple: Adriana, quien tenía guardadas unas hojas de ‘dormidera’ desde hacía tres años, las utilizaría para dopar a sus compañeros de campamento, frotándolas debajo de las almohadas. Y así lo hizo.
Las matas que empleó las guardaba desde 2005, cuando Johnnier, su compañero sentimental en ese tiempo y padre de su única hija, Juliana, se las entregó y le enseñó a manipularlas. Las plantas se secaron, “pero así es mejor”, le relató ella a El Espectador. Sin embargo, para Adriana, Johnnier se convirtió en otro recuerdo amargo dentro del grupo subversivo. Meses después del episodio de la ‘dormidera’, el 28 de mayo de ese año, el guerrillero fue ajusticiado.
En 2006, los ‘elenos’ tomaron otra decisión con respecto a Adriana: retener a su hija en una especie de ‘garantía’ para que no dejara las armas. “Me dijeron que se la llevaban para que así yo no pudiera escapar”, expresó la desmovilizada. “Mi niña tiene ahora cuatro años y seis meses de edad. Tenía un poco más de un año cuando mataron al papá. Yo espero poder recuperarla algún día”.
Con sus plantas ‘dormideras’, Adriana les provocó un profundo sueño al comandante de su grupo, El Mono Sergio, y a 11 guerrilleros más, lo que les permitió coger ventaja en la manigua. Abandonaron el campamento, que se encontraba en zona rural de Samaniego (Nariño), y caminaron tres días por la selva. El cuarto día, las mujeres encontraron una carretera. “Cogimos carro hasta Túquerres (Nariño). No teníamos miedo, ya íbamos resueltas a lo que fuera, lo que tocara”. Dos días más tarde, el pasado 7 de enero, arribaron a Cali.
Las subversivas se entregaron en el Batallón Pichincha, que depende de la III Brigada del Ejército. De ahí fueron enviadas a la III División de la misma institución. Pero Adriana aún no quería acogerse al programa de reinserción. Antes de hacerlo, quería convencer a más compañeros suyos para que desertaran, empezando por su compañero sentimental, alias Pepe. Lo contactó a través de celulares, y Pepe, junto con otros dos guerrilleros, renunció también al frente Comuneros del Sur. Llegaron a la capital del Valle un par de semanas después.
Los militares siguieron apoyando a Adriana, quien siguió llamando. “Y de tanto batallar, los convencí. Formé una cadena”, dijo ella. Tenía el convencimiento de poder quitarle más hombres a la guerra y a finales de enero, otro par de subversivos pertenecientes al mismo frente desertaron. A mediados de febrero, dos más hicieron lo mismo. Y el pasado lunes, otros cuatro hombres llegaron a la sede de la III División del Ejército. Así se completó el grupo de 15 desmovilizados que este martes el general Justo Eliseo Peña, comandante de la mencionada División, divulgó como una “fuga masiva”.
Adriana, quien tiene 25 años de edad, nació en Mercaderes, un municipio caucano en el que el Eln ha hecho presencia desde hace un buen tiempo. A los 15 años de edad ingresó al grupo armado. “Me metí cuando estaba peladita. A uno lo invitan, que se vaya, que se vaya, y al principio dije que no, pero cuando uno se da cuenta ya está por dentro”, expresó. Durante una década fue combatiente, siempre operando por el sur del país. Según le contó a este diario, el motivo por el que apuró su fuga fue porque El Mono Sergio sospechaba de sus planes. “Tocaba irse, porque si no, también lo matan a uno”.