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La mujer detrás del fallo sobre las personas en concubinato

Adriana Díaz, una campesina de Santander, es la mujer cuyos derechos fueron amparados por la Corte Suprema en un fallo que reconoció que, en ciertas circunstancias, el concubinato puede ser una sociedad de hecho.

05 de julio de 2016 - 08:00 a. m.
Adriana Díaz , Julián Mantilla y su hijo, Julián Mantilla Díaz, incluso viajaron a Bogotá en 2003 en un paseo familiar. / Foto: Cortesía.
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Cuando a Adriana Díaz le piden contar la historia que compartió con Julián Mantilla desde el 2 de enero de 1995 hasta el 25 de agosto de 2007, fecha en la que él murió, lo primero que dice es que ellos nunca fueron amantes. Lo menciona porque siente que es necesario aclarar que, si bien cuando se fueron a vivir juntos a la finca Los Arrayanes, en zona rural de Socorro (Santander) él aún seguía legalmente casado, “ya se había separado en cuerpo de la señora anterior”, explica ella.

La relación que durante doce años sostuvo con Julián Mantilla, y que les permitió construir un patrimonio conjunto, fue reconocida por la Corte Suprema la semana pasada como una «sociedad de hecho». En la sentencia que el alto tribunal falló en favor de Díaz, el alto tribunal afirmó que dependiendo de las circunstancias el concubinato puede entrañar “una modalidad equivalente al matrimonio porque una pareja hace vida común duradera con el propósito de formar una familia”.

Exactamente eso era lo que planeaban Adriana Díaz y Julián Mantilla cuando ella, de 22 años, decidió escaparse de su casa para irse a vivir con él, a sabiendas de que Mantilla aún estaba casado. “Yo me conocí con él porque era amigo de mi papá, y su finca quedaba cerca a la nuestra. No fue un amor a primera vista, fue después de conversar. Él iba y charlábamos, hasta que me dijo que nos fuéramos a vivir juntos. Él ya se había separado de la señora desde hacía seis meses, entonces yo le dije que sí”.

Todo ocurrió a espaldas de los padres de Adriana Díaz, quienes no solo veían con malos ojos que Julián Mantilla tuviera esposa, sino que se preocupaban por el abismo generacional que separa a la pareja: él la doblaba en edad. Cuenta la mujer que sus papás “comenzaron a sospechar y se pusieron bravísimos. Yo por eso me volé con él. Fue de noche, mientras ellos dormían. Nos fuimos ocho días a Bucaramanga, y cuando regresamos mi papá nos buscaba por todos lados diciendo que nos iba a matar”. Solo se reconciliaron un año después.

Desde el primer momento Adriana Díaz contribuyó a la vida común. Según cuenta, cuando llegó a la finca que Julián Mantilla compartía con una pareja de campesinos que hacían de mayordomos, se dio cuenta de que el hombre se ahogaba en deudas. Organizó el trapiche, lo ayudó a comprar un silo para el café. En muchas ocasiones, le dijo a El Espectador, completamente sola le cocinó el almuerzo a los 30 o 40 labriegos que los ayudaban a recoger la cosecha de arvejas, de café, de los árboles frutales.

La Corte Suprema además reconoció en su fallo que la mujer tuvo incidencia directa en la compra de los 20 cerdos que tenían, así como de los caballos. El alto tribunal citó a Juan De Dios Castillo Díaz, quien declaró que era Adriana Díaz quien le encargaba la melaza para los animales, y quien, en época de cosecha cafetera, “trabajaba como un hombre asoleando el café”. Dijo incluso que fue ella quien le compró el silo para secar el grano.

El alto tribunal citó además otros testimonios en los que trabajadores, vecinos y conocidos la señalaron como “la patrona” de la finca. Por esta razón el alto tribunal estableció que, en efecto, Adriana Díaz y Julián Mantilla construyeron una sociedad de hecho, es decir, que a pesar de no estar casados ni convivir en unión libre (uno de ellos ya estaba casado), trabajaron en un proyecto común del que ambos se beneficiaron y al que ambos aportaron.

“Todo era como una pareja normal. Por eso yo nunca le insistí con lo de los papeles”, cuenta Díaz. “De vez en cuando yo le preguntaba por eso y él me decía: ‘Sí, en esas estoy’. Lo que más me gustaba de él es que era muy detallista. Lo único que no me gustaba es que era muy borracho. A veces por la mañana salía a llevar al niño al colegio y llegaba en la noche tomado. En esos días me tocaba a mí sacar la finca sola. Esa tomadera fue la que lo mató”.

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En 2006, Julián Mantilla comenzó a sentirse débil. Después de exámenes y estudios, los médicos encontraron que estaba enfermo de hepatitis B, la que, por sus problemas con el alcohol, le generó además una cirrosis. A pesar de que estaba en tratamiento y de que el médico le decía que estaba mejorando, cuenta Adriana Díaz que “él estaba desalentado, no le daban ganas de comer. Se le hincharon las piernas y se puso amarillo, retenía líquidos y fuera de eso se le subió la bilirrubina”.

Hubo una crisis de la que no salió. Una noche antes de que muriera, Adriana Díaz llamó a la hermana de Julián Mantilla para que fueran sus familiares. El hombre murió en la clínica Chicamocha en Bucaramanga el 25 de agosto de 2007, con Adriana Díaz a un lado, y con su esposa en el papel, Eddy Durán de Mantilla, al otro. Cuenta Adriana Díaz que tras el fallecimiento, Eddy Durán y sus tres hijas comenzaron a presionarla para que saliera de la finca. Fue entonces cuando comenzaron a decir que ella era no era más que la empleada de Julián Mantilla.

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Por esta razón Adriana Díaz busco a un abogado, quien le aseguró que todos sus años de trabajo debían ser reconocidos. Y aunque fracasaron en las dos primeras instancias, ocho años después de emprender el pleito judicial, la Corte Suprema les dio la razón. Hoy, Adriana Díaz vive con su hijo de 19 años, Julián Mantilla Díaz, en la finca a la escapó en 1992. Reconoce que si bien la muerte de su pareja le dio duro, ella ya sabía cómo manejar la casa. Al fin y al cabo, aun sin una argolla en su dedo, durante más de una década ella había sido la señora de la finca Los Arrayanes.

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