“Entrégueme el lápiz, luego juego con usted mamita”, le decía Alejandro Ordóñez Maldonado a Martina, su perra, mientras gateaba buscándola debajo de la cama. “Empezamos a escuchar ladridos de Martina, gritos de mi papá. Subimos con mi mamá Beatriz y cuando entramos a la habitación mi papá estaba agachado persiguiendo a la perra. Él siempre subraya las cosas importantes de los libros. En un momento cogió su iPad y se distrajo, y fue cuando Martina agarró el lápiz”. Así recuerda la menor de las tres hijas del procurador un pasaje más de la cotidianidad en su casa, lejos de los flashes de las cámaras, los eventos públicos o los escenarios de poder.
Ángela María Ordóñez tiene 19 años, estudia gastronomía en la Escuela Mariano Moreno de Bogotá y de cerca pueden vérsele las cicatrices que le dejó en las manos un accidente de cocina mientras preparaba unos langostinos en el conocido restaurante Harry Sasson, hace siete meses, donde hacía sus prácticas. A ella la tienen sin cuidado los laberintos de la justicia en los que se mueve su padre o los reproches que destilan sus contradictores. En su casa el procurador es un niño chiquito del que hay que estar pendiente hasta para quitarle las medias. “Mi papá lo único que hace es empijamarse y acostarse. Nosotras lo arropamos. Parece un bebé”.
El todopoderoso jefe del Ministerio Público no es un hombre de medias tintas. Odiado visceralmente por aquellos que lo asocian con la caverna y respaldado por esos defensores a ultranza de su gestión y convicciones, Alejandro Ordóñez Maldonado ha sido probablemente el personaje más atrapado por los extremos. Sus grises poco se conocen. Por ejemplo, que detesta el cine, que es adicto a los dulces y que le teme a las agujas. “Ama el bocadillo con queso y el pan. Lamentablemente hace tres meses descubrieron que era diabético y no los ha podido volver a comer con frecuencia, aunque de vez en cuando nos hace trampa con la dieta”. Ángela María le inyecta la insulina todas las noches antes de dormir.
En la tranquilidad de su domicilio se ve la otra cara del Grinch, como le espetan algunos en la calle. Sus hijas lo adoran y lo consienten a toda hora. La mayor, María Alejandra Ordóñez, también es abogada y está casada con un sobrino del exgobernador de Santander, Horacio Serpa Uribe. Nathalia, su segunda hija, es estudiante de diseño de modas. Lo de Ángela María es la cocina. Y, claro, también está Martina, la perra, una bola de pelos de siete meses que cabe en el bolso y que le hace doler la cabeza con más frecuencia que sus hijas. El procurador, qué importa la ocupación que tenga o el fallo que esté por sacar, siempre las vigila con celo y sagradamente llama a diario a la menor.
Ordóñez el sarcástico, el controvertido funcionario del que se afirma que falla con el Cristo en la mano, el implacable juez que ha sancionado a más congresistas y que está en tiempos de reelección, se cruza tiernos emoticones con Ángela María en su celular. “Cuando voy a salir a rumbear, él no me pone problema. Pero cuando quiere que no me vaya, me dice: ‘mamita, estoy muy cansado, mire que mañana tengo que madrugar’, y hace una cara de ternura jugando con mi lado sentimental. Así termina haciendo que no salga”. Tienen una conexión tan fuerte, que la esposa de Ordóñez, Beatriz, siente celos de cuando en cuando. “Llega a jugar conmigo ‘manitas calientes’, un juego infantil donde dos jugadores se enfrentan en un reto de velocidad”.
Pocos saben que el hombre que destituyó a los hermanos Moreno Rojas es hijo de un galletero de la ciudad de los parques y los gallinerales, Bucaramanga. Antes de los 18 años ya era el asistente de hornos de la fábrica Galletas Aurora, que hoy tiene dos sedes alternas en Bogotá. Su padre, Miguel Ordóñez, aprendió el oficio en Bélgica y le heredó cuanto pudo. Hoy el procurador podría ser un galletero exitoso, pero en aquellos años terminó elegido como presidente de las juventudes conservadoras, de allí saltó al derecho en la Universidad Santo Tomás y a los 28 años ya fungía como concejal de la Ciudad Bonita. ¿Fue en esas épocas en las que quemó unos libros?
Lo demás es ya bastante conocido: su paso como magistrado del Tribunal Administrativo de Santander, su traslado a Bogotá cuando fue nombrado consejero de Estado, su historial académico, sus misiones internacionales, el libro aquel que tanta ampolla levantó: Hacia el libre desarrollo de nuestra animalidad y otros más en los que se han revelado sus posturas godas y confesionales. Sin embargo, sólo quienes conocen el círculo íntimo de Alejandro Ordóñez Maldonado saben que su suegra lo odió por mucho tiempo porque hizo sufrir mucho a Beatriz, luego de su súbita decisión de convertirse en sacerdote sí o sí. Fue terrible para ella verse cambiada por la sotana.
Se habían conocido en la universidad cuando él le dictó clases de Filosofía del Derecho y se enamoraron con vértigo. Pero vino la mano de Dios y Ordóñez viajó a España y se internó en un monasterio durante tres años, según su hija menor. Un fervor religioso que ha sido tradicional en su familia y que explica que su hermana mayor María Eugenia oficie como religiosa desde los 18 años en las Carmelitas de la Presentación en Bucaramanga. El propio procurador lo resume así: “Siempre me han atacado por mis convicciones religiosas y yo hablo en función de la Constitución. Sólo soy un creyente chapado a la antigua, al que le gusta la misa en latín y que reza el rosario en familia”.
Convencido de que su religiosidad no se oponía a la idea de formar una familia, abandonó el sacerdocio —sus críticos dirán que no tanto—, regresó al país y se casó. Con sus hijas siempre fue un pedagogo, al punto que Ángela María recuerda que era muy vaga en su infancia, que su papá le compró un tablero enorme, se lo colgó en el cuarto y en él le hacía resúmenes de sus libros de historia. “Yo se los exponía. Él hacía de todo para que aprendiera, y cuando estudiábamos sólo estaba pendiente de su risa, parecía un loco”. En su familia el cura que no fue es devoto de sus hijas.
“Mi papá odia salir a sitios públicos. Si él pudiese meter la cabeza entre las piernas, lo haría. Prefiere compartir con nosotras en la casa. Ni siquiera tiene amigos de confianza. Le gusta estar a nuestro lado practicando el deporte favorito dominguero: ‘el parqués’. El día que yo lo vea haciendo un deporte me puedo morir de la risa. Lo que sí sé es que este plan no nos puede faltar. Quitamos todos los muebles de la sala y extendemos nuestro tablero gigante para jugar”, dice Ángela María Ordóñez. ¿Cómo puede desdoblarse así un personaje público tan controversial? ¿El mismo que ha sido entutelado una y otra vez por sus comentarios de corte confesional o por los crucifijos que hizo instalar en la Procuraduría?
Uno de sus escoltas, Julián Ramírez —no hay escolta que hable mal de su jefe, al menos no en público—, cuenta, cómo no, que Ordóñez es un jefe excelente, que vive riéndose y que es frentero. Otras fuentes consultadas, en cambio, descreen esa versión y tienen la suya propia: el Procurador es un homofóbico que se escuda en su propia interpretación de la ley para disfrazar su defensa de la sociedad. Y el hecho de que sea gregario de la orden lefebvrista, Caballero de la Virgen y de la legión de la legitimidad proscrita hace que sus más enconados críticos le reprochen ese incorregible conservadurismo que profesa.
En medio de la polémica que se desató por las corridas de toros en Bogotá durante la reciente temporada, Ordóñez llevó a su hija menor a la Santamaría para hacerle entender la tradición de ese espectáculo. El Juli le dedicó un toro y alguien en la tribuna le lanzó vivas por su posición en defensa de la tauromaquia, mientras el nombre del alcalde Gustavo Petro era abucheado sonoramente. Ángela María no quería ni ver, no soportaba ver cómo mataban los toros, cómo los matadores los burlaban, la sangre que quedaba en la arena. “Cuando me vio así mi papá me dijo que los toros eran unos luchadores”. El procurador es un hombre de gustos sencillos. Como las galletas que horneó alguna vez en Bucaramanga.
En su libro, El nuevo derecho, el nuevo orden mundial y la revolución cultural, Ordóñez tiene citas como la que sigue: “Nunca antes en la historia de la humanidad se habían desconocido tanto los derechos humanos, pero también nunca antes la ausencia de Dios en una sociedad había sido tan generalizada; por eso la única manera de garantizar —los derechos humanos— es defendiendo los derechos de Dios en la sociedad”. ¿Tienen razón sus detractores cuando le enrostran frases como éstas que riñen con la función del Ministerio Público en un estado laico, como dice la Constitución? La polémica persigue al procurador que quiere reelegirse.
En su hogar el debate público ni se toca. “No tengo ni idea qué hace mi papá, pero en la casa es el hombre más recto que conozco, buen papá, buen hijo, buen hermano. No puedo pretender que todo el mundo lo ame, porque no todos son católicos conservadores, eso es lógico”, dice Ángela María, su consentida, con la que a diario se cruza corazones en su Blackberry. En síntesis, los grises de Ordóñez son más fascinantes que los blancos y negros con los que siempre lo rotulan. ¿Quién sabía hasta hoy, por ejemplo, que el procurador es un sujeto fascinado por el Facebook? “Es feliz entrando a su perfil y a las páginas que están en contra de él”, añade Ángela María. Cada vez que termina de revisar las últimas de las redes sociales, concluye su revisión con esta frase: “Si la gente no me conoce, pa qué habla de mí”.
“Nos quieren aplicar vaselina”
El procurador Alejandro Ordóñez ha sido uno de los férreos opositores a la idea de la despenalización de las drogas. Esta semana dijo en un foro en Santa Marta que “si se toma la decisión política de legalizar deberíamos ir a un referendo para que sea la opinión pública, la sociedad colombiana y las familias que tanto sufren los dramas de las drogas quienes opinen y diseñen la institucionalidad en esa materia”.
El jefe del Ministerio Público añadió con vehemencia que “nos quieren aplicar la vaselina”, pues “primero hablan sutilmente de despenalización cuando no tiene razón de ser, pero lo que se está hablando de la despenalización es no del consumo, sino del tráfico de la producción”.
Ordóñez pidió claridad entre quienes piden la despenalización de las drogas, así como el alcance de la propuesta para que el debate se dé en términos concretos. Por último, agregó que “a partir del momento en que la Corte Constitucional despenalizó el consumo personal, éste se disparó”.
“Quiero la reelección”: Ordóñez
Aunque faltaban ocho meses para que el Senado de la República decidiera el futuro de la Procuraduría, el pasado 6 de febrero el jefe del Ministerio Público, Alejandro Ordóñez, expresó en diálogo con la FM que quería ser reelegido. El alto funcionario aseguró que “con toda tranquilidad y sin excitación: quiero la reelección. A mí me gusta la función pública y los escenarios públicos, es mi vocación”. Aunque fue consciente de que la posibilidad de ser reelegido depende de que su nombre sea postulado o por el Consejo de Estado, por la Corte Suprema de Justicia o por el presidente Juan Manuel Santos. Voy a realizar todos los actos necesarios para obtener la reelección, pero no depende de mí. Si están de acuerdo con lo que estoy haciendo, pues inclúyanme en la terna, pero eso no depende de mí, pero ya he manifestado a quienes intervienen en la elaboración de la terna mi decisión de aspirar nuevamente a la reelección”. Hasta octubre se sabrá si Ordóñez seguirá en el cargo que tanto le ha gustado.
* Estudiante de 6° semestre de periodismo y opinión pública, Universidad del Rosario.