Diego León Montoya Sánchez, conocido en el mundo del narcotráfico como Don Diego, apareció en la guardia del Inpec cabizbajo. El que una vez fue uno de los hombres más buscados del planeta, por el que se ofrecía una recompensa de cinco millones de dólares, salió de su celda notoriamente delgado, cojeando de su pie izquierdo.
En una oficina del Inpec, los agentes hicieron los últimos procedimientos para constatar que quien salía de ese centro penitenciario sí era el mismo que promovió lo que hoy se conoce como la masacre de Trujillo y que se inició en el negocio como transportador de base de coca desde Putumayo hasta el Valle. Le colocaron el número que le correspondía como interno, 1504081, le tomaron las huellas de manos y pies y le pidieron que dejara una esclava de oro blanco que tenía en su mano derecha.
“Entréguensela a Popeye”, dijo Don Diego al dar su pulsera. Los policías se quedaron sin saber si se refería al temido sicario de Pablo Escobar. Al terminar la reseña de identificación, los uniformados le colocaron un chaleco antibalas, lo esposaron y lo condujeron hasta el helipuerto. Una vez en la aeronave, los agentes le ofrecieron unos tapaoídos. “No, no, gracias”, expresó. Quedó sentado al frente del subdirector y del jefe del Grupo de Operaciones Antiterroristas de la Dijín, pero les dio la espalda y, durante todo el vuelo, sólo miró por su ventana.
“Háganle despacio que soy cojo y no puedo andar rápido”, les solicitó a los hombres que lo escoltaban al llegar a la base de la Policía Antinarcóticos, en Bogotá. Fue transportado al hangar 52 de la DEA, en donde realizaron las actas de constancia de su salida. Le tomaron dos fotografías de perfil y una de frente, le leyeron la resolución de su extradición, lo requisaron minuciosamente y lo guiaron al avión que partió, hacia las 10:30 a.m., conduciéndolo hacia su nuevo destino: una prisión en Florida, Estados Unidos.