Nueve años han transcurrido y el dolor se mantiene perenne en los habitantes de la Ciénaga Grande de Santa Marta. Ni los que se fueron, los que retornaron, mucho menos los que se quedaron, han podido olvidar la masacre del 22 de noviembre de 2000. Los pobladores de Nueva Venecia, Buena Vista y Trojas de Cataca aún tienen vívido el recuerdo de la madrugada en que un comando de 70 paramilitares ingresó en botes por Caño Clarín al complejo lagunar para desplegar su barbarie. Los datos sobre los cadáveres que dejó a su paso la violenta incursión armada no son precisos, pero algunos aventuran que pudieron ser 70.
Con visible amargura, adultos, ancianos y niños describen cómo quedaron tendidos los cuerpos de sus seres queridos al pie de la iglesia, entre los botes y en el interior de algunas viviendas. De la memoria de los habitantes que partieron hacia Tasajera, Barranquilla, Soledad y Pueblo Viejo no se ha borrado la imagen de los cuerpos que flotaban en la ciénaga, de los pescadores que habían sido “cazados” como patos por los paramilitares. Casi todos se fueron con sus muertos, pero dejaron atrás sus casas, sus canoas, sus animales y su vida entera.
El Espectador navegó por las calles de los tres pueblos y encontró que sus habitantes no se han podido recuperar económica ni moralmente. Sólo han sido reparadas cerca de 40 familias. El comercio pesquero decayó y sus habitantes siguen estigmatizados como colaboradores de la guerrilla. Como rechazo al olvido, la comunidad se volcó ayer a la ciénaga para conmemorar, en la plaza donde exterminaron a sus familias, un año más de esta cruenta masacre. Por tercera ocasión, en la Iglesia de la Virgen del Carmen en Nueva Venecia se ofició una misa, se llevaron veladoras blancas con cintas negras y se recordaron los nombres de quienes fueron asesinados.
El recuerdo de quien se quedó
Armando Martínez de la Hoz tiene 82 años. Perdió a dos sobrinos ese 22 de noviembre. Con la voz temblorosa a causa de una trombosis, dice que su hija lo despertó en la madrugada porque escuchaba llantos y disparos. Un vecino corrió a avisarle que había un montón de muertos, a los que vio tendidos boca abajo a un costado de la iglesia. “Cuando estábamos ahí viendo los muertos, las lanchas se devolvieron y salimos corriendo porque pensamos que eran los “paracos” otra vez. Todo el mundo se tiró al agua y no hallaba para dónde nadar. Gracias a Dios eran vecinos”.
El anciano se quedó en su casa porque no tenía adónde recurrir. Recuerda que los perros aullaron a las 8:00 p.m. durante casi un mes, tiempo en el que, dice, no pudo dormir. Por varios años sintió temor de pasar por la iglesia donde quedaron la sangre y los restos de los muertos. “Me lamentaba de no haber tenido un bote para haberme ido. Nadie limpió porque todos se desplazaron y los que nos quedamos sentíamos miedo de acercarnos ahí, ni siquiera salíamos de la casa”. Del poco más de 3.000 habitantes se quedaron apenas 44 familias.
El que con los años regresó
Dagoberto Peláez es un líder de Buena Vista que en la incursión paramilitar perdió a un hermano. Se fue un día después de los asesinatos y regresó a los tres años. Durante ese tiempo permaneció en Barranquilla, donde intentó montar un negocio con la poca plata que obtuvo de los muebles que pudo vender, pero en cada intento fue estafado. Retornó porque no pudo conseguir trabajo. Pero no fue fácil para él ni para los otros hombres que también dejaron a sus mujeres e hijos en el lugar donde se habían asentado. Por más de un año permanecieron con temor de que los violentos llegaran hasta sus viviendas de madera para asesinarlos.
Dagoberto recuerda que, por las noches, los que habían regresado apagaban ventiladores, neveras y todo artefacto que generara ruido. Dormían sudorosos en el suelo, con la oreja pegada al piso para escuchar el zumbido de cualquier motor que se aproximara. Por 12 meses Dagoberto dejó sueltas algunas tablas de su vivienda para escapar por allí, por si acaso. Poco a poco, él y otros fueron trayendo a sus familias. “Una vez escuchamos tiros y hubo gente que se tiró al agua o se metió al monte, hubo viejitas desmayadas, niños gritando y mujeres llorando. No era más que unos vecinos celebrando que se habían juntado con sus mujeres”.
El que ya no vive en la zona
Ahmed Gutiérrez Acosta perdió a su suegro y a un primo. Pese a que vive con su familia en Soledad (Atlántico), todas las semanas está navegando por los tres pueblos, debido al trabajo ambiental que ahora tiene y porque es representante ante el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado. Lo primero que cuenta es que las condiciones del lugar han empeorado, que Nueva Venecia, antes de la masacre, tenía mucho comercio pesquero, las tiendas vendían bastante y los grandes negocios comercializaban víveres, motores fuera de borda, plantas eléctricas y electrodomésticos. Nada queda hoy de esos prósperos días.
Ahmed extraña su pueblo y cuando habla de él lo hace con nostalgia. Le gustaría regresar, pero el futuro de su hija y las difíciles condiciones de la zona se lo impiden. Lo mantiene en pie la lucha emprendida para que el Gobierno repare a las víctimas. Por lo pronto, se complace porque se logró que desde 2007 la iglesia tenga luz y que cada 22 de noviembre se oficie una misa con actos simbólicos para honrar la memoria de quienes fueron asesinados. “Las familias todavía sufren y sienten la pérdida de sus familiares. A mi hija le hablamos de su abuelo. Esas son historias que, por mucho que uno quiera, nunca las va a olvidar”.