En el Registro Nacional de Desaparecidos, hasta el 26 de agosto de 2011, hay 14.427 mujeres y 47.177 hombres de los que no se conoce su suerte ni su paradero. De esta cifra fría las autoridades han determinado que 16.655 podrían estar en situación de desaparición forzada.
La cruda estadística hace parte del discurso que dio el defensor del Pueblo, Volmar Pérez, en un foro que conmemoró, hoy 30 de agosto, el Día Internacional del Desaparecido. Un acto de memoria para las víctimas del conflicto colombiano que no han podido encontrar a sus familiares.
El Espectador narra, a través de una doliente que viajó hasta Bogotá para hacer memoria de sus familiares perdidos, una de las miles de historias de desaparición que se arruman en la Fiscalía.
Silvia Quintero es vocera de la mesa departamental de víctimas del conflicto armado en Antioquia. Silvia tiene en el pecho la foto de su hermano desaparecido hace 16 años. Jaime Enrique Quintero, de 23 años, se presentó a la IV Brigada del Ejército para prestar servicio militar. Llegó porque su novia había quedado en embarazo y necesitaba la libreta militar para conseguir un trabajo. El 1 de marzo de 1995, salió apto para el servicio y llamó a su familia desde la brigada para informales que iba a ser trasladado para el batallón Voltíjeros en Urabá.
Pasó una semana y al ver que Jaime Enrique Quintero no se comunicaba, su familia decidió enviarle una carta con un vecino que trabajaba en el mismo batallón. El vecino no lo encontró y alertó a la familia de los rumores de algunos soldados que mencionaron que Quintero había tenido un altercado con el capitán Eduardo Zapatero Altamiranda, encargado de la compañía de instrucciones, y que cuando le preguntó al capitán por segunda vez sobre el paradero del joven este respondió que lo había devuelto por indisciplina para Medellín, y que él mismo lo había acompañado al aeropuerto. “Cuando nos enteramos de esto fuimos muy preocupados a averiguar por él y allí nos encontramos con un miembro del Ejército B2, Edison de Armas Aviles. Nos dijo que le parecía muy extraño que no apareciera porque a él le habían encargado montarlo en un bus de la empresa SOTRAURABÁ”, dice Sonia.
Entonces la familia emprendió una búsqueda incansable. Fue así que supieron que Jorge Enrique Quintero fue bajado de un bus de la empresa SOTRAURABÁ a la altura del puente de Mutata, en el Urabá Antiqueño, por los hombres del comandante paramilitar Carlos Castaño. Desde entonces se desconoce su suerte.
“El Ejército no da razón y no responde por la vida de mi hermano estando en sus instalaciones. En cambio ha argumentando que mi hermano estaba bajo efectos alucinógenos”, cuenta Silvia quien desde la desaparición de su hermano entregó su vida y su tranquilidad a esclarecer lo que sucedió. Se vinculó con la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (Asfades) y luego con el Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice). En audiencias libres de desmovilizados de la Ley de Justicia y Paz le ha preguntado varias veces por su hermano a Hébert Veloza, alias ‘H H’, a Freddy Rendón Herrera, alias El Alemán y a Salvatore Mancuso, pero ninguno le ha dado razón.
El caso está inmóvil en la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía, a manos del fiscal 98. Y lo único que piden con urgencia los familiares, es que al menos el Ejército dignifique la memoria de Jorge Enrique Quintero, quien nunca fue drogadicto y en cambio es recordado como un gran deportista. Incluso, tiene un hijo que no pudo conocer y juega profesionalmente fútbol en el equipo Envigado de Medellín: Juan Fernando Quintero.
Como si el dolor del hermano no fuera suficiente, cuatro años más tarde, en 1999, el padre de Sonia, Carlos Quintero, quien trabajaba como jornalero en una finca del municipio de San Miguel, en Doradal (En el Magdalena Medio) fue desaparecido. Esta vez a manos de los hombres del jefe paramilitar Ramón Isaza. Y aunque esta investigación en la Fiscalía también ha sido infructuosa, es curioso que en las últimas elecciones presidenciales su cédula estuviera inscrita en una de las mesas de votación de Titiribí, (Antioquia) la región de la que Carlos Quintero era oriundo, pero de la que salió cuando tenía 13 años. Hoy, en época de elecciones, Silvia ha pensado ir a Titiribí, pararse en frente de la mesa de votaciones para ver si aparece su papá o si aparece alguien que con su identificación favorezca a un político.
La historia de los familiares de Silvia Quintero es sólo una de las muchas historias crudas y sin rastro que existen sobre desaparición forzada en este el país de los muertos sin nombre. Un día de memoria en su nombre.