La primera llamada que hizo el martes el coronel Édgar Ávila, comandante de la VIII Brigada del Ejército, desde la zona de operaciones en el sur del Chocó, fue al excongresista Óscar Tulio Lizcano. “Cogimos a Sebastián”, le dijo. Y el hombre que estuvo ocho años y tres meses secuestrado por la guerrilla se estremeció. “Sebastián fue el más sanguinario de los 17 carceleros que me impusieron las Farc”. Lizcano le recordó ayer a El Espectador que no olvida la mirada de odio, ni la risa sarcástica, ni las torturas a que lo sometió el cabecilla del frente Aurelio Rodríguez el año y medio en el que se encargó de su cautiverio.
“No sentí alegría cuando el coronel me confirmó, porque no guardo odios hacia nadie, pero sí alivio por la gente de esa región a la que tanto hizo sufrir”. Según Lizcano, Sebastián podría ser uno de los homicidas del gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria, del exministro Gilberto Echeverri y de ocho militares secuestrados que fueron baleados por guerrilleros cuando advirtieron que tropas del Ejército habían descubierto el escondite selvático donde los mantenían en Urrao, Antioquia, en 2003.
“Fui testigo de una charla entre alias El Paisa (el jefe de las Farc que dio la orden de fusilar a los secuestrados y que tiempo después fue muerto en un bombardeo de la Fuerza Aérea) y Sebastián, en la que le advirtió que en caso de que nos llegara el Ejército, ‘usted sabe lo que hay que hacer, porque ya le tocó el procedimiento la vez del gobernador”. Lizcano le insistió a este diario que está listo para declarar ante la autoridad que lo requiera. “Se hace escándalo con capturas menores, de mis carceleros han caído seis, pero este sí es importante: sabe, por ejemplo, dónde están las caletas de Iván Ríos, porque él le manejaba las finanzas, estuvo en los frentes 5 y 34, llevaba 18 años en las Farc. Es peligrosísimo”.
Ayer Lizcano le envió un ejemplar de su libro Años en silencio (Editorial Planeta) al coronel Ávila. Llevaba la página 169 señalada, donde empieza a relatar cómo Sebastián, nacido en Mutatá, Antioquia, estuvo a punto de matarlo. Desde el día que llegó amenazó a los guerrilleros que fueran condescendientes con “el rehén”. Su primera orden fue que le decomisaran las botas desde las 6 de la tarde hasta las 6 a.m. El dirigente caldense ya completaba siete años privado de la libertad en la selva y estaba enfermo. Huesos macerados, espalda y pies lacerados, presión arterial inestable, dolencias de próstata. “Le dije que no estaba en condiciones de seguir marchando por esas selvas”. “¡Le va a tocar arrastrándose o como sea!”, fue la respuesta.
Lizcano dice que ni los guerrilleros lo soportaban, porque humillaba y gritaba a todo mundo. “Con sus injusticias —desde sanciones hasta fusilamientos— sembraba todos los días la semilla de la inconformidad y promovía las deserciones”. En las noches no le permitía salir a orinar y, como necesitaba hacerlo unas ocho veces, recurría a un envase de gaseosa o se hacía en los pantalones. “Me hacía sentir higiénica y psicológicamente como una piltrafa humana. Me exigía más de lo que mi cuerpo enfermo podía dar”. Tampoco le gustaba que Lizcano se dedicara a escribir poemas de amor para su esposa Martha, “mi barquerita”. Sebastian no sabía qué era un verso.
Todos los días le echaba en cara la situación de huida en que vivían, la falta de víveres y el agotamiento. Sebastián estaba desesperado con su víctima. “Estamos pudriéndonos en esta selva por culpa de este cucho”. Lizcano también: “Mi vida pendía de un hilo”. “No me intimide más”, le reclamaba. Y el guerrillero respondía: “No queremos verlo metido en una bolsa negra. Vivo no se lo entregamos a Uribe”. Hasta que Lizcano pidió: “Comandante Sebastián, llevo tres días sin comer, llevo ocho años secuestrado, me encuentro enfermo, viejo, humillado y sin poder estar con mi familia. ¡No me humille más! ¡Fusíleme!”. La respuesta fue: “Si oigo algún tiroteo, no vacilo en fusilarlo”. Lizcano replicó: “Sería un favor que me haría”, y le sugirió simular un tiroteo.
Una tarde atravesaban uno de los abismos suicidas camino a San José del Palmar, Lizcano se apoyó en una palma y de repente sintió un empujón que le hizo perder el equilibrio. Rodó unos metros. Fue Sebastián. Dijo que se había tropezado. Mientras lo rescataban, Lizcano exigió respeto. “Yo no soy un animal”. La tensión llevó a Sebastián a retomar la idea de Lizcano y le propuso a Isaza, el otro carcelero: “Simule un tiroteo y yo inmediatamente le vacío un rafagazo y decimos que fue un intento de rescate de los chulos”. No convenció a Isaza.
Para Lizcano la peor crueldad de Sebastián fue ordenar la muerte de un niño guerrillero apodado Comidita, a quien había sancionado por compartir con él un fruto de madroño, como sancionó a Geraldine por invitar a Lizcano a guarnecerse en su caleta de un aguacero. La de Lizcano era la que siempre se armaba de última. Comidita habría intentado desertar y fue degollado con un machete, no fusilado para que el Ejército no oyera disparos.
La única vez que advirtió una reacción de humanidad en Sebastián fue el día que su mujer, alias Mónica o Punto 50, se ahogó en un caño. Sebastián le pidió a Lizcano que le compusiera un poema a su amada. Lizcano accedió con la salvedad, “porque ella sí me trataba bien”. Sebastián lo llevó al velorio. Fue el primer cadáver que Lizcano vio en la vida: “Envuelto en la cobija que ella usaba para dormir, maquillada y con los labios pintados de rojo carmesí. Cuatro velas a los lados”. En eso y en la vida campesina de la mujer se inspiró para escribirle el poema. Sebastián le d io las gracias y dijo: “Me gustó mucho”.
Después volvió a ser el de siempre. El neurótico temeroso de ser bombardeado, desconfiado por los infiltrados y dos desertores que confirmarían al Ejército que Lizcano seguía vivo y la vereda exacta donde estaba. El 26 de octubre de 2008, día en que Lizcano —con 63 años de edad— se fugó con la ayuda de Isaza, Sebastián había salido en comisión. Lizcano dijo ayer: “Si no me escapo entonces de ese yugo, estaría muerto”.