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“Todos éramos una familia, éramos como hermanos”

En enero de 2001, un grupo paramilitar incursionó en Chengue (Sucre) y asesinó a 27 pobladores. Seis años después, el periodista David Lara Ramos regresó a la zona y reprodujo lo sucedido. Su trabajo fue premiado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Acnur y el Fondo Noruego para las Migraciones. Versión editada.

13 de mayo de 2008 - 04:44 p. m.
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Cuando uno le pregunta a Julia Meriño si perdió algún familiar en la masacre de Chengue, de inmediato busca los ojos de quien la interroga y dice: “Lo que pasa es que en Chengue todos éramos una familia… Éramos como hermanos”. Luego respira como si se quedara sin aire y frota sus párpados para controlar el llanto que anuncian sus ojos. Con su gesto parece demostrar su fortaleza, esa misma que tuvo la madrugada del 17 de enero de 2001, cuando un grupo de 80 paramilitares llegó a Chengue y asesinó a 27 personas.

Respira. Se frota las manos. Sonríe de manera indecisa y sin preguntarle comienza su relato sin mirarme a los ojos: “Me desperté en la madrugada, todo estaba oscuro… Habían cortado la luz, se escuchaban gritos. Llamé a mi esposo, a mi mamá… Yo tenía una bebecita de 10 meses… Llamé a mi hijo. A un sobrino que vivía con nosotros… No sabíamos qué era lo que pasaba. Nos metimos al monte a correr sin saber para dónde… Empezamos a ver las casas incendiadas. Nos ocultamos en una finca de aguacate hasta las siete de la mañana. A esa hora volvimos al pueblo a ver qué era lo que había pasado. Encontramos cuerpos llenos de sangre tirados por todas partes. El pueblo en llamas… gente que lloraba a sus familiares… era el horror…”.

De su huida, están en su cabeza las preguntas que su hijo le hacía sobre por qué corrían en medio del monte a esa hora de la madrugada: “¿Por qué me despertaste, mami? ¿Por qué vamos corriendo? ¿Para dónde me llevas? ¿Y por qué de noche? ¿Por qué vamos por este camino? ¿Por qué no podemos hablar? ¿Por qué vamos sin zapatos?”. Preguntas que Julia aún recuerda cuando escucha el ruido de las ramas que se parten y las hojas secas que arrastran sus pies. “Me tocó decirle que tenía que ir calladito, que no hiciera tantas preguntas, que no se quejara, que caminara rápido… pero no… volvía a preguntar y yo intentaba explicarle qué era lo que pasaba sin saberlo”.

Cuando dieron las siete de la mañana, volvieron a su casa ubicada en la entrada del pueblo, a orillas de una carretera de piedra caliza que lleva a la plaza. Cuenta que su sobrino, de ocho años, cuando vio los cuerpos de sus tíos y primos tirados en la calle, se tendió en el suelo. Mi mamá, que venía con nosotros, intentaba darle ánimo y le decía que era un hombrecito… que tenía que ser fuerte… pero no, se puso a llorar… después se quedó quieto en un asiento, inmóvil, congelado, no tuvo pie para moverse, ahí pasó todo el día, como atemorizado, terrible verlo así”. Entre el puesto de salud —explica Julia—, la terraza de su casa y la calle, quedaron tendidas siete personas: los tíos Andrés y César, su primo Cristóbal de 16 años. Dos primos hermanos de su marido, Juan Carlos y Elkin Martínez de 15 años y estaban dos vecinos: Luis y Giovanni.

El 17 de enero de 2001, el mismo día de la matanza, Megan, la hija mayor de Julia Meriño, pasaba vacaciones en Ovejas. Tenía sólo seis años; hoy de 11, me dice que sus recuerdos de aquel día son escasos. Al preguntarle si guarda en su memoria imágenes de cómo vio a su familia el día en que llegó a Ovejas como desplazada, entrega una respuesta inocente y simple: “Mi mamá llegó descalza… Despeinada… Y sucia”. Al escucharla, Julia sonríe, al tiempo que relata cómo salieron aquel día de Chengue: “Como a las tres de la tarde comenzamos a caminar hacia El Jobo, Bolívar, porque allá vivía mi abuela. Llegamos casi a las seis, luego de tres horas caminando”. De El Jobo llegaron hasta El Carmen de Bolívar, donde fueron recogidos por unos carros que dispuso, para la fecha, el alcalde de Ovejas, Edwin Mussi Reston, hoy investigado por la Fiscalía por vínculos con los paramilitares.

Cuando Julia y su familia llegaron a Ovejas, dice que se encontró con todo el pueblo en el primer piso de la alcaldía. Allí Alejandro de la Rosa, secretario de la Personería, intentaba organizar un caos de más de mil personas desplazadas. De la Rosa trabaja en una estrecha y calurosa oficina en el primer piso de la alcaldía de Ovejas. Dice que el desplazamiento más numeroso que ha habido en la zona es el de Chengue. Que habían aprendido a manejar la situación luego de las masacres de El Salado, Pijiguay y Bajo Grande. Al describirme cómo recibió a las familias de Chengue, me aclara: “Ese día no sólo recibimos desplazados de Chengue, recibimos de toda esa zona: de Don Gabriel, Salitral, Los Números y El Tesoro, que habían sufrido por la masacre de Macayepo.

 

En siete años como desplazada Julia recuerda con precisión los programas a los que ha accedido. En 2006 fue beneficiaria del programa Red de Seguridad Alimentaria, ReSA, dirigido por Acción Social. “Me dieron cinco gallinas y una puerca. Una papeleta con semillas de apio y cilantro. Teníamos que hacer una trojita de 10 por 10 metros para sembrar las hortalizas”. Julia dice que cuando vivía en Chengue llegó a tener más de cien gallinas y 10 marranos, que las gallinas que le dieron en el proyecto ReSa, tres se las robaron y las restantes hicieron parte de una comida cuando la situación estuvo mala. Al valorar el programa de hortalizas, concluye: “Aquí en Ovejas no llega ni agua para bañarnos, cómo vamos a hacer para regar las hortalizas. Ahora llevamos cuatro meses sin agua. Allá en Chengue nunca sufrimos por eso”.

El otro programa en el que 98 familias de Chengue resultaron beneficiarias, según Julia, fue ofrecido por la Fundación Desarrollo y Paz, organización que lidera proyectos en los Montes de María. “La ayuda que recibimos fue para cultivar maíz en Chengue. Te cuento cómo fue: el cultivo de maíz se da en junio, agosto y septiembre, y el programa llegó en noviembre. Nos entregaron las semillas de maíz y no se pudo cultivar porque no era tiempo, el que sembró no recogió lo que da una verdadera cosecha, la mayoría se perdieron. Nos trajeron una cantidad de expertos, agrónomos y tecnólogos, y dime tú, si el campesino es el que sabe cómo cultivar, al final esa gente es la que sale ganando”.

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A los que llegaron el 17 de enero de 2001 a la oficina de la Personería de Ovejas se les pidió ubicarse donde sus familiares cercanos, y aquellos que no tenían un albergue serían ubicados en el ancianato del municipio. La señora Mercedes Romero tiene 70 años, perdió a su hijo Rafael Romero Montes en la masacre. Ella cuenta cómo fue su experiencia en el ancianato: “Nos dijeron que eso iba a ser por unos días, mientras nos ubicaban en un mejor sitio, pero yo duré viviendo allá cinco meses. Vivíamos unas 10 familias, muy incómodos, en unas colchonetas calientes, cocinábamos en el sol, a veces no había agua, pasábamos muchas penalidades”.

Luego de esos cinco meses, Mercedes fue llevada a una casa en el barrio La Pradera, a las afueras de Ovejas. “Allá no pagábamos arriendo —me dice—, pero teníamos que buscar la comida. Como ya estoy vieja, me inscribieron en el programa de alimentos del ancianato y me tocaba irme para allá a almorzar… a veces yo llegaba y me decían que ya no, que ya la comida se había acabado”. En La Pradera, Mercedes vivió tres años, hasta cuando fue favorecida por una casa en Don Miguel. Al preguntarle cómo ha pasado estos siete años, dice: “Días malos; días buenos… años de mucho sufrimiento”.

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*Versión sin editar en www.elespectador.com.

“Ninguna vive aquí”

A las siete y media de la noche, el mayor Dávila convocó a la comunidad al último ensayo. Tomó la lista de las víctimas y agregó: “Homenaje a las 27 víctimas de la violencia”.

Explicó que debían organizar 27 niños, cada uno con un clavel blanco, y luego se iban a leer los nombres de las personas asesinadas. “Un representante de cada víctima va a recibir un clavel. Entonces, leemos sus nombres en memoria de aquellas personas que fueron víctimas”. El mayor leyó los nombres de quienes debían ocupar las sillas y preguntó: ¿Quiénes de las que he nombrado se encuentra en Chengue? Hubo silencio y alguien respondió: “Ninguna vive aquí”.

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“Se murieron 24”

“El 18 de febrero de 2008, como había prometido, llamé a Jaime y le pregunté por la situación de Chengue, y dice que hace unos días hubo una brigada de salud que organizó el alcalde de Ovejas, que no han arreglado la carretera, que el Ejército sigue por los alrededores patrullando y que sus palos de aguacate ya están echando aguacatitos, que la cosecha pinta bien y que tendrá su gran producción en Semana Santa. Le pregunto por la suerte de los 27 árboles sembrados en la plaza y responde de inmediato, con una voz llena de tristeza: “Ayyyy hommmbe… se murieron 24… pero tres todavía están vivitos, yo los sigo regando todos los días”.


 

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