En tres décadas se posesionarán como generalas algunas de las jóvenes que el lunes comenzarán sus primeras clases como cadetes en la Escuela Militar José María Córdova. Ya cumplieron su primera semana en la institución y pasaron a la historia como las primeras mujeres que podrán ver hasta tres soles tejidos en las solapas de sus uniformes. Son 60 con menos de 21 años y conforman una promoción de 380 cadetes que ingresaron el pasado sábado 10 de enero a prepararse en las carreras de las armas. En unos años, ellas manejarán batallones, compañías, brigadas y divisiones. Es sólo cuestión de tiempo para que compartan con los hombres la responsabilidad de velar por la seguridad del país.
La rivalidad es evidente. Ellos no quieren que ellas los derroten en los ejercicios físicos y ellas, por su parte, quieren demostrar que pueden hacerlo también como sus compañeros de estudio. Y aunque son llamadas “el sexo débil”, el primer posible disidente del programa es un hombre. Vivirán bajo el mismo techo durante tres años, pero en ese tiempo no se verá una pareja de cadetes tomados de la mano por la escuela. “No podemos tutearlas, abrazarlas, tocarlas, decirles apodos o llamarlas de alguna forma que no sea ‘lanza’, ‘curso’ o por su apellido. Nos dijeron desde el principio que las teníamos que tratar como a los hombres”, expresa uno de los nuevos cadetes.
Estas próximas oficiales ya han comenzado a habituarse a su nuevo estilo de vida. Se levantan a las 5:00 a.m. y se sitúan bajo las duchas de agua fría, en la cual pueden permanecer sólo 30 segundos. Por cada 16 mujeres hay tres baños. Tienen 15 minutos para estar vestidas y con sus uniformes perfectamente arreglados, así como su camarote. Sólo se pueden lavar el cabello los sábados. “El resto de días nos arreglamos el pelo con agua y gel. Es que el tiempo no nos alcanza, todavía no somos tan ágiles”, dice Diana Mayerly Góngora, una pastusa de 18 años que repite una y otra vez el orgullo que siente de ser una de las primeras estudiantes de la Jose María Córdova que tiene la posibilidad de acceder, en 30 años, al generalato.
Diana, como muchas de sus compañeras, admite que el cambio de la vida civil a la castrense es bastante brusco. “Pero hay motivación”, dice. En su familia hay un sargento mayor retirado de la Fuerza Aérea, unos cuantos primos suboficiales y otros egresados de esta misma escuela, por lo que su ingreso a ésta fue recibida con júbilo en su casa. Indira Gómez, una bogotana de 18 años, menciona que en su hogar sus padres sienten lo mismo: “Yo soy la única mujer de mi casa, tengo tres hermanos. A mi papá se le iluminan los ojos cuando le preguntan. Dejé mi carrera de telecomunicaciones en la Universidad Militar Nueva Granada para empezar como cadete, dejé mi novio porque eso me podía quitar concentración. Uno vino a conseguir un sueño”.
Muchas de estas cadetes anhelan con tener en sus manos el fusil que les entregarán en unos meses. “¡Claro que queremos disparar!”, exclama Stefanía Nieto Guío, de 19 años. Ella viene de Neiva y, al igual que Indira, pensaba ingresar al Ejército cuando fuera profesional. “A mí siempre me gustó lo militar, desde cuando era niña y mi hermano, que estudiaba en un liceo militar, me contaba de las campañas que hacían”. Varias de ellas reconocen no haber presenciado acciones de algún grupo
armado ilegal, pero está en sus mentes luchar contra “el enemigo”. ¿Quién es el enemigo? “Todo aquel que actúe por fuera de la ley”, responde Susan Jiménez Riveros, quien, con 18 años, dejó su natal Yopal (Casanare) para cumplir su propósito de portar un uniforme y “servirle a la patria”.
Durante estos primeros días, el acondicionamiento físico se basó en flexiones de pecho y de piernas. A partir de mañana todos los días a las 5 a.m. saldrán a trotar. “Para mí todavía es un poco difícil. Pero es como todo, igual se hace el esfuerzo, a eso vinimos”, comenta Susan. Ella, como las otras 59 cadetes, compitió con 1.185 jóvenes de todo Colombia por esos 60 cupos destinados para la primera cuota femenina del Ejército. Los primeros en 101 años de existencia de la Escuela de Cadetes José María Córdova. “La mujer, con su elevado espíritu de entrega y sacrificio, es la servidora por excelencia de las más nobles causas”, les manifestó el coronel Jairo Alejandro Fuentes, comandante del Batallón de Cadetes N° 1, en el discurso de bienvenida, el pasado 10 de enero.
Organizaciones que trabajan el tema de mujeres y conflicto no creen que el hecho de que estas jóvenes puedan seguir la carrera de las armas signifique una humanización del conflicto. “No necesariamente por ser mujeres van a actuar de manera distinta, en una institución fundamentada en las armas, con una estructura tan intensa. En el mundo ha habido mujeres muy guerreristas”, señala Marina Gallego, coordinadora de la Ruta Pacífica de las Mujeres. “Supongo que el estar allá les implica un esfuerzo sobrehumano de igualarse a los hombres. Creo que para ellas será mucho más difícil el ejercicio de poder en las Fuerzas Militares, en espacios tan masculinos. Pero es una opción muy personal”.
Luz Piedad Caicedo, coordinadora de investigación de la Corporación Humanas Centro Regional de Derechos Humanos y Justicia de Género, no difiere de los conceptos de Gallego. “Las mujeres tienen derecho a realizar cualquier actividad. Si tienen interés en las armas, es un área donde tienen todo el derecho, en el marco de la legalidad”, indica Caicedo. “No obstante yo, como integrante de una organización pacifista, no incentivo a las mujeres a formar parte de los cuerpos bélicos”. Caicedo y Gallego anotan que ahora se vuelve aún más primordial que en el Ejército se garantice que los ascensos no dependerán de sostener relaciones íntimas con los superiores y que ellas no serán acosadas de ninguna forma”.
Las nuevas cadetes, desconocedoras de esta discusión, piensan en la trayectoria que están por recorrer. Cada una ya tiene su propia idea del papel de las Fuerzas Armadas e incluso opinan con un aparente dominio sobre episodios que representan turbiedad para los militares. “¿Que qué pienso de los falsos positivos? Bueno, ellos son humanos, cometen errores. Son hombres que han dado la vida por su patria, eso es lo importante”, dice Indira Gómez. Un alto oficial que escucha sus palabras la interrumpe y aclara que en la escuela de cadetes no hay una sola instrucción que guíe a la comisión de crímenes. Pero por ahora ellas prefieren mantenerse al margen de estos debates y reposan la cabeza en la almohada con un único pensamiento en su mente: alcanzar, algún día, el generalato.