De pequeños todos soñamos con cambiar el mundo: hacer un descubrimiento, triunfar en alguna disciplina, unirnos a una gran causa o, para quienes amamos a los animales, ayudar a esos perros y gatos sin hogar que vemos en todos los rincones del país. Con el tiempo, muchos dejamos esos sueños atrás, pero hay quienes los convierten en su razón de ser, como Laura Rodríguez.
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Su historia comenzó cuando tenía apenas ocho años, al rescatar a un perro abandonado. Ese primer gesto solidario fue el inicio de un camino que, con los años, se transformaría en su propósito de vida.
Durante su adolescencia, Rodríguez continuó ayudando a diferentes animales vulnerables. Cada rescate reforzaba en ella la certeza de que quería hacer algo más grande en favor de esos seres que tanto apreciaba. Fue así como decidió unirse como voluntaria al entonces Centro de Zoonosis de Bogotá, donde descubrió que la realidad era aún más dura de lo que imaginaba. A diario llegaban animales maltratados, abandonados, sin siquiera haber conocido lo que significa un techo o una caricia, y víctimas de un daño que pocos podrían imaginar.
Esa experiencia marcó un antes y un después. Aunque tenía dudas, entre la universidad y los retos de la vida laboral, nunca dejó de tenderle la mano a los peludos que encontraba en el camino, muchos de ellos terminaban en su propia casa. Fue entonces cuando un conocido le hizo una pregunta que se convirtió en respuesta: “¿y por qué no crear una fundación?”. Así nació Adopta No Compres, un proyecto que convirtió su pasión en misión. Hoy, la organización ha cambiado la vida de más de ocho mil animales y se ha consolidado como un referente en la protección animal en Colombia.
Una red solidaria que recorre el país
Aunque se constituyó legalmente hace 13 años, la historia de la fundación empezó dos años antes, con rescates que fueron tejiendo una red de esperanza en distintos rincones del país.
En sus inicios, la labor se enfocó en rescatar animales de San Andrés Islas, pero pronto se trasladó a territorios aún más invisibles, tanto para las ayudas de otras fundaciones como para las autoridades. Lugares como Malambo, Soledad y Sabanagrande son algunos de los escenarios donde Adopta No Compres ha extendido su trabajo.
Allí, a diario, aparecen casos de abandono, maltrato o camadas enteras sin destino. La fundación trabaja como una red: rescatistas locales y ciudadanos reportan las urgencias, y desde Bogotá se coordinan los traslados a clínicas veterinarias cercanas o, cuando es necesario, el viaje hasta la capital.
El proceso comienza con la atención médica: exámenes, cirugías y tratamientos. Luego, los animales encuentran refugio en guarderías u hogares de paso, donde reciben no solo cuidados físicos, sino también la compañía y el afecto que reconstruyen lo que Rodríguez llama “el alma quebrada”. Esa recuperación integral, tanto física como comportamental, es una que defiende la fundación. “No se trata de cuántos animales tenga, sino de cómo los tengas. A mí de nada me sirve darle un plato de comida, cuidarlo un poquito, cuando su parte emocional está muy afectada”, sostiene Rodríguez.
El camino hacia la adopción
Cuando las heridas físicas y emocionales empiezan a sanar, llega el momento más esperado: la búsqueda de un nuevo hogar. No se trata de un trámite cualquiera, sino de un proceso pensado para que cada animal encuentre la familia responsable que realmente merece.
Se diligencia un formulario que evalúa el perfil del adoptante, se realiza una entrevista con la familia, se revisan los requisitos mínimos y, finalmente, se fija el día de la entrega en la veterinaria o guardería indicada. Allí, junto con el animal, se entrega también su historia clínica y las recomendaciones para su cuidado. “Ellos pasaron mucho tiempo en la calle, ya les toca vivir como se lo merecen”, dice Rodríguez.
La historia no termina en la entrega. La fundación mantiene un seguimiento constante, pide reportes, fotografías y actualizaciones que confirman que el animal avanza en su nueva etapa. Con este método, a lo largo de los años, Adopta No Compres ha logrado dar en adopción a 4.800 animales. “Es increíble ver el cambio: verlos encadenados en la calle y ahora en una nueva vida”, cuenta Rodríguez con orgullo.
El impacto de su trabajo ha ido más allá de las fronteras locales. Muchos animales han sido adoptados en distintas regiones del país, pero también hay otros que han encontrado destino en el extranjero. En esos casos, la fundación acompaña de principio a fin el traslado, coordinando los viajes para que el animal llegue sano y salvo a los brazos de la familia que, desde otra parte del mundo, decidió abrirle un espacio en su hogar y en su vida.
Esterilización y educación
El trabajo de Adopta No Compres no termina con los rescates ni con las adopciones. La fundación también ha puesto en marcha campañas de esterilización en algunas de las zonas más vulnerables del país: Bogotá, Soacha, Usme, Ciudad Bolívar, Malambo, Soledad, Sabanagrande, Sabanalarga, Barranquilla y hasta en las islas de San Andrés y Providencia. Estas jornadas están dirigidas a perros y gatos callejeros, así como a familias de escasos recursos que no cuentan con los medios para asumir este procedimiento.
“La esterilización es una medida de salud pública y de bienestar animal: previene miles de nacimientos no deseados que terminan en abandono y sufrimiento. Y al mismo tiempo salva la vida de los que ya están en la calle”, explica Rodríguez.
A estas acciones se suman campañas educativas, en las que la fundación conversa directamente con comunidades, con un énfasis especial en niños y jóvenes. “No se trata solo de operar, sino de educar y transformar la relación que tenemos con los animales”, agrega, convencida de que, así como ella aprendió desde niña a amar y respetar a los animales, ese mismo sentimiento puede sembrarse en las nuevas generaciones.
La misión continúa
Los retos son tan grandes como la causa que persiguen. “El mayor reto ha sido la falta de recursos frente a la enorme cantidad de animales que necesitan ayuda. A diario recibimos casos de abandono, maltrato y enfermedades que requieren atención inmediata, y muchas veces no contamos con el apoyo suficiente”, admite Rodríguez. Aun así, cada obstáculo se enfrenta con creatividad y solidaridad: rifas, donaciones, ventas de la línea de productos de la fundación y el apoyo de profesionales que ofrecen descuentos se han convertido en piezas clave para sostener la misión.
El camino que sueñan recorrer es claro: fortalecer los programas de esterilización masiva y gratuita, aumentar el alcance de las campañas educativas y garantizar que más perros y gatos encuentren un hogar definitivo. “Queremos sembrar una cultura de respeto y tenencia responsable, especialmente en niños y jóvenes. Nuestro sueño es que la Fundación trascienda, para ofrecer mejores condiciones a los animales rescatados y aumentar el número de adopciones responsables”, señala.
Al final, lo que mueve todo este esfuerzo es la certeza de que cada vida importa. En cada perro que vuelve a correr tras haber estado encadenado, en cada gato que encuentra un techo después de haber vivido en la calle, se refleja la huella de un trabajo que va más allá de los números. La historia de Laura Rodríguez y de Adopta No Compres es la prueba de que, aunque los desafíos son muchos, el amor y la convicción tienen la fuerza suficiente para transformar realidades y abrir caminos de esperanza.
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