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Dos adultos mayores convirtieron su hogar en un refugio para perros abandonados

A simple vista, parece una casa cualquiera del centro de Bogotá, pero al cruzar la puerta se inunda de ladridos, miradas y caricias de animales rescatados por Luz Marina Acuña, una vendedora ambulante y Mario García, su esposo. Hoy, el refugio que han construido con tanto esfuerzo corre peligro y necesita ayuda.

06 de septiembre de 2025 - 12:00 p. m.
El hogar de Luz Marina Acuña está ubicado en el barrio Santa Bárbara Centro. Allí alberga cerca de 40 animales entre gatos y perros.
Foto: Valentina Matiz Bernal
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Por fuera es una casa común, como cualquier otra. Una sola planta, señales de desgaste en sus paredes y en sus puertas, un letrero de “Se vende” que advierte que lo que hay dentro solo permanecerá allí de manera temporal. Quienes pasan frente a la casa de Luz Marina Acuña y su esposo Mario García, difícilmente imaginan que ese rincón de Santa Bárbara Centro, en pleno corazón de Bogotá, esconde tras sus muros una multitud de vidas que encontraron en ella su última oportunidad.

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Al llegar, Luz Marina o “Luzma”, como todos la conocen, abre la puerta con la familiaridad de quien recibe a un viejo amigo. Su saludo es cálido, eufórico, y se completa con la algarabía de los perros que, entre ladridos, correteos y colas agitadas, parecen decir al mismo tiempo: “Aquí estamos, bienvenidos a nuestro hogar”.

“Nuestro hogar”, así es. No solo porque ocupan la sala, el patio, los cuartos, la cama, las estanterías o los muebles desgastados, sino porque han llenado cada rincón con su presencia. Hay huellas de ellos en todo: en los ladridos que recorren el pasillo, en los rastros de rasguños y mordiscos, en los olores que se mezclan con la rutina diaria.

A donde se mire, la presencia de los perros es absoluta: se han tomado la casa, pero también el corazón y la vida de Luz Marina y su esposo, quienes han hecho de su día a día una entrega total a esos animales que nadie quiso.

Sin embargo, la calidez de la bienvenida rápidamente es interrumpida por una preocupación que atormenta desde hace meses a la pareja. “Necesitamos urgentemente un hogar para estos animales. Lastimosamente, me toca entregar esta casa”, expresa la mujer.

Desde junio, cuando su arrendador les avisó que debían desocupar, viven con incertidumbre y con el tiempo en su contra. Tienen plazo hasta enero de 2026 y no han parado de buscar alternativas. “Yo no quiero que ellos vuelvan a la calle”.

Esa incertidumbre ha sido quizá la prueba más dura para la pareja. No se trata solo de perder un techo o unas paredes; lo que está en juego es el corazón mismo de su proyecto, la posibilidad de seguir rescatando y cuidando a los animales que encontraron, con ellos, un nuevo hogar. Este desalojo trunca cruelmente la labor que Acuña y García han desarrollado durante 14 años con esfuerzo y sacrificio.

Un comienzo marcado por la adversidad

Hace 20 años, Luz Marina Acuña y Mario García llegaron desde Manizales a Bogotá como muchos colombianos, empujados por la esperanza de un mejor futuro. La capital, sin embargo, no los recibió con suavidad. “Llegamos fue reciclando (…) los primeros días nos fue muy mal porque nos tocó dormir en el suelo, no teníamos cama, no teníamos nada. Comíamos en la calle lo que nos brindaba la gente, pero con eso nos sostuvimos mucho tiempo”, recuerda Acuña.

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Pronto, la creatividad y las manos hábiles de Mario lo llevaron a convertirse en carpintero, y así construyó una chaza ambulante para que su esposa vendiera dulces, gaseosas y lo que pudiera, como esas ventas callejeras que se multiplican en las esquinas de Bogotá y que, para muchos, son una fuente de supervivencia.

En medio de esa búsqueda constante por salir adelante, nunca estuvieron del todo solos. Desde Manizales los había acompañado un pequeño perro que era parte de la familia. Pero un día se lo robaron, y ese vacío marcó profundamente a Luz Marina. Para aliviar su tristeza, Mario le regaló otro perrito. Ese gesto sencillo, nacido del amor, fue la chispa que encendió lo que después se convertiría en una vida entera dedicada al rescate de animales.

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El rescate como forma de vida

Desde aquel primer perro que llegó a sus manos, la vida de esta pareja nunca volvió a ser la misma. Lo que comenzó como un gesto de amor se transformó en un propósito: rescatar a los que no tenían voz ni nadie que los cuidara. Poco a poco, su rutina empezó a girar en torno a esos animales que rescataban de la calle, del maltrato o de la indiferencia.

La pareja continuó luchando por abrirse camino en Bogotá. Mario levantó un pequeño taller de carpintería, mientras Luz Marina llevó su chaza al pasaje Rivas, en pleno centro de la ciudad. Así, entre la venta ambulante y los encargos del taller sostienen el refugio que hoy alberga a más de 30 animales.

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Luz Marina Acuña tiene más de 30 perros en adopción. Cada uno de ellos trae consigo una historia de resiliencia y esperanza.
Foto: Valentina Matiz Bernal

Sus días siguen un ritmo que parece agotador, pero que para ellos es ya una rutina. Mario se levanta a las 4:00 a.m. para limpiar el patio, organizar la comida y atender a los perros. Luego despierta Luz Marina, quien se encarga de las medicinas y de revisar que ninguno de sus “niños”, como los llama, quede desatendido. Más tarde, Mario la acompaña hasta el pasaje Rivas con el carrito de dulces, y vuelve a casa para atender el taller, siempre con pausas para cuidar a los animales. Al final del día, ambos se reencuentran, cansados, pero con la motivación de seguir ayudando a esos seres con quienes han decidido compartir su vida.

“Estos animalitos requieren dedicación, y bastante”, admite Mario. “Pero yo los adoro, para mí son mi familia. Me duele mucho ver un animalito aguantando hambre o cuando llueve que se moje. A mí se me parte el alma, yo quisiera ayudarles a todos”. Es justamente esa entrega y ese amor por los animales el impulso que cada día los despierta y los motiva a seguir con su labor.

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Una familia hecha de ladridos

Basta un vistazo rápido para notar que los perros que viven en esta casa no son los que cualquiera adoptaría: hay cachorros inquietos, sí, pero en su mayoría son adultos mayores, enfermos o con discapacidades, esos que casi siempre son ignorados. Mario insiste en ese punto: “La prioridad de nosotros siempre son los perros viejos, o sea, perros que ya rechaza la gente”, dice mientras acaricia a un poodle ciego que descansa debajo de una mesa del taller.

Cooper fue uno de ellos. Un golden retriever abandonado cerca de la chaza de Luz Marina. La edad y los achaques lo convirtieron en un “estorbo” para alguien, pero en la casa de esta pareja encontró compañía y afecto. Aunque su final fue triste (murió en una cirugía de emergencia), dejó en Acuña la tranquilidad de haberle dado unos últimos días llenos de amor. “Cooper fue un perrito que me brindó mucho, demasiado amor y me duele la pérdida de él. Pero, lastimosamente, ya se fue, aunque siempre lo voy a llevar en mi corazón, como voy a llevar a los otros también”, dice la mujer, quién recuerda con la voz entrecortada esta reciente perdida.

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“Una mascota le brinda a uno mucho amor, lo saca de una soledad, de una tristeza. Entonces lógico que cuando se van, dejan un vacío muy grande”, expresa recordando a sus peluditos que, por diversas razones, han dejado su hogar.

En medio de esas pérdidas y de los recuerdos de animales que lograron ser adoptados o que fallecieron rodeados de amor, aparece Jacky, el que se roba las miradas. Jacky fue atropellado por un bus de TransMilenio y Acuña fue testiga del accidente. Sin dudarlo, lo rescató, aunque el diagnóstico fue desalentador: una lesión en la columna lo dejó sin movilidad en sus patas traseras. Una veterinaria incluso le sugirió que lo mejor era dormirlo, pero Luz Marina no aceptó. Buscó otra clínica, donde le enseñaron cómo cuidar y darle calidad de vida a un perro con discapacidad.

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“Ese perrito es la felicidad de los otros. Ahora yo digo que gracias a Jacky es que estos han recibido tanta ayuda, porque la gente lo conoce, la gente lo adora, lo quiere, lo admira”, cuenta con orgullo. Jacky no solo se convirtió en la imagen más reconocida del refugio, sino también en la inspiración para que su esposo comenzara a fabricar sillas de ruedas artesanales y diera así una nueva oportunidad de movimiento a otros perros con condiciones similares.

“Yo siempre pensé en cómo hacer para que el perrito no se arrastrara, entonces me acordé de las de las zorras que utilizaban los caballos anteriormente y simplemente hice una réplica (…) ya de ahí se fue resultando gente que también tenía perritos en las mismas condiciones y entonces empecé ya a fabricarlas artesanalmente”, explica Mario García, mostrando con cierta modestia esa innovadora forma de ayudar y demostrar la discapacidad no debía ser una condena para los animales.

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Mario García es carpintero de profesión y divide su tiempo en la construcción de armarios, mesas, comedores y el cuidado de los animales.
Foto: Valentina Matiz Bernal

Un techo en riesgo, pero un hogar a prueba de todo

Después de 14 años dedicados al rescate y cuidado de animales, esta pareja enfrenta uno de los retos más difíciles: la obligación de tener que desalojar la casa que convirtieron en su pequeño refugio. No cuentan con los recursos para comprar un lote, y aunque han buscado ayuda por distintos medios, redes sociales, rifas, solicitudes a las alcaldías, nada ha sido suficiente. Cada día que pasa se acerca más el temido momento de tener que salir por esa puerta y no tener a dónde ir con los 37 perros y cinco gatos que dependen de ellos.

Su anhelo es permanecer por la zona del centro de Bogotá, el espacio que los acogió y donde la comunidad ya reconoce su labor. “Queremos seguir aquí, porque aquí ya todo el mundo me conoce, ya saben lo que hacemos. Si alguien nos apoya, yo se los voy a agradecer, y mis animales también. Y no solo ellos, aquí hay mucho animalito en la calle para rescatar”, dice Acuña.

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Hoy son ellos quienes piden ayuda, después de haber sido los que siempre tendieron la mano. Aun así, la pareja tiene claro que, sea cual sea el destino, su labor continuará. “Yo sí me siento orgullosa con lo que hago y quiero seguir haciéndolo si Dios me lo permite. Si por mí fuera, recogería muchos más animales, pero lastimosamente no tengo un techo”, confiesa Luz Marina.

Mario, por su parte, resume con sencillez lo que significa esta causa en su vida: “Para mí, lo que más enseña un animalito de estos es que uno debe vivir en función de algo. Ellos son todo para mí. Yo no tengo familia, mi familia son mis perritos. No tengo ni hermanos, ni tíos, ni primos. Mi familia siempre han sido mis animales”.

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Estas palabras dejan claro que para ellos su hogar no se mide en paredes ni en un techo, sino en el amor que comparten a diario con esas vidas que han salvado. Y ese amor, el de Luz Marina, Mario y sus animales, seguirá resistiendo, donde sea que estén.

Si desea conocer más de la labor de Luz Marina Acuña y Mario García puede comunicarse al 320 9566393 o visitar sus redes sociales.

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Por Ana Vega

Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional con interés en temas de divulgación cultural y medio ambiente. Anav3g4 avega@elespectador.com
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