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El estallido va por dentro: cómo la pólvora altera siete sistemas del cuerpo animal

La amenaza no tiene forma para ellos, y esa imposibilidad de entenderla es lo que la vuelve tan destructiva.

13 de diciembre de 2025 - 12:00 p. m.
No es un tema de “mascotas consentidas”: es un proceso biológico medible, documentado y visible en miles de cuerpos cada diciembre.
Foto: Getty Images
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La primera explosión casi nunca es la más fuerte, pero para muchos animales es la definitiva. Ese instante mínimo basta para que un perro o un gato pase, sin transición alguna, de la calma al terror absoluto.

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Para quienes encienden la mecha, son solo “voladores”. Para quienes los escuchan con un oído capaz de captar frecuencias que jamás percibiremos, es el inicio de un colapso fisiológico que no se apaga cuando se disuelve el destello. En ese instante que muchos consideran inocuo, comienza la tormenta.

La pólvora no es un susto, es una activación brutal del sistema de supervivencia. No es un tema de “mascotas consentidas”: es un proceso biológico medible, documentado y visible en miles de cuerpos cada diciembre. Y es precisamente ese funcionamiento interno el que explica por qué tantos animales enferman, se pierden, resultan heridos o mueren durante las fiestas.

El sonido que no se oye y que el cuerpo sí siente

Para entender la reacción, hay que partir de lo obvio: un perro no escucha como un humano. Sus rangos auditivos detectan vibraciones y frecuencias imposibles para sus cuidadores. Cuando la pólvora estalla, el ruido no es solo más fuerte: es más profundo, más agudo, más invasivo.

Ese sonido inesperado activa una alarma biológica. La amígdala, el centro cerebral que decide si algo es peligroso, envía un mensaje inmediato al hipotálamo. En milisegundos se enciende el sistema nervioso simpático y comienza la descarga: adrenalina primero, cortisol después.

La adrenalina acelera el corazón y la respiración. El cortisol aumenta el nivel de glucosa, suspende funciones no esenciales como la digestión y mantiene el cuerpo en estado de alerta sostenida. El organismo interpreta que hay una amenaza real, no un estímulo pasajero.

La amenaza, sin embargo, es incomprensible. Y eso es lo que la vuelve devastadora. Ese desconcierto interior es el que, afuera, se convierte en conducta.

El miedo desconecta

Cada diciembre, los rescatistas ven estas reacciones multiplicadas. Lo que en el laboratorio se define como “respuesta de lucha, huida o congelamiento”, en la calle se traduce en animales desorientados, temblorosos o en carrera desesperada.

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Paola Castillo, fundadora de Fundación Doggy in Home, lo ve repetirse cada año: “Hay huidas de hogares donde nunca se habían escapado. Saltan muros, rompen ventanas, corren sin rumbo. También vemos animales que quedan paralizados, desconectados por completo del entorno”, explica.

Esas conductas no son “caprichos del miedo”. Son la consecuencia directa de la sobrecarga hormonal: la adrenalina distorsiona la orientación, acelera los reflejos y vuelve errática la percepción sensorial. Muchos animales entran en una especie de túnel donde solo existe la orden de sobrevivir. Y sobreviven como pueden.

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Por eso llegan heridos: cortaduras por atravesar vidrios, laceraciones por intentar escapar, fracturas por saltos descontrolados, atropellamientos.

El veterinario Fredy Manrique lo describe sin adornos: “El pánico y la desorientación los llevan a dañarse intentando escapar de lugares donde normalmente se sienten seguros”.

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En animales mayores o con antecedentes neurológicos, el estrés puede desatar convulsiones. En animales cardiópatas, arritmias peligrosas. En los más vulnerables, incluso la muerte súbita. Nada de esto es exageración. Está documentado y se observa cada año.

Diciembre: las cifras suben y la capacidad de respuesta baja

En Colombia, diciembre y enero son los meses de mayor colapso para rescatistas y entidades de protección. En Doggy in Home los reportes aumentan hasta 40% en esta temporada. En particular, este año la fundación enfrenta una crisis económica que le impide asumir nuevos rescates mientras intenta reunir 70 millones para cerrar el año.

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Aun así, las alertas no paran. Llamadas por animales extraviados, familias buscando orientación, redes de apoyo improvisadas para encontrar perros que han corrido kilómetros en plena noche. Esa es la rutina decembrina.

Los animales de la calle lo pasan peor. La pólvora intensifica cada vulnerabilidad previa: hambre, enfermedad, exposición. “Para ellos es más miedo, más riesgo y menos posibilidades de resguardo. Es un golpe directo a los más indefensos”, dice Castillo.

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Una tormenta en siete sistemas

Para entender por qué un solo estallido puede desencadenar tanto daño, vale la pena mirar esa tormenta interior:

1. Oído: las explosiones pueden producir dolor, zumbidos, inflamación y cambios súbitos en la audición.

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2. Sistema nervioso: la activación de la amígdala y las descargas sostenidas de adrenalina generan desorientación, sobresaltos extremos y, en casos graves, convulsiones.

3. Sistema cardiovascular: el corazón late acelerado, aumenta la presión arterial y el riesgo de arritmias. En animales frágiles, este punto puede ser letal.

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4. Sistema endocrino: el cortisol sostenido afecta el sistema inmune, altera la regulación de glucosa y puede generar cambios de comportamiento duraderos.

5. Sistema musculoesquelético: el cuerpo tenso, las carreras descontroladas y los saltos pueden producir esguinces, contusiones y fracturas.

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6. Sistema respiratorio: la hiperventilación causa mareos, colapsos y, en razas braquicefálicas, episodios respiratorios severos.

7. Comportamiento: huida, agresividad por miedo, vocalización intensa, parálisis, pérdida de control de esfínteres, autolesiones.

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Cuando termina la temporada, los humanos guardan las luces. Los animales, en cambio, cargan con las secuelas: fobias sonoras, sensibilidad extrema, alteraciones del sueño, pérdida de apetito y ansiedad crónica.

El cuerpo tarda días, incluso semanas, en sacar el cortisol del sistema. La amígdala queda hiperalerta. Y el cerebro, que aprendió a temer los ruidos repentinos, no olvida fácilmente.

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Esa memoria biológica explica por qué un perro puede comenzar a temblar en marzo cuando escucha un trueno, o por qué un gato se esconde durante horas después de que un vecino deja caer una caja pesada.

La pólvora deja una huella que no depende de la fecha: permanece en el cuerpo, en el sistema nervioso y en los reflejos involuntarios mucho después de que las luces se apagan. Esa persistencia ha impulsado a distintos sectores a exigir regulaciones más firmes.

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Cielos en Calma

El proyecto Cielos en Calma fue aprobado en primer debate esta semana en el Congreso de la República. La iniciativa busca transformar el uso de la pirotecnia en el país mediante:

  • La prohibición del uso de recursos públicos para comprar pólvora.
  • Límites estrictos a los decibeles permitidos.
  • Eliminación de alboradas sin perímetros de seguridad.
  • Reglamentación de horarios y duración de espectáculos.
  • Medidas de protección para fauna doméstica, fauna silvestre y ecosistemas.

No se trata de acabar con las celebraciones, sino de hacerlas compatibles con la vida de quienes no pueden defenderse del ruido que los enferma.

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Para miles de animales, diciembre no es una fiesta: es una temporada para sobrevivir. Y mientras la sociedad sigue debatiendo si es posible celebrar sin estruendos, muchos cuerpos siguen rompiéndose por dentro sin que nadie los vea.

Al final, la pregunta no es si la pólvora es tradición. La pregunta es si una tradición puede pesar más que la vida y el bienestar de quienes dependen de nosotros para estar a salvo.

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Por Mariana Álvarez Barrero

Periodista de la Universidad del Rosario. Apasionada por la agenda global, la literatura y la economía. Además, presentadora de Moneygamia, formato audiovisual de finanzas fáciles de El Espectador. malvarez@elespectador.com
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