En las redes sociales, donde la atención se mide en segundos y la distracción es moneda corriente, a veces un par de ojos amarillos frente a la cámara tienen más poder que cualquier guion. Juan Felipe Londoño lo sabe, financiero de profesión, creador de contenido casi por accidente, y conocido por muchos como “el esposo de Chabe”. Descubrió que sus gatas, Shiva y Ankara, no solo llenaron su casa de compañía, sino que también conquistaron, sin proponérselo, el corazón de sus seguidores.
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“Cuando tienes un gato moviéndose por atrás o por adelante, la gente dice: qué gato más interesante. Y es una buena forma de enganchar a la audiencia”, cuenta. Pero aclara que, en su caso, no se trata de volverlas protagonistas de campañas ni de vestirlas para una foto. Simplemente, están ahí, parte de la vida cotidiana que él y su esposa, Isabela Rivera, comparten en videos.
El fenómeno de los pet influencers
El contraste es interesante. En los últimos años, los llamados pet influencers han dejado de ser simples mascotas para convertirse en celebridades digitales con contratos publicitarios, giras y hasta agencias que los representan. Un perro o un gato con millones de seguidores en Instagram puede facturar entre 1.000 y 10.000 dólares por publicación en Estados Unidos. En Latinoamérica, las cifras son menores, pero la tendencia crece con rapidez.
Juan Felipe lo ve distinto: “Nosotros nunca hemos querido que ellas sean protagonistas obligadas. Hacen parte de la vida. No hay necesidad de inventarles un personaje, porque ya son únicas como son”.
Shiva y Ankara llegaron a su vida en 2017. A Shiva la compró casi por impulso en un local de la Avenida Caracas, en circunstancias que él mismo califica de sospechosas. Poco después adoptó a Ankara, decisión que transformó su forma de ver la relación con los animales. Desde entonces, ambas comparten con la pareja rutinas, maullidos y juegos que ya forman parte de su historia digital.
Son opuestas: Ankara es sociable y juguetona, capaz de traer un gancho de pelo como si fuera un perro. Shiva es reservada, prefiere la calma y la intimidad de estar en brazos de su humano favorito. Juntas, llenan de vida la casa, incluso en los momentos más rutinarios. “Cuando nos vamos de viaje y volvemos a una casa vacía porque se quedan con mi mamá, sentimos ese vacío inmenso. Es como si la casa misma perdiera el alma”.
Un refugio frente al ruido
Las gatas no solo aparecen en los videos, también son un bálsamo. La investigadora Jessica Gall Myrick, en su estudio Regulación emocional, procrastinación y vídeos felinos online, demostró que ver gatos en internet puede generar alegría, esperanza y hasta mejorar la concentración laboral. En un mundo saturado de malas noticias, su sola presencia ofrece respiro.
Juan Felipe lo explica sin necesidad de estadísticas: “Cuando estoy triste, ellas de una llegan a acostarse encima de mí. No me van a decir nada, pero me hacen sentir demasiado importante en su vida. Eso es un apoyo inmenso”.
El fenómeno de los animales en redes sociales no siempre es positivo. La exposición constante puede fomentar adquisiciones impulsivas, tales como elegir un gato “porque se ve tierno en un video” o un animal exótico “porque se ve divertido en Instagram”. Para Juan Felipe, ahí está el verdadero peligro.
“No pasa nada con que un perro o un gato salgan en un video. Al final son animales domésticos, pero cuando veo pájaros en jaulas, monos o tigres en salas de estar, eso sí me rompe el corazón. No deberían estar ahí”.
Su propio camino lo llevó de la compra improvisada de Shiva a la adopción consciente de Ankara. Hoy insiste en que tener un animal no es un capricho, sino un compromiso de largo plazo. “Un gato puede vivir más de diez años. Eso no es de seis meses y ya. Es hasta que la muerte nos separe”.
El mensaje detrás de los maullidos
La risa también hace parte de la dinámica: sofás arañados, tapetes destruidos, discusiones nocturnas porque Ankara no deja leer a Chabe. “Uno compra un mueble y resulta que es de ellas. Pero lo que me dan es infinitamente más de lo que me quitan”, reconoce.
Detrás de esas anécdotas ligeras se esconde un mensaje más profundo: la importancia de la adopción responsable, del cuidado diario y de entender que los animales no son accesorios ni contenido, sino seres vivos que necesitan cariño, respeto y estabilidad.
“Los invito a adoptar. Los gatos parecen distantes, pero con sus dueños son lo más cariñoso que hay. Llenan la casa de vida, de compañía, y le recuerdan a uno que el amor también puede ser silencioso, pero contundente”.
Así, mientras Shiva se acomoda en su pecho y Ankara insiste en atrapar el gancho de pelo de su esposa, Juan Felipe Londoño sigue compartiendo en redes lo que, sin proponérselo, se ha convertido en su historia más entrañable: la de un hombre que aprendió que, en medio de los números, los likes y los seguidores, dos gatas podían enseñarle la lección más simple y más valiosa: el amor cotidiano.
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