En el país, muchos loros viven encerrados. Es normal verlos en jaulas, con las alas cortadas, el pico deformado, el plumaje deteriorado y repitiendo palabras humanas que nunca debieron aprender. Viven como mascotas, sin posibilidad de volar.
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Lo que no es tan común es conocer historias donde estos animales viven como deberían: libres, respetados y fuera del encierro, gracias a personas que han entendido que tenerlos privados de su libertad no solo está mal, sino que también es ilegal.
A comienzos de este año, la Fundación Loros, una organización dedicada a la protección y liberación de aves silvestres en Colombia desde 2022, abrió una convocatoria poco convencional: un concurso literario titulado “El Espíritu de los Loros”. La propuesta era sencilla pero poderosa: invitar a cualquier persona, desde cualquier lugar del país, a contar una historia real con un loro. No se trataba de cualquier relato, sino de aquellos que tuvieran como protagonista a un ave en libertad, en proceso de liberación o que haya vivido fuera de una jaula.
Los participantes debían narrar experiencias con un loro, cotorra o guacamayo que hubiera llegado a sus vidas, muchas veces como resultado de una práctica ilegal, aunque normalizada, mostrando cómo esa relación les transformó la mirada sobre la vida silvestre. El énfasis no estaba en la posesión, sino en el cambio de conciencia, en ese momento clave en que entendieron que lo más valioso para el ave era la posibilidad de vivir libre, en su hábitat natural, junto a otros de su especie.
Entre los textos enviados surgieron voces auténticas, muchas provenientes de rincones apartados del país, que no solo hablaban de loros, sino también de duelos, aprendizajes, vínculos, rutinas y transformaciones personales. Más que simples anécdotas, fueron historias que revelaron procesos de conciencia: momentos en los que las personas entendieron que mantener un ave silvestre en casa no es un acto de cariño, sino una forma de privarla de su naturaleza.
Cabe recordar que en Colombia la tenencia de loros, cotorras y guacamayos silvestres está prohibida por ley. Por eso, más allá de ser una apuesta literaria, el concurso fue también un ejercicio de educación ambiental, que buscó sensibilizar sobre la importancia de respetar la vida silvestre en libertad y demostrar que es posible convivir sin poseer.
De los 234 textos recibidos, diez fueron seleccionados como finalistas por su profundidad ética y calidad. Entre ellos se encuentran «Azul se quedó solo», «Lorenzo va a la escuela» y «Plumas tejidas, espíritus eternos, verde destino», tres historias reales que muestran lo que ocurre cuando se deja de ver a los loros como mascotas —porque no lo son— y se empieza a reconocer su verdadera naturaleza: la de seres silvestres con derecho a volar libres, lejos del encierro y la domesticación. Estas historias son un recordatorio de que tener un loro en casa no debería ser normal, y que solo en libertad es posible respetar plenamente su existencia.
El loro que regresó después de una década
En el sur de Antioquia, una historia silenciosa comenzó a tejerse hace más de diez años entre una niña, un loro herido y la libertad. La niña hoy es artista. El loro, aunque ya no está, sigue apareciendo en sus murales, en sus cuentos y en su memoria.
Carolina Mesa, artista y una de las ganadoras del concurso “Relatos que Vuelan”, recuerda ese vínculo con nitidez. Todo comenzó cuando su madre, embarazada de ella, encontró un loro herido a la orilla de un camino rural. Lo llevaron a casa, lo cuidaron hasta que pudo volar de nuevo y nunca lo encerraron. Lo llamaban simplemente “el loro”.
“Nunca lo enjaulamos. Yo jugaba con él de niña, y él se posaba en los árboles cercanos. Era parte de mi cotidianidad. Volaba, pero regresaba. Luego, un día, se fue y no volvió más”, cuenta Carolina a El Espectador.
Pasaron los años. Carolina creció, dejó atrás la infancia y un día cualquiera el loro volvió. “Estaba en casa. Lo vi llegar. Se posó en un árbol, me miró y voló hacia mí, como si aún me reconociera. Fue la última vez que lo vi. Pero desde entonces lo llevo conmigo. Me enseñó a mirar el mundo como si volara”.
Nunca supo con certeza si era el mismo loro. Pero ese breve encuentro fue suficiente para despertar algo profundo: una memoria intacta que volvió a tomar vuelo. Desde entonces, el loro sin nombre habita en cada mural que Carolina pinta sobre muros, en las historias que crea junto a comunidades y en la forma en que hoy concibe el vínculo entre humanos y fauna silvestre.
Para ella, esta historia es mucho más que un recuerdo de infancia. Es un recordatorio vivo de que es posible convivir con otros seres sin poseerlos, sin cortarles las alas.
Su relato, “Plumas tejidas, espíritus eternos, verde destino”, fue uno de los textos que llegaron al concurso y resultó entre los ganadores. Pero más allá del reconocimiento, para Carolina participar fue una forma de rendir homenaje a ese primer lazo con la vida silvestre que marcó su infancia y que, hasta hoy, sigue guiando su camino como artista y comunicadora.
“Esta historia me acompaña desde pequeña. Participar fue una forma de rendirle homenaje a ese loro amazónico y unir mi pasado con mi presente como comunicadora científica y rescatista de fauna. El mar ha sido mi hogar profesional y emocional, pero las aves, especialmente los loros, despiertan en mí una inquietud profunda por todo lo que aún podemos aprender y conservar”, reflexiona.
La historia de un agapornis libre en Medellín
Azul, un pequeño agapornis de plumaje celeste, llegó volando sobre el techo de un apartamento en Medellín, justo cuando una familia se preparaba para despedir a su mascota de toda la vida. Después de 15 años, su perro estaba en condiciones críticas, y la eutanasia era la única opción compasiva. En medio de ese dolor, aparecieron dos pequeños loritos en el techo. Para Andrés Pérez, periodista y escritor, fue un gesto de la vida que no pasó desapercibido.
“La llegada de Azul fue curiosa. Siempre he sido un enamorado de los animales, así que cuando vi a los dos loritos sobre mi techo me emocioné, pero no me imaginé que se volverían casi una obsesión para mí. Por esos días trabajaba en el noticiero, y con el pasar de los días se hizo más fuerte mi ansiedad de terminar la jornada para venir a ver si aún estaban”, cuenta.
Durante varios días, los dos inseparables, como se conoce a estas aves, vocalizaban desde los cables, bajaban a inspeccionar un hueco entre las tejas y se refugiaban juntos al caer la tarde. Pero el 3 de marzo de 2025, solo uno regresó. Desde entonces, Azul estaba solo, y Andrés, sin proponérselo, comenzó a acompañarlo en su duelo.
“Cuando Azul se quedó solo, mi atención se enfocó en investigar sobre él, pues para mí era un perico. Pero indagando descubrí que era un agapornis. Todas las páginas que leía decían que esta especie no sobrevive bien en soledad, que suelen deprimirse cuando su compañero muere”, cuenta.
Movido por la preocupación y el afecto, Andrés empezó a observar más detenidamente el comportamiento del animal. Lo veía posarse solo, emitir llamados al vacío, esperar al borde del hueco como si aún esperara a su compañero. Un día descubrió que lo único que comía era alpiste.
Entonces Azul empezó a bajar a la ventana. Primero con timidez, luego con rutina. Venía a comer y se iba. No dormía allí, pero vocalizaba desde un tubo frente al apartamento para anunciar su llegada. Andrés, con el tiempo, empezó a organizar sus días alrededor de esos momentos: cancelaba salidas, abría la ventana a tiempo, protegía el plato de otras aves.
“Yo aprendí a estar de verdad, a no dejarlo solo, a no dejarle el plato a merced de las tórtolas, a distinguir su llamada entre los demás sonidos. Y él entendió que si me llamaba, yo salía. Lo observaba mientras comía. Siempre me daba la cara, vigilante, no con ternura, sino con la mirada de quien no quiere ser atrapado. Y yo nunca lo forcé. Aunque mi corazón gritara ‘quédate’, él venía a recordarme que el amor más real no tiene jaulas”.
Fue en medio de esa rutina que, navegando por redes, Andrés encontró la convocatoria del concurso “El Espíritu de los Loros”. Lo primero que hizo fue buscar si un agapornis contaba como loro, y al confirmar que sí, decidió contar la historia. “Después fue fácil. Simplemente la plasmé tal cual ha sucedido, día tras día desde su llegada”, cuenta.
Su relato titulado “Azul se quedó solo” fue elegido como uno de los finalistas. Pero más allá del reconocimiento, para Andrés, ese ejercicio significó una especie de cierre emocional, una manera de honrar lo vivido con Azul y todo lo que ha significado. “Le puse Azul por su plumaje y porque desde que se quedó solo empezó a pintar de melancolía mis días. Aún lo espero. Aún me duele pensar que un día no regrese. Pero aprendí algo que me liberó: no soy su refugio, soy apenas una parada en su vuelo”, afirma Andrés.
Azul sigue viniendo. A veces una, otras dos, incluso tres veces al día. Come, vocaliza, mira desde lejos. Andrés sigue ahí. Y aunque sabe que un día el agapornis puede no volver, también sabe que la libertad es su mejor destino.
Lorenzo, el loro libre que va a la escuela
En un rincón apartado del oriente colombiano, vive Lorenzo, un loro real amazónico que vuela libre por el caserío de La Esmeralda, en la zona rural de Puerto Carreño, Vichada. No pertenece a nadie. No conoce jaulas. Pero cada mañana, como cualquier niño de la comunidad, llega al colegio. No lo hace por obligación, simplemente va, como si supiera que ahí está su lugar.
Fue Camilo Gómez, profesor bogotano que llegó en enero de 2024 a dar clases en esa escuela rural, quien quedó más sorprendido con la rutina de este visitante emplumado.
“Allí soy profesor desde enero y vivo encantado con lo que para esas personas ya es normal, pero que para mí, que toda la vida he vivido en Bogotá, es algo simplemente increíble: la amabilidad de la gente, la humildad, los niños del campo, las tradiciones, los relatos, la fauna, el paisaje. Es realmente hermoso”, cuenta.
Y entre todas esas maravillas, Lorenzo brilla por su autenticidad. Fue rescatado cuando aún era un pichón, tras caer de un árbol. Una mujer de la comunidad, Adelina, lo cuidó con esmero y nunca lo encerró. Le permitió ser libre desde el inicio. Y Lorenzo eligió quedarse. Vive entre los árboles, pero tiene un afecto especial por el colegio y por su cuidadora.
“Todos los días va al colegio. Vuela por todas partes y luego se va para el pueblo, donde vive Adelina. A ella la adora. Repito, esto es muy normal para las personas de La Esmeralda, pero para mí, y para miles de personas, es algo sumamente hermoso y nada cotidiano”, relata Camilo.
Lorenzo no es una mascota ni un espectáculo. Ha sido parte del currículo escolar. Cuando el profesor Camilo enseñaba sobre aves en ciencias naturales, Lorenzo fue el modelo en vivo para hablar del pico, las plumas, las patas. En clase de español, una estudiante escribió un artículo titulado “Las travesuras de Lorenzo”, que fue publicado en el periódico escolar.
Con el tiempo, el profesor entendió que Lorenzo no solo era un símbolo de libertad, sino también de convivencia. Una lección viva sobre lo que significa compartir el territorio con otros seres: no domesticarlos y no poseerlos.
“Como maestro, vine a enseñar, pero aprendo tanto de mis estudiantes, de sus familias y, en este caso, de un ave noble que me recuerda la importancia de dar voz a quienes ‘solamente les hace falta hablar’”, reflexiona Camilo. “Para Lorenzo, volar libre significa convivir con la comunidad”.
Esa misma historia fue la que Camilo convirtió en relato bajo el título “Lorenzo va a la escuela”, con el que participó en el concurso. Su texto fue elegido como uno de los finalistas y se convirtió en una forma de dar voz a una experiencia colectiva: la convivencia entre una comunidad rural y un ave que es respetada.
Por más bellas que sean, estas historias también son un recordatorio: los loros no son mascotas. Cada ave que ha sido enjaulada para luego recuperar su libertad revela una lección pendiente en nuestra sociedad.
“Detrás de cada loro que recupera su vuelo, hay una sociedad que empieza a sanar. Es aprender a respetar a quienes no pueden defenderse. Y así, sin discursos ni manuales, sembramos una cultura del cuidado”, concluye Alejandro Rigatuso, director de la Fundación Loros.
Porque respetar a los loros es empezar a mirar con otros ojos la vida silvestre. Y entender, de una vez por todas, que su lugar está allá arriba: volando libres.
“Los loros no son juguetes, ni adornos, ni regalos. Son alguien: tienen memoria, emociones y vínculos. Son seres silvestres con derecho a volar, decidir y vivir según su naturaleza.” — Manifiesto de la Fundación Loros.
Los diez relatos finalistas y las dos historias ganadoras del concurso “El Espíritu de los Loros” están disponibles para lectura en la página oficial de la Fundación Loros. Puede acceder a ellos en: https://loros.org/relatos/
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