Un singular avistamiento ocurrió hace poco más de tres años por un grupo de investigadores de Norte de Santander: ellos aseguran que vieron al loro orejiamarillo (Ognorhynchus icterotis) – que se creía extinto en la región –. Este loro utiliza la palma de cera para anidar a sus crías y buscar alimento, pero, desde el año de 1996, la drástica disminución de esta planta también resultó en una reducción en la población del animal.
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De hecho, el loro orejiamarillo fue descubierto en Colombia en 1854. El primer avistamiento de esta especie ocurrió en el municipio de Ocaña, en Norte de Santander. En el Natural History Museum, en Londres, tienen un individuo colectado, que es la prueba reina de que el espécimen se halló en este lugar. “A partir de este momento, no se registró nuevamente a la especie en la región. Por ello, se comenzó a rumorar que se extinguió en la zona”, explica el biólogo y ornitólogo Luis Alberto Peña, quien ha trabajado con la Fundación Neotropical, con el objetivo de preservar al cóndor andino en Colombia.
Pero esa historia cambió en 2021. “Mientras realizábamos los censos de la población de cóndores andinos en febrero de 2021, accidentalmente, vimos de lejos a una pareja de loros orejiamarillos en la localidad Las Golondrinas, de la vereda Toledo, ubicada entre los municipios de Ábrego y Cáchira”, recuerda Luis Alberto Peña.
Este hallazgo lo publicaron en la Asociación Colombiana de Ornitología (aquí puede leerlo). En él, los investigadores muestran las pruebas que justifican su descubrimiento: una foto de esta ave, relatos de personas de la zona, los cantos y la presencia de palma de cera. Entre los miembros participantes del estudio, se encuentran Friedman Axel Pabón, de Birding Norte de Santander; Fernando Cediel, de la Sociedad Ornitológica del Nororiente Andino; Orlando Armesto, de la Secretaría de Educación Municipal de Cúcuta; María Alejandra Parrado, de la Fundación para el manejo y Conservación de los Ecosistemas Neotropicales; y Pedro María Ortega, guía local de Cáchira.
Esta es la foto:
El “milagro”, como lo llaman ellos, ocurrió en la localidad Las Golondrinas, de la vereda Toledo, ubicada entre los municipios de Ábrego y Cáchira. Este territorio, dicen, ha permanecido “virgen” debido al conflicto armado. “Las personas no iban a estas zonas, por lo que un secuestro podría afectarlos. Por ello, hubo un olvido en este tipo de espacios. Gracias al proceso de paz, estos sitios se convierten en un espacio interesante, con cosas por mostrar”, agrega Peña.
Según el mapa de Ebird, realizado por observadores de aves, biólogos y colaboradores de ciencia ciudadana en todo el mundo, la mayor cantidad de loros orejiamarillos se encuentran sobre la cordillera central y una parte de la occidental, en Colombia. También hay reportes desde Nariño, Yopal, Tunja, entre otros sectores próximos a Norte de Santander.
“Estos individuos pueden volar en una distancia de hasta 40 kilómetros, o incluso mayores. Por ello, estas poblaciones de Yopal podrían estar recolonizando Norte de Santander”, comenta Diego Fernando Espitia, campesino tolimense que ha trabajado con la Fundación ProAves y participó en el primer censo nacional del loro orejiamarillo en el país.
“De pronto el loro había sido visto en Norte de Santander antes, pero no se hizo el registro oficial. Este es el punto con la ciencia: si un hallazgo no se divulga, queda en el anonimato”, explica Luis Orlando Armesto, licenciado en biología y química con maestría en ecología, que colaboró con la investigación para constatar las características de la especie y la forma en que cohabita con otros tipos de loros. “Si hay palmas de cera, debe estar el loro. Esa fue nuestra intuición para entender que el loro habita en otras zonas del país”, comenta el experto.
Una esperanza para la conservación de Norte de Santander
Diego Fernando Espitia es un campesino que ha enfocado su trabajo en desarrollar una ruta turística en la región de Anaime, en Tolima, con el objetivo de fortalecer la educación ambiental, para trabajar con las personas que tienen diferentes especies de aves en sus fincas. “Llevo varios años monitoreando uno de los dormideros más importantes que tiene el loro orejiamarillo en Colombia, ubicado en Anaime, Tolima. Constantemente hacemos censos, tomando datos de las plantas alimentarias, de las temporadas reproductivas, monitoreando nidos, etcétera”.
El campesino reconoce que el canto de este loro es bastante fácil de identificar, por lo que es sencillo diferenciarlo de otro tipo de loros. Sus mejillas amarillas, tamaño y comportamiento facilitan su observación. Además, es una especie bastante particular: es el único en su género y tiene una estrecha relación con las palmas de cera, pues los investigadores encontraron que esta especie únicamente hace sus nidos allí.
“Ellos están en un constante concierto de vocalizaciones, por esto es muy fácil identificarlos. Sabemos que la palma de cera, en la cordillera central y en los lugares en donde se encuentra, está en peligro de extinción. El loro orejiamarillo se ve muy afectado cuando, en las zonas rurales, esta planta cumple su ciclo de vida, pierde sus ramas y comienza un proceso de descomposición”, explica.
Espitia asegura que, gracias a este tipo de avistamientos, se puede constatar que la situación de riesgo del animal ha cambiado: en los años 90 y a principios de la década de los 2000, estaba en Peligro Crítico, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. De 2009 a 2015, la especie comenzó a estar En Peligro. Actualmente, se encuentra Vulnerable, gracias al aumento de su población, que alcanza los 3.491 ejemplares, al día de hoy, según datos de la Fundación Proaves.
Los investigadores que avistaron al ave en Norte de Santander han intentado generar procesos de educación en las comunidades de la región, porque, afirman, algunas personas y testigos no pueden asegurar la presencia del loro en el sector, pues no lo reconocen. Por ello, Luis Alberto Peña y sus compañeros han intentado desarrollar talleres de educación ambiental, para poder incentivar la conservación de un ave sumamente especial, que pasa desapercibida ante los ojos de quienes no la distinguen.
“La palma de cera necesita tener un bosque nativo, para crecer debajo de ese bosque y tener toda la disponibilidad de nutrientes. Para poder tener estos bosques, se deben conservar los bosques de alta montaña, en donde se encuentran estos ecosistemas”, explica Espitia, quien ha construido un equipo de avituristas y fotógrafos de aves en los sectores donde está el loro.
“Queremos cambiar la imagen que hay en torno al departamento de Norte de Santander, que ha sido manchada por el conflicto armado. Estos descubrimientos pueden hacer que cambie la visión en torno a la región, porque podemos mostrar que acá hay estudios, especies interesantes, hay descubrimientos”, reconoce Peña.
Este descubrimiento es un indicativo de que las campañas de conservación están funcionando, gracias al trabajo de la comunidad y las organizaciones, que está comenzando a ver sus frutos. Ahora, el esfuerzo debe enfocarse en que esta especie deje de ser Vulnerable y, en un futuro, su población siga creciendo en el país y en el mundo.
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