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Sin reglas claras: el transporte público sigue siendo un riesgo para los animales

Maxi murió asfixiado en la bodega de un bus. Homero, en la de un avión. A pesar de que las mascotas son consideradas seres sintientes, en Colombia su transporte aún depende del azar, la desinformación o la indiferencia.

10 de agosto de 2025 - 02:00 p. m.
A falta de una norma unificada, cada empresa impone sus propias condiciones.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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Aunque en Colombia las mascotas son reconocidas legalmente como seres sintientes desde 2016, su transporte en medios públicos sigue dependiendo del criterio de terceros, sin garantías claras. La muerte reciente de Maxi, un perro que viajaba en un bus, y otros casos similares demuestran que el transporte público continúa siendo un punto ciego en la legislación, pese a los esfuerzos por mejorar el bienestar animal en otros ámbitos.

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El pasado 19 de julio, Maxi, un perro de año y medio, viajaba con su familia en un bus de la empresa Copetran que cubría la ruta entre Maicao y Medellín. Días antes, al momento de comprar los tiquetes, su tutora, Gabriela Nava, había preguntado si podía llevarlo con ella en cabina. “Dijimos que viajábamos con nuestra mascota, que si teníamos que pagar algo adicional y que además habíamos verificado que no excedía las medidas permitidas”, contó. A lo que le respondieron que no habría inconveniente.

Pero al intentar abordar, el conductor, según denunció ella, se opuso. Exigió que Maxi fuera transportado en la bodega del vehículo. Gabriela insistió, explicó lo que les habían informado en la terminal, pero no hubo negociación posible. Una vez en marcha, el viaje se transformó en tragedia. Al llegar a su destino, encontraron al perro sin signos vitales. Según la constancia médica, Maxi murió por asfixia provocada por un golpe de calor.

La responsabilidad fue atribuida directamente al conductor, y la Superintendencia de Transporte abrió una investigación formal contra Copetran. Mediante la Resolución 13032 del 30 de julio, la Supertransporte formuló tres cargos contra la empresa: posible falla en la prestación del servicio por no garantizar la integridad de un ser sintiente durante el trayecto; falta de información adecuada al usuario sobre los requisitos para el transporte de mascotas que superan los 28 centímetros de tamaño; y desatención a la autoridad por entregar respuestas presuntamente incompletas y fuera de los parámetros requeridos. De ser hallada responsable, la empresa podría enfrentar multas de hasta 700 salarios mínimos por cada infracción.

Sin embargo, Maxi no es el primer caso y difícilmente será el último. Aunque no siempre las consecuencias son trágicas, la situación de los animales que viajan en condiciones inadecuadas sigue siendo alarmante. La médica veterinaria Carolina Ospina, de la fundación Doggy in Home, advierte que transportar a un animal en la bodega de un bus puede representar un riesgo tanto físico como emocional. “La bodega no está diseñada para el transporte de seres vivos: es un espacio cerrado, con poca ventilación y mucho ruido, lo que puede resultar estresante e incluso peligroso”, explica.

A nivel psicológico, un viaje bajo esas condiciones puede generar miedo, fobia o ansiedad, especialmente si el animal se ve expuesto a estímulos desconocidos y a la separación de su tutor. “Si ese estímulo es negativo, cualquier situación similar puede detonar una amplia gama de comportamientos, incluso si ya no está sometido al transporte como tal, volviéndose un animal inseguro, ansioso o incluso agresivo”, señala la experta.

En cuanto a las consecuencias fisiológicas, Ospina advierte que pueden incluir desde hipotermia o hipertermia hasta hipoxia y lesiones por intentos de escape. Una de las más graves es el golpe de calor, que puede llevar a una falla multiorgánica. “Cuando el jadeo no es suficiente para regular la temperatura, la sangre se espesa, el corazón se acelera y se reduce el flujo a los órganos vitales. Esto puede causar síncopes, fallas cardiorrespiratorias y, en consecuencia, la muerte”, concluye.

Hacia un transporte con garantías

El proyecto de ley “No son equipaje”, radicado el 30 de julio de 2024 por el representante Carlos Ardila, busca establecer garantías mínimas para los animales de compañía que viajan en medios de transporte público, tanto terrestres como aéreos.

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A falta de una norma unificada, cada empresa impone sus propias condiciones: algunas permiten su presencia en cabina, otras exigen guacales, bozales o certificados médicos, y algunas simplemente los prohíben.

La propuesta legislativa plantea un marco común que proteja a los animales de situaciones que puedan comprometer su bienestar o vida. Entre las condiciones mínimas que contempla están que los animales no sufran hambre, sed, dolor ni malestar físico; que estén protegidos de temperaturas extremas, ruidos excesivos o altos niveles de estrés; y que se prohíba su transporte en bodegas que no estén diseñadas ni presurizadas para seres vivos. “Esas condiciones pueden comprometer la vida de las mascotas”, señala Ardila.

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La iniciativa nació a raíz del caso de Homero, un american bully que murió en 2021 durante un vuelo de EasyFly entre Puerto Asís y Cali. Su tutora, María Fernanda Echeverry, había advertido los riesgos de trasladarlo en bodega, pero la aerolínea no le permitió llevarlo en cabina, a pesar de haberlo hecho así en el trayecto de ida.

Aunque el proyecto ha recibido observaciones de gremios como la Asociación Internacional de Transporte Aéreo y de aerolíneas como Avianca, que argumentan que ya existen lineamientos internacionales sobre el transporte de animales, otras compañías, como LATAM, según Ardila, han mostrado respaldo a la iniciativa y han expresado interés en fijar reglas claras a nivel nacional. Actualmente, el texto se encuentra en trámite en la Comisión Sexta del Senado, pendiente de su tercer debate, con ponencia del senador Guido Echeverri.

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Más allá de Colombia: entre tragedias y avances

El problema del transporte inseguro de animales de compañía no es exclusivo de Colombia. A nivel internacional, también se han registrado incidentes que han generado preocupación sobre las condiciones en que viajan perros y gatos, especialmente cuando son obligados a ir en bodegas no presurizadas o sometidos a situaciones de estrés extremo. Estos episodios han impulsado debates públicos y reformas en varios países.

Frente a esta problemática, algunos gobiernos y empresas han comenzado a implementar soluciones que priorizan el bienestar animal. En Estados Unidos, por ejemplo, comenzó a operar en 2024 Bark Air, una aerolínea diseñada exclusivamente para perros y sus tutores. Sus vuelos ofrecen cabinas acondicionadas, espacios amplios y servicios adaptados a las necesidades físicas y emocionales de los animales durante el viaje.

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En Europa también se han dado pasos significativos. Desde el 12 de mayo de 2025, Italia permite que perros de tamaño mediano y grande viajen en cabina junto a sus cuidadores, siempre que estén en transportines homologados y que el peso total no exceda el equivalente al de un pasajero adulto promedio. Esta medida busca garantizar un trato más humano a los animales sin comprometer la seguridad del vuelo.

Estas iniciativas demuestran que existen alternativas viables para garantizar condiciones seguras y dignas para quienes viajan con mascotas en el transporte público. También evidencian que la empatía puede traducirse en políticas concretas, incluso para aquellos animales que por su tamaño o raza han sido históricamente relegados a espacios concebidos para equipaje, no para seres vivos.

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Un cambio necesario y urgente

Según datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, alrededor del 67 % de los hogares colombianos conviven con al menos un animal de compañía, lo que equivale a cerca de 4,4 millones de familias.

Aunque existen algunas normas puntuales, Colombia aún carece de un marco legal coherente y sensible que regule el transporte de mascotas. Si bien alguna regulación existe, en la práctica las decisiones relacionadas con su vida frecuentemente recaen en personas que carecen de formación especializada, protocolos uniformes o criterios claros.

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El contraste es doloroso: como lo vivieron Gabriela y María Fernanda, basta una negativa en la puerta de un bus o un avión para convertir un viaje en una pérdida irreparable. Estas realidades dejan en evidencia que, mientras no se consolide una legislación más empática y estructurada, Colombia corre el riesgo de seguir rezagada en el bienestar real de sus animales de compañía.

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Por Mariana Álvarez Barrero

Periodista de la Universidad del Rosario. Apasionada por la agenda global, la literatura y la economía. Además, presentadora de Moneygamia, formato audiovisual de finanzas fáciles de El Espectador. malvarez@elespectador.com
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