Solamente en los barrios de Caracas se registraron 15 linchamientos y más de 60 intentos de ajusticiamiento durante 2008.
Hasta para un país de 28 millones de habitantes donde, según cifras oficiales del Ministerio del Interior y Justicia, en 2007 se cometieron 270.000 crímenes, de los que 13.170 fueron homicidios, tanto linchamiento por kilómetro cuadrado pone de bulto no sólo la falta de políticas preventivas del delito, sino —casi tan grave— la imposibilidad de los muy pobres de contar con una administración de justicia oportuna. Y el modo creciente en que toda la ciudadanía es víctima de la impunidad ambiente, expresión esta de una corrupción jamás vista en nuestra petronación populista.
La indefensión ante una desbordada criminalidad es quizá el rasgo más llamativo del actual proceso social y político venezolano. Va de la mano con otros dos agentes igualmente tóxicos para cualquier democracia: una inflación de más del 30%, la más elevada del continente, absolutamente inexplicable para las mayorías. Junto a la inflación cabalga el desabastecimiento, igualmente inexplicable luego de diez años de vacas gordísimas.
Vuelve y juega
Contra ese paisaje social, Hugo Chávez ha vuelto a hacer la pregunta sobre su reelección indefinida. Lo hace movido por la convicción, expresada sin falsa modestia, en las numerosas ocasiones en que ha dicho que sólo él puede gobernar a Venezuela en su tránsito hacia un “socialismo del siglo XXI”, del cual todos esperamos todavía una definición.
Ya en diciembre de 2007, cuando hacía parte de una derrotada propuesta de reforma constitucional, la pregunta lució impertinente a un crecido número de electores que la rechazaron, derrotando así la pretensión del presidente. Esta vez la pregunta “¿quieren que los siga gobernando hasta 2049?” se ha transmutado en una socarrona triquiñuela parlamentaria.
Al dejar la redacción de la pregunta en manos de una Asamblea Nacional que ha abdicado de todas sus potestades para el control y contención del Ejecutivo, Chávez quiso disfrazar su ambición personal con una pretendida ampliación de los derechos políticos de sus conciudadanos.
¿Qué propone la enmienda? Pocos medios extranjeros han reparado en lo farragoso de la pregunta. La copio más abajo y pido excusas por la extravagante puntuación de los legisladores venezolanos y, hacia el final de la pregunta, por el chirriante gerundio:
“¿Aprueba usted la enmienda de los artículos 160, 162, 174, 192 y 230 de la Constitución de la República tramitada por la Asamblea Nacional que amplía los derechos políticos del pueblo con el fin de permitir que cualquier ciudadano o ciudadana, en ejercicio de un cargo de elección popular, pueda ser sujeto de postulación como candidato o candidata para el mismo cargo por el tiempo establecido constitucionalmente dependiendo su posible elección exclusivamente del voto popular?”.
Los voceros gubernamentales desechan, sin más, el principio de alternabilidad como una martingala liberal-burguesa que impide que un hombre providencial nos gobierne sabiamente durante todo el tiempo que queramos.
La oposición señala que eso de “las ciudadanas y los ciudadanos” es un añadido demagógico que no alcanza a enmascarar el personalista designio de Chávez de perpetuarse en el poder pues, hasta hace pocas semanas y según el fraseo original de Chávez, la enmienda original sólo valía para la presidencia.
El porqué de la urgencia
Si bien a todas luces inconstitucional, la oposición venezolana no ha tenido más camino que hacer campaña por el “No” en tales condiciones de orfandad que la asemejan a la oposición bielorrusa.
La campaña ha sido desigual y en ella ha volcado Chávez toda el ventajismo, la capacidad de extorsión contra el funcionariado público, la desvergüenza en el uso de los recursos del Estado y el aliento que desde el gobierno se ha dado a los violentos grupos irregulares que tienen a cargo las acciones de intimidación.
Todo esto lo ha hecho de un modo que supera todo lo visto hasta ahora. Cuando se piensa que el Estado venezolano es el más grande empleador del país —casi el 70 % de la población económicamente activa—, es fácil darse cuenta de la desemejanza entre los adversarios.
Para los estudiantes venezolanos, principales activistas del “No”, es como si Evander Holyfield se subiese al ensogado con un chico de 12 años. Algo llamativo en este referéndum está en que, sea cual fuere el resultado, Chávez todavía tendrá cuatro años de gobierno por delante. ¿Por qué la prisa en asegurar su reelección?
La caída en picada de los precios del crudo hace prever que Chávez tendrá, forzosamente, que tomar ortodoxas y duras medidas si quiere que el dinero rinda a su plan continental de “socialismo del siglo XXI”.
Impopulares devaluaciones e impuestos asoman ya a un panorama económico en el que, más que nunca, Venezuela es un estado monoproductor que depende en un 90% de los ingresos petroleros. La capacidad importadora del país se verá fatalmente reducida. Sumado al acorralamiento del sector productivo privado, ello augura un grave desabastecimiento alimentario.
En el pasado reciente, Chávez no ha mostrado respeto alguno por los resultados electorales que le han sido adversos. Asimismo, ha hecho de cada elección un plebiscito en torno a su persona. De ganar el “Sí”, la oposición teme, con razón, que Chávez interprete esa victoria como un mandato para ir a toda máquina hacia un régimen decididamente dictatorial.
Con cuatro años todavía por delante para terminar su actual período gubernamental, el resultado del referéndum puede parecer irrelevante. Pero no hay duda de que una victoria del “No” supondría para Chávez el inicio de una crisis política en el seno de su coalición militar y civil, a propósito de la sucesión.
En círculos gubernamentales se habla con insistencia de que, ante una derrota, Chávez podría convocar una Asamblea Constituyente redactora de una nueva Carta Magna que contemple la reelección indefinida.
Con una oposición que al fin ha desechado el abstencionismo por inconducente y que, de imponerse, saldría moralizada y convencida del voto, ese escenario demencial no parece creíble. Lo que sí parece seguro es que tengamos más de lo mismo: arbitrariedad, “cadenas” televisivas, “Aló, Presidente”, criminalización de la protesta y acoso a los medios y a los periodistas independientes.
Y al día siguiente, sea que gane el “Sí” o que gane el “No”, las barriadas venezolanas seguirán siendo víctimas de la criminalidad y la inflación. Nada hace pensar que cesarán los linchamientos.
Qué es lo que votan este domingo los venezolanos
A partir de las 5:30 de la mañana y hasta las 6 de la tarde, 16,8 millones de venezolanos tendrán la oportunidad de escoger si quieren o no que los funcionarios en cargos de elección popular —incluido el Presidente— se puedan presentar a elecciones las veces que a bien tengan.
Aunque la Comisión Electoral determinó horas específicas de cierre, según fuentes oficiales, la votación se podría extender más allá de ese horario en las mesas en las que existan electores por sufragar. Se espera que la afluencia sea masiva.
En estos comicios serán usadas más de 12.000 máquinas denominadas “caza-huellas”, con que las autoridades buscan evitar que algún elector vote más de una vez.
El conteo de los votos se hará de forma automática. Se esperan las primeras tendencias oficiales cerca de la medianoche. Cerca de 140.000 militares están a cargo de la seguridad y la logística en el proceso.
* Escritor venezolano. Publica artículos en ‘The Washington Post’, ‘Foreign Policy’ y ‘El Nacional’, entre otros.