El azar o la necesidad hacen de Bolivia una caldera a presión, en la que supura un gravísimo enfrentamiento civil –aunque pocos osen hablar de guerra– entre el gobierno indigenista de La Paz y los rebeldes autonomistas de Santa Cruz y provincias limítrofes, Beni, Pando, Tarija y Chuquisaca.
El ideólogo peruano, José Carlos Mariátegui escribía en 1928 que los regionalismos de América Latina –los grandes derrotados en las guerras civiles del XIX– “eran la vaga expresión de un malestar”. Y hoy, casi un siglo más tarde, una convergencia de fenómenos, naturales o debidos a la mano del hombre, como la globalización que excita en los pueblos el ADN grupal, la aplastante victoria electoral en diciembre de 2005 de Evo Morales, líder del altiplano; y la petro-chequera del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, que financia florilegios bolivarianos y un socialismo aún por identificar, podrían haberse conjurado para convertir ese malestar en enfermedad casi terminal.
Por ese regionalismo en ebullición tanto como por la andanada indigenista del Gobierno central, sabemos que existen al menos dos Bolivias: la de Morales, aymara y quechua, los llamados “collas”; y la del autonomismo federalizante, donde una minoría criolla encuadra a otro mundo también indígena, pero de origen amazónico y guaranítico, el de los “cambas”.
El violento careo entre la capital y la provincia podría asimilarse vista desde Europa a una clásica pugna centro-periferia; o mejor, deberse a una incompatibilidad antropológica entre La Paz, dominada por el partido del presidente, el MAS (Movimiento al Socialismo), y Santa Cruz, donde el indígena vota, corea y desfila disciplinadamente, pero la gobernación no es por ello menos blanca e hispanizante; la cuestión de fondo tiene que ser, pese a todo, de plata, porque Bolivia se asienta sobre un pantanal de gas.
El nuevo gobierno nacionalizaba, así, la explotación del subsuelo el 1° de mayo de 2006, haciendo que los ingresos por ese concepto pasaran de US$600 millones anuales a más de US$2.500 en 2007, mientras proponía una Constitución aindiada, que no se equivocan quienes ven como revancha de 1492; y las provincias de la llamada Media Luna, porque dibujan esa figura en el mapa, se proclamaban a su vez por referendo en mayo y junio pasados ‘regiones autónomas’, enarbolando una reivindicación madre de todas las reivindicaciones: soberanía de uso sobre los recursos naturales, que abundan en Tarija y también están presentes en Santa Cruz y provincias rebeldes.
En este último departamento reside, sin embargo, la verdadera ‘masa crítica’ de la rebelión, su estado mayor intelectual, voceros, líderes dicen que carismáticos, demagogos como la voz que en la radio exhorta a diario a la separación, aunque cueste una guerra. Y entre todos, lo más parecido a un cabecilla civil, Branco Marinkovich, 41 años, emprendedor industrial de oleaginosas menores, hijo de padre croata y madre montenegrina, pero “bautizado católico, porque mi abuela paterna así lo quiso”.
El balcánico nacido en el oriente boliviano preside el comité cívico pro-Santa Cruz, que se elige desde los años 50 entre las fuerzas vivas ciudadanas como caja de resonancia política, grupo de presión, cuasi partido político, y está únicamente supeditado a una instancia superior, Rubén Costas, el gobernador, hombre de campo, respetado e impulsivo, pero de personalidad menos pergeñada que la de Marinkovich.
Las espadas, aunque quizá todavía sin mucho filo, están más que nunca en alto. El presidente amenaza con un referendo que acaba de retrasar al 25 de enero para que pueda aprobarlo el Congreso como es preceptivo, con el objeto de que la
Constitución entre inmediatamente en vigor. Un texto que especialistas han calificado de ”abigarramiento autonómico”, porque de tanto descentralizar comunidades indígenas, municipios, provincias, departamentos y regiones, el cruceño se malicia que no acabe por repuntar otro poder que el central.
Las partes juran que quieren negociar, pero sus declaraciones cavan abismos en derredor. Ha habido ya forcejeos y algún derramamiento, más que nada accidental, de sangre. El autonomismo bloquea carreteras para desabastecer medio país, el poder envía tropas para custodiar puntos neurálgicos, mientras paceños y cruceños se miran malencarados, esperando que el primero en pestañear sea el otro.
Marinkovich avisa que si no hay acuerdo “para comienzos de 2009, la alternativa será peor”. ¿Peor quiere decir que puede haber guerra? Para eso hacen falta recursos que ni el Ejército Nacional posee; surtido, dicen algunos, de apenas dos cartuchos por arma. “No, no habrá guerra, pero será el caos”. Y el líder cruceño repite con la firme placidez: “Soy boliviano y creo en mi país”.
Evo Morales mantiene una calma entrecortada; en sus discursos apenas alza la voz; y en un español sin convicción, pese a ser el único idioma que habla, exige una solución exclusivamente boliviana al problema. Y entre tanto, como su alma máter de Caracas, el ex teniente coronel golpista, fustiga al ”imperialismo”. La cara de este último en La Paz era un embajador de carrera, Philip Goldberg, que suena mucho más a demócrata que a republicano; estuvo destacado en Bogotá (1989-91) con mucha guerrilla en la línea del horizonte, y a fin de siglo, hasta en Kosovo.
El diplomático visitó Santa Cruz para pulsar el ambiente, pero Morales calificó sus entrevistas con Costas y Marinkovich de complot y como el Dante “en medio del camino de nuestra vida”, juzgó la situación intratable y ordenó su salida del país.
“Sólo Lula”, le dice al periodista, el saliente embajador, “podría mediar entre La Paz y Santa Cruz”; porque el presidente brasileño es el único líder fuera de la familia chavista con autoridad ante Evo, y, por añadidura, su país es el comprador natural del gas boliviano. Pero Luiz Inácio Lula da Silva no parece dispuesto a actuar si no se lo piden.
Marinkovich despotrica, pero siempre con gran serenidad de verbo, del “Estado cocalero” que dirige Evo Morales, recientemente reelegido presidente de la asociación de cultivadores de coca, lo que el líder cruceño califica de groseramente incompatible con el desempeño de la primera magistratura. “No es verdad que la pugna sea entre indigenismo y criollismo, sino entre ansia de poder y democracia.
Los únicos indigenistas de verdad somos nosotros, que hemos dado el derecho de veto sobre cualquier ley en la asamblea departamental –de inminente e ilegal convocatoria– a los representantes de las cinco naciones camba”. ¿Y qué quiere decir Marinkovich cuando invoca el caos? “Medición de fuerzas”, responde con todos los ambages.
Otros más belicosos dicen que hay 140.000 armas de fuego en Santa Cruz, frente a 2.000 policías y otros tantos militares, que se diría que sólo aspiran a permanecer al margen de la batahola. “Somos apolíticos”, ha dicho el jefe de la fuerza pública, al llegar hace unas semanas a la ciudad.
Un traspié, un accidente, un pestañeo de más o de menos, pueden provocar el deslizamiento hacia ese caos que para el balcánico camba es heraldo y compendio de la catástrofe, y aventaría furores del famoso choque de civilizaciones. Pero el presidente del comité se sabe razonable y está convencido cuando dice: “El mundo tiene que entender que Bolivia no es sólo el altiplano; y que nosotros somos otra realidad”.
Columnista de ‘El País’, de España
La relación Evo-Chávez
La cercanía entre el mandatario venezolano, Hugo Chávez, y Evo Morales, se conoció en la época en que el actual mandatario boliviano era el líder cocalero. Entonces, según periodistas bolivianos, los dos hicieron lazos de amistad. Algunos dicen, incluso, que Chávez financiaba a los cocaleros del Chapare, la región del Altiplano en la que hay grandes cultivos de coca y cuyas revueltas pusieron a tambalear a varios gobiernos. Cuando Evo se postuló a la Presidencia del país, en el 2005, fue Hugo Chávez quien lo financió. Desde entonces, los dos presidentes han sido inseparables. Cuando Chávez necesita apoyo el boliviano lo respalda y como vimos esta semana el venezolano también es respaldo incondicional del indígena. Opositores afirman que el dinero del petróleo venezolano corre a chorros por el Altiplano.
El conflicto entre Bolivia y E.U.
El malestar entre Washington y La Paz comenzó desde el primer día del gobierno de Evo Morales, quien se posesionó el 22 de enero de 2006. Sin embargo, la gota que rebosó la copa de Morales fue una reunión que Philip Goldbert —el embajador de Estados Unidos en La Paz hasta el jueves de esta semana— se reuniera con los gobernadores de las provincias opositoras de Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando, desde donde, según el gobierno, se han fraguado complots en su contra.
Justo un día después de esta reunión, en estas regiones estalló un conflicto que ya deja varios muertos. Opositores se enfrentaron con aliados de Evo y estalló una escalada de violencia.
Aunque el representante de Estados Unidos, que valga la pena decir es el diplomático con más llamadas de atención y sanciones por parte de la Cancillería boliviana, asegura que las reuniones eran públicas, Morales lo acusó de conspirador y ordenó su expulsión. Estados Unidos hizo lo propio con el boliviano Gustavo Guzmán.
La intromisión venezolana
La relación entre Venezuela y Estados Unidos entró en uno de los momentos más delicados tras la decisión que tomó el presidente Hugo Chávez de expulsar al embajador estadounidense en solidaridad con el gobierno aliado de Bolivia, que tomó una medida similar. E.U. respondió de igual manera al expulsar al embajador venezolano.
Chávez ha mantenido durante nueve años de gobierno tirantes relaciones con Washington, en los que se vivieron momentos álgidos a raíz del fallido golpe de 2002 cuando el mandatario acusó a la administración de George W. Bush de apoyar la intentona y luego en febrero de 2006 cuando ambos países expulsaron a funcionarios de sus embajadas por un caso de espionaje que denunció Venezuela.
Esta semana la tensión había vuelto a subir: Chávez acusó a la Casa Blanca de estar detrás de una supuesta conspiración para asesinarlo, anunció la llegada de unos aviones rusos y redujo los vuelos comerciales estadounidenses. Ahora la crisis está al rojo vivo.