Las personas devotas a los libros saben que hay algo especial en ir una librería o biblioteca. Es algo que supera el fetiche por el impreso. Comprar un libro por internet o en la librería son actos radicalmente diferentes. Detalles, gestos y tradiciones hacen que la experiencia en un salón repleto de textos se acerque más al ritual que al frío acto mercantil de ordenar un producto por medio de una computadora.
Por azares del dios Tláloc o Bochica, la situación del COVID-19 la he jugado de visitante. Por cuestiones académicas vivo desde hace algunos meses en Guadalajara. Ahora estoy sin posibilidad de ir a algún otro lugar, mucho menos a Bogotá, la ciudad donde nací. De acuerdo con el consulado mi nombre está en una larga lista de personas esperando a ser repatriadas. Eso en la práctica significa que todas las cosas del mundo de las que dispongo están contenidas en dos maletas negras: una con ropa, otra con libros y tres bustos que compré en algún mercado. Y ya, no más, no mucho más. Le puede interesar: Colombianos varados en México se quejan por falta de ayuda de Cancillería
Vivo solo en un hotel cerca del centro de la ciudad, por la Americana. Me ha gustado mucho vivir de esta manera. A veces pienso que podría vivir así siempre, con la simpleza de ser un anónimo del que se desconoce casi todo. Se podría decir que llevo una vida moderada, sin embargo, hace algunos días se me apareció un extraño ser.
Debido a la pandemia desde hace meses no he podido vivir la sensación de estar en un salón repleto de libros. Todas las bibliotecas y librerías de la ciudad están cerradas. Tampoco hay oferta cultural a la cual acudir. Los libros de los que dispongo son alguna veintena que uso para trabajar y algunos de literatura (algo de Sontag, Borges y Arango). Solo una pequeña y reducida biblioteca de viajero.
Creo que al inicio solo era un instinto obsceno y oculto. La primera vez que se manifestó fue enfrente de la librería “El desván de Don Quijote”, sobre la calle Manuel López Cotilla cerca del templo del Expiatorio. La vi cerrada y sentí un impulso ciego por estar ahí adentro, sólo un par de minutos. Con algo de estoicismo y resignación me consolaba pensando que no entrar era lo mejor para controlar al monstruo. Una noche deliré creyendo que el mundo era un lugar bueno porque la gente no vendía libros en físico. Sin embargo, cuando salía por agua, hielo, frutas, cerveza, pan, tortillas o aire y volvía a estar parado frente a la librería la oscura pregunta regresaba: ¿y si pudiera estar allí? Sólo un par de minutos. Llevaría, tapabocas, alcohol en aerosol, gel, incienso (la biblia y el Corán -al tiempo- si era necesario) para desinfectarme a mí mismo y no tocaría nada.
Luego de muchos días de infranqueable encierro, una tarde pasé y vi a media asta la persiana que usa como puerta el librero. Allí volví a ver un montón de libros juntos y cerca a ellos un letrero impenetrable indicando: cerrado. Me quedé observando el lugar por algunos segundos y salió el vendedor, le pregunté si podía entrar un momento. Se me hizo ridículo explicarle que quería estar adentro por el hecho simple de estar ahí, rodeado de libros. Es más, es probable que no quisiera comprar. Torpemente improvisé que buscaba un material que tal vez él tenía. Le prometí limpiarme las manos y solo tocar lo estrictamente necesario. El hombre aceptó. Era un funcionario, no le importaba si yo compraba o no, es probable que sólo me haya dejado entrar porque no se le ocurrió en el instante un argumento suficiente para impedirlo.
Como era un salón de libros usados tuve mucha precaución de no tocar casi nada. Sólo quería estar ahí, mirando. Luego de pasar el ojo lentamente por un par de estantes, de repente, como entre la oscuridad, resplandeció un texto de Roland Barthes Variaciones sobre la literatura editado por Paidós. Una compilación de ensayos sobre la literatura francesa. Sentí algo similar a lo que debe experimentar un pescador cuando encuentra una perla en el mar. O lo que debe descubrir cualquier lengua al entrar en contacto por primera vez con el chocolate. Evidentemente no estaba preparado para ese evento. Recordé aquellas remotas tardes en que comprar libros era un acto tan común como bendecir la tierra. Vea también: ¿México está ocultando las cifras de muertos por COVID-19?
El precio de un texto en una librería de segunda mano no está dado. Es un dogma cuasi mundial pensar que un libro o revista baja su precio una vez que es leído. Quizás una poco clara y vieja idea nos hace pensar que la palabra leída o imaginada pierde valor. Además, no hay una regla definitiva para determinar cuánto se devalúa en el mercado una obra a la que le cayeron tres chispas de chocolate en la página 62 o cuánto se debe pagar de menos (o más) si el ejemplar trae unas palabras de amor en la primera página, huella indeleble de un acto profundo de afecto: regalar un libro.
La novedad de los hechos me llevó de ser un romántico del impreso a un maldito mezquino comprador de historias en papel, jugando el infame juego de la oferta y la demanda. Pensé que era probable que el hombre no supiera el valor de ese texto y que tal vez no conocía la editorial. Tal vez sí lo sabía, pero existía la posibilidad de que no y yo no estaba ahí para recordárselo. Como el hombre me observaba, tomé otro material al azar simplemente para ocultar mi profundo interés por los ensayos de Barthes. Mi mano agarró un folletín breve con una selección de poemas de Rafael Cadenas, autor ganador de un premio de literatura en la Feria del Libro de Guadalajara del 2009. Lo tomé con la absoluta certeza de que no iba a pagar un peso por él, principalmente porque no conocía al autor. Tal vez desorientado por los nervios y la sorpresa, se me ocurrió la ridícula idea de que al llevar dos libros el asistente de librero no sabría diferenciar y haría un descuento. Lea también: Carta abierta de las librerías por coronavirus
Me acerqué a la caja, le pregunté por el precio de cada uno por separado. Me dijo que el de poemas 50 y el de ensayos 150 pesos. Firme a la idea de que siempre es posible negociar un poco con los libros leídos le dije que en ese caso el que me interesaba era el de Barthes y que si lo podía dejar en 130 pesos. Aceptó. Iba a pagar, no llevaba efectivo. Le pregunté si aceptaba pagos con tarjeta. Dijo que ahora estaba fallando el sistema. Que si quería regresara en un par de semanas cuando ya abrieran normalmente. Le pregunté si ante tales circunstancias podía llevarme el libro y pagarlo luego, dijo que no era su negocio… entonces, ahí estaba yo, en la única librería abierta de la ciudad con la imposibilidad de llevar a buen término el trato.
En medio del silencio que aconteció, ya me disponía a alejarme del lugar con el corazón en los huesos. El hombre, como adivinando mi profundo deseo de tener un libro, cualquier libro, me regaló el poemario de Rafael Cadenas. Entonces comprendí que no estaba ante un librero sino ante un santo, el cual me develó la poesía precisa y rebelde de Cadenas. Un texto que estoy seguro jamás hubiera comprado pero que él, mi santo en turno, en su absoluta sabiduría me entregó para recordarme que la poesía venezolana no lleva menos verdad que el ensayo francés. Sentí vergüenza de haberle pedido descuento a un ser celestial. Todo mi ateísmo en ese instante tembló súbitamente, yo que iba a saber que el mesías ahora trabaja como asistente de librero en Jalisco. Me despedí, regresé al hotel y comencé a escribir.
*Julián Eduardo Santos
Guadalajara, mayo 2020.
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