Estar en su octavo mes de embarazo importó poco. A María Victoria Herrera le sobraban ánimos para salir de su casa, en el tradicional barrio de Chacarita, en Buenos Aires (Argentina), para votar por primera vez. Hacía diez años que no se votaba en este país. Era la oportunidad para cambiar la época de terror que había traído la dictadura. Por eso hoy, conmemorar 25 años del regreso de la democracia, es motivo de orgullo para los argentinos.
Terminaba octubre de 1983 y a lo largo y ancho del país las reuniones y marchas eran el pan de cada día. La matanza de ciudadanos, la guerra en Malvinas, la crisis económica, la censura, las pocas libertades que había, crearon un ambiente general de rechazo que sirvió para que la población se pronunciara y diera fin al proceso militar.
Hace 25 años, un 29 de octubre, se levantaba el estado de sitio vigente desde noviembre de 1974 y al día siguiente varios millones de argentinos estrenaban sus documentos de identidad y recibían con orgullo el sello que certificaba la votación. Por primera vez, tenían la posibilidad de elegir a quien los gobernaría. Como María Victoria, quien tendría a su hijo, pocas semanas después. “Fue hijo de la democracia”, dice hoy, orgullosa. Cerca de seis millones de personas salieron a la calle para ejercer su derecho. Un derecho que les había sido negado desde hacía diez años, cuando los militares habían decidido “guardar las urnas”, como lo mencionara en 1981, el presidente argentino, general Leopoldo Galtieri.
La democracia era una ilusión. “Con la democracia se come, se cura, se educa”, había dicho durante su candidatura Raúl
Alfonsín, quien resultó ganador en esas históricas elecciones.
En ese entonces, sólo unos pocos tenían conciencia de la magnitud del daño de la dictadura. “Su herencia había sido catastrófica. Había devastación de vidas y bienes: miles de desaparecidos, robo de sus bebés, miles de presos políticos y miles de exiliados. Además, la dictadura había dejado una herencia económica mortal: 29 millones de habitantes con más de 45 mil millones de dólares de deuda externa, y una inflación agobiante que no se detendría”, explica el historiador argentino Felipe Pigna.
Hoy, con 81 años, Alfonsín considera que en los comicios que lo llevaron al poder los argentinos cumplieron con su deber. El deber de “nunca más permitir que un pequeño grupo de iluminados, con o sin uniforme, se erigiera en salvador de la patria, pretendiera mandarnos y que lo obedeciéramos con los ojos cerrados”, dijo.
Sin embargo, los cinco lustros que han pasado desde entonces, no han bastado para cicatrizar las heridas del pasado en Argentina, pero sí para honrar parcialmente la deuda contraída con las víctimas del terrorismo de Estado que asoló al país de 1976 a 1983. Durante su mandato, Alfonsín trató de impulsar las bases de una democracia incipiente y logró sentar en el banquillo a varios de los máximos responsables de la dictadura. A pesar de eso, Alfonsín es criticado también por adoptar polémicas decisiones, forzado por presiones militares, como las Leyes de Obediencia Debida y de Punto Final, que libraron de responsabilidad a acusados de violaciones de los derechos humanos.
Más allá de los aciertos o los errores, lo que la gente destaca es la importancia histórica de decirle no al régimen militar. Por ello, esa noche del 30 de octubre, millares de jóvenes salieron a las calles. Libres, sin temor a la represión, unían sus voces al coro de “Se irán y no volverán”.