Henrique Capriles Radonski encarna una renovación política en Venezuela sin precedentes. Con 39 años, delgadísimo, hiperquinético, los ojos hundidos, recorre el país como una fuerza poseída por una misión predestinada. Ser el presidente más joven de toda la historia y cambiar un país que quiere dejar atrás el caos y el atraso para recuperar la senda del progreso. Nació bajo el signo de Cáncer y cada vez que puede repasa un episodio distinto de la historia venezolana, como quien hace calistenia.
Vive solo en un apartamento que construyó su abuelo en una urbanización acomodada de Caracas, Las Mercedes. Añora la comida caliente de su madre, pero ahora sabe que le toca un tren de vida sin descanso, implacable. De noche llega agotado y come lo que puede cuando no se duerme de inmediato. Desde los once años observa la política venezolana como un escenario privilegiado para el que pareciera haber nacido. Su familia siempre pensó que esa obsesión se le pasaría al crecer.
Le gusta tocar las puertas de las casas populares en los parajes más remotos de Venezuela y poner el oído para que la gente hable. Allí nadie le pregunta por la enfermedad de Chávez, por su paradero, por quién lo sustituirá en el poder. “Lo que ocurre es que el esfuerzo comunicacional por mantener el tema en el tapete es enorme”. Pero sabe que esa repetición insistente comienza a agotar a los venezolanos.
Su historia personal entraña un punto de quiebre. El 11 de mayo de 2004, funcionarios de la Dirección de Servicios de Inteligencia y Prevención del Delito (Disip se llamaba entonces) lo detuvieron cuando era alcalde de Baruta, municipio caraqueño. Le imputaron seis delitos, relacionados con unos hechos ocurridos en la Embajada de Cuba en Venezuela en los días de abril de 2002, en que el presidente Hugo Chávez fue apartado del poder por un golpe de Estado. Pasó 119 días en prisión.
Henrique Capriles Radonski agarra una lata de Coca Cola light con una mano, empina un trago y sonríe. “Los problemas de Venezuela no se fueron a Cuba, siguen aquí. La realidad en la calle es otra: la gente tiene que salir a trabajar, tiene que comer. Si la vivienda se está cayendo, ¿debe ver quién se la arregla?”. No se considera un hombre malagradecido y sueña con un país donde todo el mundo sea igual ante la ley.
Nunca quiso vivir en la casa oficial del gobernador del estado Miranda, cargo que ostenta en la actualidad, a la vez que es candidato para las próximas elecciones presidenciales. “Los símbolos del poder son temporales, transitorios”. Miranda es uno de los estados más complejos de Venezuela: conviven muchos ciudadanos de diferentes estratos sociales y sin duda administrar esa diversidad de problemas entrena a cualquier político para llegar a la Presidencia de la República.
Aunque las adversidades le han pisado los talones a este joven político que nació con buena estrella, pareciera faltarle algo de escepticismo. Una pizca de sentido común que equilibre el éxito que rodea su figura. Hace falta para mirar hacia adelante y entender que los problemas que tiene en el horizonte no son sencillos. Primero para ganar las elecciones. Y después para sobrevivir si logra vencer a Hugo Chávez, en un país descuadernado, sin institucionalidad, donde mucha gente se acostumbró a vivir sin ley, por su cuenta y riesgo. Lo que viene no es fácil, aun en el mejor de los escenarios.
¿Quiere que Chávez se cure del cáncer?
Ciento por ciento. Para derrotarlo. Soy de los que creen que quien desea mal, eso se le devuelve. No le deseo la muerte a Hugo Chávez. Para mí es importante que él cierre un ciclo. Y para la región. Es importante que el presidente vea cómo otra persona muy diferente a él puede gobernar Venezuela. Pero más allá de ese pensamiento —que puede tener una cuestión medio echona (pretenciosa), ¿no?— es fundamental para la región que Chávez pierda la reelección. Deben acabar esos ejercicios de poder indefinidos. Para la democracia de la región, es muy importante que Chávez pierda la reelección. Será una lección para América Latina.
¿Llegó a imaginar, cuando lo metieron preso, que se enfrentaría a su adversario actual?
No, mentiría si dijera lo contrario. En la cárcel uno piensa en otras cosas. Uno vence la cárcel el primer día y después pelea minuto tras minuto para no quebrarse.
¿Se hizo amigo de los presos que compartían las celdas del Helicoide?
Sí. Con algunos tengo contacto todavía. Por ejemplo, Pablito. Trabaja en una línea de taxi en Baruta. Nos dimos un abrazo cuando nos reencontramos. Uno nunca olvida a la gente con la que compartió la cárcel. Jamás.
¿Piensa mucho en los 119 días que estuvo preso?
Prefiero soñar con un poder judicial que le sirva a la gente. Me gusta más la idea de que todos seamos iguales ante la ley. Aunque nunca olvido que me condujeron a la cárcel esposado, como si fuera King Kong, con medidas extremas de seguridad. Un show bien montado. Algunos quieren destruir lo que más temen.
Chávez llegó al poder diciendo que quería acabar con las mafias en el sistema de justicia venezolano…
El proyecto de Chávez era su proyecto, no el proyecto del país. Chávez quiere el país que él quiere, no el que los venezolanos aspiran. De repente para Chávez el poder judicial funciona porque le obedecen. Para mí el poder judicial funcionará el día en que todos seamos iguales ante la ley: que no necesites padrinos, que no tengas que pagar. En las cárceles venezolanas tienes que pagar por todo.
El presidente Hugo Chávez también estuvo en la cárcel. ¿Su prisión fue igual a la suya y la de miles de venezolanos?
Para nada. Hugo Chávez recibía visita todos los días en Yare. Un preso común, si tiene suerte, recibe visita dos veces a la semana. Por ahí circula la carta que Chávez le envió al fiscal general de la República de aquel momento, Ramón Escovar Salom, en donde solicita varios privilegios.
¿Pensó que se volvería loco en la cárcel?
Me rapé la cabeza, el calor que hacía allí era impresionante, andaba todo el día en pantalón corto. Y me empecé a dejar la barba: era una forma de expresar la impotencia ante la injusticia desde el cuerpo, porque además sabía que no iba a poder hablar nunca. Quería que mi rostro mostrara mi protesta. Un día estaba jugando dominó y se acercó uno de los funcionarios y me dijo: “Henrique, mira esta foto”. La observé y pregunté que quién era. Entonces aquel funcionario insistió. “Mírala bien”. No sabía quién era. Pues era yo, el día que entré en la cárcel, cuando me tomaron la foto con el cartel, la típica imagen del preso. No me reconocí. Algún día espero recuperar esa foto, si Dios quiere, a lo mejor cuando llegue a Miraflores.
¿Cómo se salvó?
Afiancé lo religioso. Te tienes que agarrar de algo, porque si no, te meten en el hoyo.
¿De qué manera es religioso Henrique Capriles Radonski?
Pienso en Dios todo el tiempo. Me agarré a la Virgen, soy devoto de la Virgen del Valle. Soy mariano, creo mucho en la Virgen, pero la Virgen del Valle fue una luz que me acompañó todos los días que estuve preso. Además, hice un santuario en la celda, un altar ante el que los funcionarios que siempre estaban ahí, los policías, se persignaban. Tenía dos vírgenes: la Virgen del Valle y la Rosa Mística. Había mucha energía.
Resulta paradójico que siendo usted tan religioso deba enfrentarse a alguien que se agarra de la compasión para luchar.
La compasión no es para tener poder. Ahí nos distanciamos. Mientras más poder he tenido, siempre le digo a mi gente, más humildes, sencillos, accesibles tenemos que ser.
¿Por eso no quiere confrontar los insultos del chavismo?
La gente cree que es una estrategia de mis asesores. No es así. Es lo que siento, es mi forma de ser. No doy un golpe físico, un puño, desde que estuve en sexto grado en el colegio. ¡Desde hace 32 años no le doy un manotazo a alguien! Eso no quiere decir que no tenga fuerza, que no tenga firmeza. ¡Claro que la tengo! Para las causas justas. ¡A mí no me eligieron para pelear con nadie! A Chávez no lo eligieron para pelear con nadie, pero ese es su estilo. Mi camino es la búsqueda de soluciones.
Es una lástima que el presidente Chávez no haya sabido convertir la rabia que lo consume en una fuerza positiva.
No pudo. No logró producir el salto que dio Nelson Mandela. Ese hombre sí se reinventó.
Pero junto a Juan Manuel Santos lograron restablecer las relaciones entre Colombia y Venezuela. Dejaron atrás la confrontación.
Conocí a Juan Manuel Santos cuando yo estaba en el Congreso y él era presidente del Partido de la U. Pienso que su gobierno ha sido muy pragmático. El presidente Santos entendió que para tener éxito debía apagar los fuegos con el gobierno venezolano. Hay gente que lo critica desde Venezuela, hay otros que lo critican desde Colombia. Pero hizo lo que tenía que hacer.
¿Pero apagar el fuego con Venezuela no implica que no se reúna con todas las fuerzas políticas del país?
Sería un error excluirnos. Aquí hay una probabilidad de que yo sea presidente de Venezuela. La polarización a la que quiere llevar Chávez al país no tiene por qué trasladarse a Colombia. El presidente Santos perfectamente se puede reunir con el jefe de Estado y con el líder de otra alternativa para Venezuela.
Hay gente que piensa que usted ha tenido mucha suerte…
No sé si la suerte existe. Esas son cosas etéreas. La suerte suena como el azar. Diría que uno se encuentra a veces a la hora y en el sitio adecuados. Por alguna razón Dios me puso aquí.
¿Existe alguna posibilidad de que no haya elecciones en Venezuela el 7 de octubre de 2012? Los brotes de violencia como el ataque que sufrió en Cotiza se encuentran a la orden del día. O por cualquier otro desafuero de la realidad venezolana.
El venezolano tiene grabado en la cabeza que el 7 de octubre de 2012 habrá elecciones en el país. Borrar esa fecha sería una irresponsabilidad en la que no quiero pensar.