Todo comenzó el 25 de julio de 2007, cuando las autoridades llegaron a la casa de Juan Gómez en Miami. Se lo llevaron a él y a su familia —papá, mamá y un hermano— para el Centro de Transición del Condado de Broward, en la Florida, de donde serían deportados hacia Colombia.
Diecisiete años antes, cuando Juan tenía 2, habían llegado a Nueva York, procedentes de Pereira, con visas de turistas. Tras vencerse su permiso de estadía en Estados Unidos, se instalaron en un modesto barrio de Miami y se quedaron. Los padres, Liliana y Julio, comenzaron a trabajar. Ella, arreglando habitaciones en un hotel y él, como vigilante. Hasta que un día les llegó la orden inamovible de abandonar el país. Los Gómez la ignoraron y continuaron como los doce millones de ilegales que, se calcula, viven en EE.UU. Pero cuatro años después, llegaron por ellos. A pesar de una fuerte campaña a su favor, nada pudo frenar la deportación de los padres y el 30 de octubre pasado regresaron a Pereira. Ahora el fantasma del regreso le pisa los talones a Álex y Juan.
Estos dos jóvenes se convirtieron en la personificación de los millones de jóvenes y niños que viven condiciones similares: excelente estudiantes con grandes oportunidades, pero ilegales.
Sus esperanzas están por lo pronto en el Senado, en donde esperan se apruebe una ley que beneficie a los inmigrantes. Por ahora, Juan estudia finanzas en la Universidad de Georgetown. Álex sigue en Miami, trabajando.