Mi historia comienza en Berlín el 23 de junio de 2012, cuando un buen amigo y yo nos disponemos a volar a Rumania para realizar la grabación de un workshop con el tema la “Paz”, organizado por la Unión Europea. Son las seis y media de la mañana, despegamos con destino Viena, donde nos espera el siguiente avión a Bucarest. Llegamos al aeropuerto de la capital austríaca y atravesamos sin problemas el control policial, donde nos sellan en nuestros pasaportes el ingreso al país. Todo se desarrolla con tranquilidad, hasta el momento de abordar el siguiente avión. A pocos metros de la entrada, el sujeto encargado de revisar los documentos de los pasajeros me pide el favor de colocarme a un lado de la fila. Tras verificar de nuevo mis papeles, me comunica que aquellos ciudadanos no europeos y con una Visa Schengen de validez menor a cinco años no son aceptados en el país. Yo, sin embargo, me había documentado previamente, obteniendo por parte de la embajada rumana en Colombia, mi país de origen, la información correspondiente a estadías cortas, como es nuestro caso, que cito a continuación:
Después de discutir largamente con el personal no consigo abordar el avión. Mi compañero y yo decidimos intentar nuestra suerte por tierra, contrastando nuevamente la información proporcionada por la embajada.
Alquilamos un coche y nos ponemos en marcha. Tras ocho horas de viaje llegamos a la frontera húngaro-rumana y sacamos nuestros documentos a la espera de la revisión de los agentes fronterizos. Pasados veinte minutos realizan un chequeo rutinario y nos dicen que podremos proseguir nuestro viaje una vez sellados nuestros documentos, lo cual demorará tan sólo cinco minutos. Tres horas más tarde seguimos, sin embargo, a la espera. De repente sale un agente con mi pasaporte y una carta de la Oficina de Extranjería de Berlín que validaba mi Visa Schengen, realizada en Alemania. El policía afirma que el documento no es válido y que bien podría tratarse de una falsificación.
El 29 de mayo de 2012 extendí mi visa hasta el 9 de abril de 2014. Debido a que Alemania se encuentra en fase de sustituir la Visa por un nuevo ‘Elektronischen Aufenhaltiteln’, un título de residencia electrónico, recibí esta carta. Esta nueva medida del gobierno alemán significa tan sólo que de ahora en adelante las personas con visado obtendrán una tarjeta plástica en cambio de la habitual visa que se adhiere al pasaporte. El 17 de Julio de 2012 tengo una cita para recibir esta tarjeta, fecha hasta la cual mi visado anterior tiene vigencia, mostrando la carta acompañada por el pasaporte. Cito:
Sie Haben am 29.05.2012 die Ausstellung eines elektronischen Aufenthaltitels auf der Grundlage des # 16 abs. 1 AufenthG gültg bis 09.04.2014 beantragt, den ich bei der Bundesdruckerei bestell habe. Diese Schreiben gilt als Bestätigung ihres erlaubten Aufenthaltes und ist bis 17.07.2012 gültig. Der bisherige Aufenthalstitel mit den verfügten Nebenbestimmungen inklusive der Verfügungen zur Erwerbstätigkeit gilt bis zum genannten Datum fort.
El agente nos pide acompañarlo junto a su jefe y nos lleva a un cuarto donde se puede apreciar una celda. Un oficial hace presencia y nos informa que las autoridades húngaras han mandado un reporte a la policía alemana y que ahora se encuentran a la espera de respuesta, la cual, según su parecer, podría demorar bastante. Esta noche de sábado tendré que dormir por primera vez en mi vida en una celda no cerrada y con posibilidad de llamar a instituciones en el exterior que puedan agilizar las diligencias. Mi amigo duerme esta noche en el auto. Ante mi asombro, debido al cambio de turno en algún momento de la madrugada, un guardia cierra mi celda por primera vez. Me hace levantar y ordena que me quite el cinturón, los cordones y un collar de coco que, desde que lo había obtenido a los diecinueve años en la India, siempre me acompañaba, y que con dificultad y tras hablar con otro agente, logro mantener conmigo.
Son las diez de la mañana. Uno de los agentes se acerca a mi celda y me notifica la negativa de la respuesta de la policía alemana. Como han constatado que en mi pasaporte hay un sello válido austríaco, me llevarán a la frontera austro-húngara, desde la cual la policía fronteriza se hará cargo de mí y de mi regreso a Alemania. Según el policía, el procedimiento a seguir es mi arresto inmediato y sumisión a una casa situada a unos treinta kilómetros de la frontera, donde tengo que permanecer hasta que llegue la respuesta del gobierno austríaco.
Mi compañero de viaje, muy desconcertado, logra contactar en la tarde de este domingo con una trabajadora de la embajada alemana en Budapest, quien amablemente se dirige a las instalaciones de esta institución para poder estudiar mi caso. Tras recibir mis papeles vía fax, redacta un documento que valida mi carta y sugiere a la oficinas húngaras mi puesta en libertad. Aclara que, no obstante, esta decisión recae en los mismos policías y que, en el caso de proseguir con mi arresto, deberé esperar hasta el lunes en la mañana la confirmación, por parte de la oficina de extranjería encargada de mi caso, la validez de mi estancia en Hungría.
Los agentes optan por el arresto y me acompañan al cuarto de conferencias de la estación, donde una fila de documentos situados a lo largo de toda una mesa de dos metros espera mi firma. Como todos ellos están escritos en húngaro y el traductor de turno no me aclara la totalidad de sus contenidos, me opongo a firmar. El capitán llama entonces a dos agentes, que firman como testigos de mi decisión. Aquí es donde mi compañero y yo nos separamos. Él prosigue su viaje a Rumania para realizar la tarea que nos llevó a emprender el viaje, y yo soy esposado y dirigido a Nyibàtor, pueblo cercano a la frontera húngaro-rumana que alberga una de las cárceles para migrantes con cifras más alarmantes de denuncias por infracciones de los derechos humanos.
Desde lo lejos me asombro de la blancura de la fachada, muy bien cuidada, similar a la de una escuela, de un edificio que bien podría haber sido sacado de un cuento de hadas. Cercanos al lugar, la mirada perdida de los prisioneros a través de ventanas con rejas me anuncia que la realidad es otra. El interior del recinto resulta ser lo opuesto al exterior. Me dirigen a un cuarto donde un hombre con guantes de plástico espera para revisarme a mí y mis pertenencias. Confiscan varios de mis objetos más valiosos, como tarjetas del banco, documentos de identificación colombianos, dinero, el teléfono celular, al igual que los cordones, el cinturón y una cadena de plata regalo de mi padre, sin olvidar mi pasaporte con la carta de la oficina de extranjería y mis copias de los documentos que me habían dado en la estación fronteriza. Depositan todos ellos, a excepción de estas copias, en una caja negra de metal con la inscripción 212 y me entregan una llave. Después de recibir una manta, un rollo de papel higiénico y un trozo de jabón, me acompañan a una celda en el ala occidental del edificio.
Las paredes de la habitación están cubiertas de mensajes alusivos al gobierno húngaro, dibujos de mezquitas y algún calendario con las clásicas equis que tan bien conocemos por las películas de ficción. En la habitación hay dos camas, una con sábanas y otra con una espuma amarilla que juega el papel de colchón. Tomo una ducha en el baño de la celda y me recuesto en la cama ya preparada. Noto entonces la presencia de algo bajo el colchón. Encuentro escondida una bolsa plástica llena de trozos de pan viejo y muchas cartas, dándome cuenta de que no estoy solo en la celda. Minutos después me llevan a una revisión con el doctor del recinto, quien me toma el pulso y certifica mi buen estado físico. A la vuelta le pregunto al guardia por mi compañero de celda. Sin responderme, toma las sábanas, encontrando la bolsa y depositándola en la basura. Entonces aplaude una vez fuertemente y me dice sólo “Pakistán”. Había sido deportado hacía dos días.
Nos dirigimos con mis pertenencias a un pasillo donde nos cruzamos con otras personas y comprendo que la otra no era más que una celda provisoria. Estamos en el primer piso del ala oriental del complejo, cuando veo por primera vez la celda 003, en la cual voy a pasar las siguientes dos noches. Elvis y Michel, el primero, nigeriano, y el segundo, mozambiqueño, me reciben de la mejor manera posible y me ofrecen una botella de agua y una toalla. Elvis, diplomado en Ingeniería de Sonido por la Sound Academy de Carolina del Norte, durante trece años ha vivido en Madrid, donde sus mejores amigos han sido colombianos. El amor lo trajo hasta Hungría, donde en agosto su novia dará a luz a su primer hijo. Con absoluta seguridad cuenta que lleva seis meses y quince días encerrado. “Cuando vivía en Nigeria pensaba que todo era malo. Ahora que estoy acá en Hungría, te digo amigo, esto es lo peor”. Michel ha estudiado dos años de Derecho en Moscú, tiene asilo en Austria y al igual que a mí le dijeron que lo liberarían en dos días. Ya llevaba dos meses aquí. Conoce los nombre de todos lo dirigentes políticos europeos y en dos días pudo explicarme la crisis europea de tal manera que por fin entendí de qué se trataba. Cada uno de nosotros lleva al menos nueve años en Europa y, tras haber estudiado y haber aprendido varias de sus lenguas, el continente nos hace sentir como si hubiésemos llegado hace un mes con una bolsa de plástico llena de ropa al hombro.
Esta noche no se han apagado las luces a las nueve como era lo habitual, ya que tenemos derecho a ver la Eurocopa. Al día siguiente nos despiertan a las siete de la mañana con golpes en la puerta metalizada de nuestra celda. Nos dirigimos al cuarto donde todos los prisioneros, unos sesenta, comen. El menú de hoy consiste en un paté cremoso, un trozo de pan y un té dulce frío. Elvis me dice “Amigo no te preocupes, mira al techo y pasa, mañana nos dan hot dog”. Lo hago por respeto a los demás, para quienes durante meses este es el único desayuno. De vuelta a las celdas, a las siete y media, permanecemos en ellas hasta las once, cuando nos dejan pasearnos a lo largo de un pasillo de unos sesenta metros cuadrados para todos nosotros. Al mediodía, sopa de pasta y fusilli a la boloñesa. Mi respeto a los prisioneros, no alcanzo para comerlo. “Una vez al mes nos traen pierna de pollo… no, en realidad le decimos fémur de pollo”, se ríe Elvis. A través de la ventana de nuestra celda se puede ver la fábrica de alimentos que nos proporciona la comida, el olor a carne rancia nos inunda todo el día.
Volvemos a la celda a la una de la tarde y cuatro horas más tarde se nos permite salir al patio durante una hora. Hoy llueve y el permiso es cancelado. Nos distraemos entonces con un juego de naipes que aún no logro comprender. Son las ocho de la noche y los guardias anuncian la hora de la ducha, en la celda no hay duchas personales, como en la primera. De nuevo todos los prisioneros, juntos en un cuarto, nos bañamos desnudos bajo la vigilancia de los guardias preparados con el mando en la mano. Hoy no hay Eurocopa, las luces se apagan a las nueve.
Los guardias de la prisión son bastante jóvenes, yo diría que andan entre los veinte y los veinticinco años. Siempre están acompañados de un oficial de policía, por lo general un poco mayor. Mientras todos estamos en el pasillo, imagino ver a los guardias y prisioneros volverse 15 doctores, 4 economistas, 10 jugadores de fútbol, 10 pintores, 5 escritores, 10 carpinteros… El único motivo de que en este lugar haya tantos jóvenes desperdiciada es la poca oferta laboral en Nyirbátor y la burocracia de los papeles. “Algunas veces te dicen que vas a salir en una semana y puedes durar de dos a tres meses, yo estoy hace seis acá”, dice Elvis.
Él se encarga de decorar nuestra celda con diseños ilustrativos pegados a la pared con crema dental. Uno de sus dibujos es una representación exacta de un estudio de música compuesto por los mejores aparatos que se pueda uno imaginar. En su voz se percibe emoción cuando habla de los decibelios redondos de un beat. En Nyirbátor la música está prohibida.
La primera pregunta que me hicieron en la celda fue sobre mi religión. Resulta increíble que en un mundo donde las religiones católica y musulmana se confrontan constantemente pueda existir un lugar en las que ambas convivan. La mayoría de prisioneros son musulmanes. Una gran parte proviene de Bulgaria, Rumania, Turquía, Georgia, Uzbekistán, Pakistán, Irán, Irak, Argelia y Nigeria.
“Para Hungría se ha vuelto un negocio tener inmigrantes en la prisión. Habitaciones de doce metros cuadrados para tres personas, comidas de no más de cinco euros al día y un poco de electricidad y de agua no supone más de cien euros al mes por persona. ¿Sabes cuánto dinero da la Unión Europea, o Bruselas si prefieres, por cada caso de estos? Hungría tiene tres prisiones llenas, es por eso que te mantienen tanto tiempo, explica Michel. “Los traductores de esta prisión están todos de su parte, nos mienten todo el tiempo”. La semana anterior le dijeron que lo liberarían el viernes pasado.
Los guardianes húngaros se han enterado de la presencia de un colombiano en la prisión, y no ha pasado mucho tiempo antes de que comenzaran a hacer fila frente a la puerta de la 003. Han llegado más de quince personas, la mayoría por curiosidad, ante la oportunidad de ver a un colombiano en vivo y en directo. Uno de ellos me pregunta por el precio de un gramo de cocaína en mi país.
Llevo dos días en la prisión. Son las tres y media de la mañana y me llevan a un pequeño cuarto lleno de guardias. Un traductor me dice que tengo que firmar los papeles que en su momento no acepté. Debido a la presión acabo firmando. Me transportan entonces a una celda en Gyor, un lugar más cercano a la frontera con Austria. Las condiciones de esta cárcel son incluso peores que las de la anterior. A las dos de la tarde del 27 de junio me entregan a la policía de la frontera austríaca. Los agentes que me reciben no pueden entender el trato que recibo, estoy esposado de pies y manos, me desplazan tirando de una cadena y en mis manos llevo la caja negra con el 112 grabado. Los agentes húngaros me quitan la esposas y me devuelven parte del dinero y mis documentos. La mayoría de las copias de los papeles de la frontera han desaparecido.
En escasos cinco minutos los policías austríacos realizan una llamada telefónica y me liberan en un pueblo fronterizo. Parto a Viena y días más tarde, el viernes en la noche, me encuentro con mi amigo que vuelve de Rumania. Volamos de vuelta Berlín.
Excepciones
Las siguientes categorías de ciudadanos colombianos no deben tener una autorización/permiso en original de parte de OFICINA RUMANA PARA INMIGRACIONES, solo tienen que cumplir con los requisitos generales:
* Los que están casados con ciudadanos rumanos;
* Hijos/hijas de ciudadanos rumanos (en el caso que no sacaron el pasaporte rumano);
* Los que tengan visa vigentes tipo Schengen, americana, canadiense, de Reino Unido etc. o un permiso de residencia vigente en cualquier de estos países.
Respuesta de la Embajada de Colombia en Berlín
Señor Vargas:
Las preguntas sobre visas y residencia en Alemania son respondidas por las autoridades locales competentes. Nosotros informamos lo referente a Colombia y normas colombianas sobre visas. De todas formas, tenemos conocimiento de que la Unión Europea decretó que todos los estados miembros de la unión expidieran un título de residencia electrónico y en Alemania dicho documento se expide desde septiembre del 2011. No obstante, los títulos de residencia actuales y documentos sustitutivos de pasaportes son válidos hasta el 31 de agosto del 2021. Para que le resuelvan apropiadamente sus preguntas y dudas en cuanto a visa y residencia, por favor diríjase al: Landesamt für Bürger- und Ordnungsangelegenheiten Ausländerbehörde (ABH) (Abteilung IV) Friedrich-Krause-Ufer 24 13353 Berlin.
Cordial saludo,
Consulado Colombia.