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La relación entre EE.UU y Colombia se dirige a los derechos

Uribe y Obama hacen una pareja dispareja, y el cómo se relacionen entre sí será una prueba reveladora para ambos. Análisis de The New York Times.

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Hay que pensar en el presidente Alvaro Uribe de Colombia en estos días menguantes del gobierno de Bush. Fueron pocos los líderes extranjeros que contaban tantísimo con una continuidad republicana en la Casa Blanca. Después de todo, su país ha recibido unos 5.5 mil millones de dólares en ayuda en los últimos ocho años para el combate de una guerra dura contra los narcotraficantes y los grupos armados ilegales tanto de izquierda como de derecha.

La cereza del pastel se suponía que sería un tratado de libre comercio entre Estados Unidos y Colombia. El presidente Bush la impulsó con fuerza, pero los demócratas en el Congreso, incluido el senador Barack Obama, la bloquearon.

Ahora llega el presidente electo Obama armado con una nueva agenda de política exterior que incluye darle mayor prioridad a los derechos humanos en las negociaciones internacionales. Uno casi puede oír cómo se rompen los platos en la Casa de Narino, el palacio presidencial de Colombia.

Uribe y Obama hacen una pareja dispareja, y el cómo se relacionen entre sí será una prueba reveladora para ambos. Se conoce a Obama por su calma bajo presión. Uribe, como el senador John McCain, es un líder inspirador, pero tiene una reputación de ser impulsivo.

En un último esfuerzo, que algunos dicen fue fútil y desacertado, por salvar su tratado de libre comercio, Bush usó su reunión con Obama en la Casa Blanca el lunes de la semana pasada para defender su aprobación.

Sin embargo, no pudo haber calculado peor el momento oportuno. El gobierno de Uribe enfrenta el peor escándalo de derechos humanos en décadas. Este mes, 25 oficiales del Ejército, incluidos tres generales, fueron despedidos por alegatos de haber ejecutado a civiles inocentes para inflar fraudulentamente la cuenta de insurgentes muertos. El jefe del Ejército también renunció silenciosamente el 4 de noviembre.

Sin duda que Uribe se ha movilizado rápidamente para manejar esta indignación prometiendo una investigación a fondo y un castigo apropiado. Sin embargo, eso nunca es fácil en tiempos de guerra, en especial en un país donde las fuerzas de seguridad han quedado impunes con tanta frecuencia ante acusaciones de asesinato.

Seamos claros, el libre comercio con Colombia tiene mucho sentido, especialmente para Florida. Por lo general, un comercio mayor con nuestros vecinos hemisféricos trae beneficios comerciales. Y, no hay duda, Colombia es un aliado estratégico en el largo plazo.

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Sin embargo, también se tiene que dejar claro algo más. Los republicanos no pueden seguir viendo al libre comercio simplemente en términos empresariales.

Es muy cierto que Uribe le ha dado un giro a la guerra desde que asumió el cargo en 2002, reduciendo la violencia y los

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secuestros, desmovilizando a 30,000 paramilitares de derecha y empujando a la guerrilla de las Farc de regreso a la selva. Sin embargo, Colombia sigue siendo un vaso medio lleno.

La industria de la cocaína sigue ejerciendo su influencia corruptora. El sistema judicial de Colombia sigue siendo débil y carece de transparencia. No se ha castigado a nadie por las masacres y otros asesinatos de décadas atrás.

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Muy arriba en la lista de inquietudes de los demócratas, están los abusos contra los organizadores de los trabajadores colombianos. El año pasado visité una importante mina de carbón en el norte del país que fue escenario de varios asesinatos de líderes sindicales.

Aun cuando agentes de seguridad gubernamentales brindan protección a los jefes sindicalistas actuales, persisten las amenazas e intimidaciones. Altos funcionarios colombianos a los que entrevisté minimizaron la violencia, y en ocasiones, incluso, ridiculizaron los incidentes reportados como meros crímenes pasionales.

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La política estadounidense puede ayudar a que Colombia se replantee su actitud hacia los sindicatos exigiendo que estos crímenes se tomen con mayor seriedad.

Los programas estadounidenses de ayuda ya están fortaleciendo al sistema judicial colombiano en reconocimiento de los hombres y las mujeres que arriesgan sus vidas investigando y juzgando los casos. El Ejército de Colombia también ha sido agraciado ahora con una generación nueva de soldados profesionales, versados en derechos humanos.

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La mayoría de los observadores espera que el Congreso apruebe un tratado de libre comercio el año entrante. Obama se ha rodeado de un grupo de centristas, no de moralistas, para la política exterior. El mismo ha dicho repetidamente que apoya al libre comercio y a la ayuda exterior para el "Plan Colombia", reconociendo que la guerra contra el narcotráfico es una responsabilidad compartida.

"No va a ser excesivo. Obama no es tipo de un solo tema", dijo Michael Shifter, de Diálogo Interamericano en Washington. "El analiza todos los temas, y los derechos humanos están arriba".

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