El criollato de Santa Cruz, la provincia más extensa, rica, y menos indígena de Bolivia votó junto con su clientela por la viceseparación del país. Sus líderes, el prefecto Rubén Costas, y el presidente del comité cívico pro Santa Cruz, hijo de inmigrante croata, Branco Marinkovic, hablan capciosamente del Estado español de las Autonomías para esgrimir ejemplos tranquilizadores; pero que nadie se llame a engaño: el proyecto indigenócrata de Morales provocó un primer espasmo separatista en un mundo iberoamericano, que, a diferencia de España, no se había contagiado de ese cáncer político.
¿A qué se parece, en realidad, el proyecto cruceño? El planteamiento es de una sencillez y crudeza apabullantes; sólo moneda, asuntos exteriores y defensa, en manos del Gobierno central; así, recursos del subsuelo rico en hidrocarburos, orden público, ordenación del territorio, sanidad, educación, toda la legislación regional, representantes locales y nacionales, serían responsabilidad de la provincia. La Paz llama al proyecto, con desdén inquieto, la “Republiqueta de Santa Cruz”.
Pero todo ello tenía ya nombre: Austria-Hungría. El imperio, hasta entonces sólo austriaco, había sido pulverizado por Prusia en la batalla de Sadowa en 1866, y al año siguiente se resignaba a firmar la Augsleich, pacto por el que se dividía el imperio en dos partes, la occidental que pasaba a depender de Budapest y la oriental, de Viena. Ambos territorios eran autónomos en su legislación interior, de forma que sólo la moneda, los negocios externos y los ejércitos dependían de un gobierno central de apenas media docena de miembros, formado paritariamente por las dos capitales. Eso es a lo que Santa Cruz querría llegar para convertirse en “Republicota”; y lo que en ciencia política se conoce como forma confederal de Gobierno, que hoy encarna Suiza y que en España, constituiría el desideratum de aquellos partidos nacionalistas vascos y catalanes, que prefieren hablar de soberanismo en lugar de independencia.
La Augsleich se debió a una grave derrota, y el sobresalto cruceño, a la victoria del indigenismo que aupó a la presidencia a Evo Morales. El triunfo electoral del indígena —mestizo, más exactamente— en 2006 fue percibido como un desastre por la exigua minoría de criollos, en su mayoría descendientes de españoles, que habían considerado el territorio propiedad inalienable desde la Conquista.
A comienzos del siglo XIX fracasaba la tentativa bolivariana de formar la Gran Colombia como foco de integración de los pueblos de raíz hispánica, el criollato, porque indígenas y afroamericanos seguían excluidos de una vida política que monopolizaban los patriotas, vencedores de la guerra de liberación, pero que eran tan españoles como los realistas derrotados. Y la formación de las nuevas nacionalidades se basaba entonces más en los límites administrativos de la Colonia
como audiencias, capitanías generales, y no tanto virreinatos, que en entidades políticas precolombinas como los imperios azteca e inca.
Pero esa demarcación a compás y tiralíneas acabó por prender y hoy los contenciosos territoriales como la reclamación boliviana de una salida al Pacífico, límites entre Ecuador y Perú, la divisoria de Venezuela y Colombia, la reivindicación centroamericana sobre Belice, o las islas que Managua le discute a Bogotá, no han entrañado la aparición de verdaderos separatismos. Ni siquiera Panamá se habría separado nunca de Colombia, de no mediar la intervención del Norte. Ha tenido que ser, por tanto, un rebote de la historia, el temor al indio que vuelve, lo que puso en pie de guerra al clan europeo de Bolivia.
Lo menos malo que se puede decir del arrebato anticonstitucional de Santa Cruz, y las provincias de oriente que preparan sus referendos para junio —Beni, Pando y Tarija— es que es un movimiento táctico. Los promotores del estatuto saben que ni remotamente La Paz puede aceptar lo que equivale a una escisión interior, razón por la cual los cruceños han lanzado la caballería por delante para contar con una ventajosa posición negociadora como punto de partida.
Pero Morales tampoco puede tener la conciencia tranquila porque, aunque la gran mayoría de los bolivianos lo apoyan, la Constitución ha sido aprobada y promulgada de manera tan irregular como la autonomía cruceña. Y, a falta de Tribunal Constitucional, la Corte Nacional Electoral repudia ambas proclamaciones; el estatuto, porque ni la Constitución de Evo ni la precedente autorizan la consulta celebrada unilateralmente; y la Carta Magna, porque fue aprobada por menos de dos tercios de la asamblea y en condiciones de hostigamiento extremo de la oposición.
Las partes tienen por ello buenas razones para el borrón y cuenta nueva que entrañaría un pacto responsable. Pero, en esta partida política merodea, siempre interesado en radicalizar posturas, el actor más truculento. El presidente venezolano Hugo Chávez vive mejor con enemigos que sin ellos, y los hispanófonos monolingües del oriente boliviano son como maná para el inventor del socialismo del siglo XXI, porque encarnan el poder oligárquico que la mayoría indígena quiere jubilar.
Y cuando el padre del chavismo advierte que Bolivia “va a estallar” invoca el espíritu de enfrentamiento en el que se siente como pez en el agua. ¿Serán capaces Evo y los cruceños de reducir la tensión, negándole a Chávez la rebatiña donde se muestra actor tan consumado? Al andino-centrismo del presidente de Bolivia, y países aledaños, ya no hay quien lo pare. La cuestión consiste en saber si el criollo aceptará de buen grado y sin manipulaciones como la del domingo, la voluntad expresada por la fuerza democrática del número; y si esa gran mayoría no blanca se cobrará un día una terrible revancha. Bolivia es indo-céntrica y plurilingüe, pero al mundo sólo puede hablarle en español.
Subdirector de relaciones internacionales del diario El País (España).