El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

La soledad del coronel

En el último mes, seis  funcionarios chavistas se han distanciado del gobierno de Hugo Chávez.

27 de febrero de 2010 - 05:00 p. m.
PUBLICIDAD

El Samán de Güere es enorme y frondoso. Parece un hongo gigante o el rastro verde de una explosión nuclear. “A la distancia semejaba una montaña”, dijo al verlo Humboldt. Tan grande, que a Simón Bolívar y a sus hombres les dio abrigo. Y dos siglos después, el 17 de diciembre de 1982, se convirtió en el más sacro símbolo del sueño bolivariano. A la sombra de un samán, cinco militares juraron con solemnidad por el Dios de sus padres, por su patria y por su honor: “No dar tranquilidad a su alma ni descanso a su brazo hasta no ver rotas las cadenas que oprimen al pueblo”. Y allí mismo, bajo el árbol, prometieron: “Elección popular, tierras y hombres libres, horror a la oligarquía”.

Entonces Hugo Chávez Frías era joven y humilde, escuchaba, persuadía, los enamoraba a todos a su paso y, en conversaciones que tenía con unos y otros en el cuartel, contagiaba a sus interlocutores de una ineludible esperanza en una Venezuela más justa y menos corrupta, una Venezuela refundada.

—Era noble, alegre, bien intencionado…

Del otro lado de la línea habla Yoel Acosta, uno de los míticos militares que fundaron con Chávez, ese diciembre hace 27 años, el Ejército Bolivariano Revolucionario (EBR200). El mismo que en 1992 lideraría la toma de la Base Aérea Generalísimo Francisco de Miranda, durante el golpe militar que coordinaba desde Caracas el comandante y por el cual fueron todos a prisión. El fiel aliado que organizó su campaña política y que participó en  la Asamblea Constituyente. Acosta, el que en marzo de 2000, cuando escasamente había pasado un año de su llegada al poder, apareció en medios nacionales, acompañado de otros dos de los juramentados bajo el samán —los también golpistas Jesús Urdaneta y Francisco Arias— y leyó una carta de despedida con un nombre escogido para perdurar: la declaración de Maracay, un largo y doloroso diagnóstico que daba cuenta de la rapidez con la que los principios de la revolución bolivariana —“una revolución liberal, democrática y participativa”, enfatiza Acosta— se deformaron en las manos del presidente.

La lista de antiguos aliados, despechados del chavismo es larga y diversa. Según el periódico de Maracaibo Noticias 24, hasta  2008, 47 hombres fieles al mandatario habían sido excluidos de su entorno. La desbandada comienza con Acosta y Urdaneta, dos de los cinco militares juramentados bajo el Samán de Güere (el tercero volvió al gobierno y el cuarto murió), y termina, de alguna manera y con sus matices, con la renuncia hace unas semanas de cuatro de sus ministros y  del director del Banco Central, así como la tránsfuga salida, hace unos días, de un gobernador oficialista.

Presionados o abrumados, dejan el asunto sin mucha bulla ni aviso. La prensa venezolana especula. Ellos simplemente dan un paso, sin palabras. Por mucho, le escriben una carta al presidente. La carta se hace pública. Y entonces se lee en la portada de los diarios: “Desde hace varios años he estado a la espera de la posibilidad de conversar con usted… Lamentablemente no se ha producido esta oportunidad de establecer un diálogo franco y sin intermediarios”. La misiva la firma Henri Falcón, gobernador aliado, firmante de la Constitución Bolivariana de 1999, preocupado, “señor presidente: porque la relación entre un jefe de Estado y los gobernadores y alcaldes no puede limitarse a la emisión de instrucciones u órdenes sin la mínima oportunidad de que podamos confrontar puntos de vista”.

De todas las renuncias de las últimas semanas, la de Falcón ha sido la más elocuente. Quizás porque no buscaba un verdadero distanciamiento (al fin y al cabo, el gobernador renunció al Partido Socialista Unido de Venezuela para militar en otro partido oficialista, el Patria Para Todos, PTT). También, porque haciendo pública su frustración (“estamos privados de la posibilidad de ser escuchados, señor presidente”) se hacía, a toda costa, escuchar. La verdad, sin embargo, es que nunca se sabe por qué se alejan, hasta que meses después, más livianos, se van lanza en ristre contra el que alguna vez quisieron.

Cuando hablan, aquellos que lo siguieron, lo defendieron y formaron, se despachan en adjetivos. Y hablan de una mutación exacerbada. “El Chávez que conocimos ya no existe”, parecen coincidir. Y entonces, Luis Miquilena, maestro, amigo, aliado y mentor del líder bolivariano, comienza con voz quebradiza a contar la historia del “diablo que (Chávez) lleva adentro”.

Morir de pie

Suena el teléfono. Una voz lo saluda con amabilidad. Se presenta como Hugo Chávez, el oficial  que ha dado el golpe. Se encuentra en la cárcel y ha estado leyendo sobre su idea de convocar a una Constituyente en el país. Luis Miquilena, el viejo intelectual de la izquierda dura  y democrática venezolana, cuelga el teléfono y decide visitarlo. Será la primera de muchas conversaciones.

No ad for you

Miquilena acaba  de cumplir 90 años y hace ocho renunció a la compañía de su pupilo. Al comienzo permaneció en silencio, pero ahora habla como si no pudiera detenerse. “Cuando Chávez salió de la cárcel (indultado por Rafael Caldera), me lo llevé a vivir a mi casa”, recuerda. Eran noches eternas, acompañadas de uno o dos vasos de whisky, a lo sumo, en las que “soñaban despiertos”, imaginando un proyecto alternativo para Venezuela. “Me costó trabajo —admite—, Chávez salió de la cárcel convencido de que la violencia era la partera de la historia, simpatizaba con la insurgencia armada y la toma violenta del poder”. Miquilena asegura que le bajó los humos, lo convenció de la tesis de llegar al poder por vía de las elecciones y profundizar la revolución vía Asamblea Constituyente.

Así se hizo. Hubo campaña, triunfo y  Constituyente. Pronto, sin embargo, Miquilena comenzó a descubrir a otro Chávez. En las reuniones con su gabinete, se sorprendía con el tono imperial con el que se dirigía a sus ministros; le preocupaban sus cambios de ánimo bruscos, así como la volatilidad de su parecer. “Era un hombre intelectualmente limitado, impulsivo, temperamental, rodeado de obsecuentes, increíblemente desordenado en todos los aspectos de la vida, impuntual, absolutamente negado para las finanzas, amante del lujo y por sobre todas las cosas errático”, le dijo alguna vez al periodista Andrés Oppenheimer.

No ad for you

La incapacidad de hacer caer al coronel en razón llegó a su límite en 2002, cuando Miquilena, entonces Ministro del Interior, no sólo se cansó de chocar permanentemente con las maneras del presidente, sino con su obstinación en ejercer políticas “descabelladas”, como la expropiación a ultranza de predios rurales pequeños, en nombre de la reforma agraria.

“Chávez estaba acabando con el campo. Nos estaba llevando al desabastecimiento y no quería escuchar a nadie”. Entonces, el anciano ministro le pidió a Fidel Castro que intercediera, y en una cumbre de jefes de Estado en 2002, los reunió en un mismo salón para que el líder cubano suavizara sus posiciones. “Yo creía que él era capaz de cambiar”, dice, con el tono de ese maestro de tantos relatos, cuyo discípulo le  ha entregado para siempre su alma  a fuerzas contrarias, “pero ya Chávez estaba tomado por el militar centralista, el autócrata, el vanidosísimo que tenía por dentro”.

No ad for you

Y sin lograr nada, al acabar la reunión, Fidel regresó a Cuba y Chávez, molesto y sin mayores palabras, volvió a Caracas. Miquilena no tuvo de otra. Le dijo adiós al coronel. ¿La embajada en Washington? No, gracias. ¿Asesor externo? No, gracias. “A mi edad, tenía que ser consecuente. Si tenía que morirme, por lo menos quería morirme de pie”.

Estado de corrupción

Una cosa es el carácter. Eso ha venido matando a Chávez. “Todos aquellos que han tenido un poco de aprecio por sí mismos, un poco de autoestima, que no se dejan humillar, que tienen alguna oportunidad, se han ido apartando. Queda la resaca”, dice Miquilena.

No ad for you

Hay otros, en cambio, que se han ido por principios. Los coroneles Yoel Acosta y Jesús Urdaneta se separaron en su momento desilusionados por la fe que había puesto Chávez en el modelo cubano y en la izquierda representada por Miquilena, “lejos de ideales liberales y demócratas, verdaderamente bolivarianos”, asegura Acosta.

Pero hubo algo más, aduce. Se trata de las denuncias que Urdaneta, como ex jefe de inteligencia de gobierno, había hecho en el año 2000, en 46 expedientes que revelaban casos de corrupción dentro del gobierno. Curiosamente para este relato Miquilena aparecía ampliamente señalado, lo que fue visto en su momento como una pugna interna por ganar el corazón de Chávez entre los militares y la izquierda radical.

No ad for you

Chávez nunca actuó y los oficiales renunciaron. Años después, curiosamente, a Miquilena se le escucharían frases como esta, proferida al diario El Mundo de España: “Aunque Hugo es honesto, deja robar a los otros”.

Y nadie parece creer eso con tanta certeza como Wilmer Azuaje, hoy diputado y otrora coordinador estatal del Movimiento Quinta República en aquel fortín político de la familia Chávez que es el Estado de Barinas.

No ad for you

Su madre y su esposa fueron despedidas de entidades públicas, a su hermano lo asesinó un sicario de un tiro en la cabeza el año pasado, a sus colaboradores los persiguen y en diciembre pasado lo sacaron a empellones y patadas de la Asamblea Nacional, de la que es parte. ¿Por qué no lo quiere el chavismo? “Porque me atreví a denunciar a la familia Chávez”, responde.

En 1996, a sus 20 años, Azuaje fue de los primeros universitarios que se enlistaron en las filas del chavismo. Más de una década después, es un acérrimo opositor, que lleva años denunciando el presunto enriquecimiento ilícito de los Chávez en Barinas: hatos de miles de cabezas, fincas, haciendas. “Si ha incurrido en irregularidades, veré a mi padre en la cárcel”, dijo alguna vez el coronel. Con esto en mente, Azuaje ha presentado las denuncias, una y otra vez, encontrando de parte de los ministros oficialistas un lacónico “lo investigaremos”, pero “no vayas a los medios”.

No ad for you

¿Qué le pasó? “El poder lo enfermó”, contesta entre silencios el diputado desde Barinas. “Se alejó del proyecto que plasmamos en la Constitución”, afirma tranquilamente Yoel Acosta, quien hoy se dice bolivariano mas no chavista. “Es cuestión de estar preparado para el poder y no dejar que la basura aflore”, dice el viejo Miquilena. El coronel, afirman, se está consumiendo a sí mismo. La vanidad es su peor enemigo.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias