No es la primera vez que Estados Unidos afronta un proceso electoral con protestas en las calles como telón de fondo. En la década de 1960 fueron las marchas contra el racismo y la Guerra de Vietnam las que rodearon la elección de Richard Nixon. A principios de la década de 2010 fueron las manifestaciones del Tea Party en las elecciones de medio término del Congreso y hace tan solo dos años, en 2018, las protestas en contra de las políticas de migración de Donald Trump, contra la posesión de armas, contra el racismo y a favor de la igualdad de género marcaron también la carrera congresal, por poner algunos ejemplos.
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La lista es extensa: en 2006, las protestas contra la Guerra de Irak también fueron fundamentales para darles a los demócratas el control de ambas cámaras en las elecciones del Congreso. Y ni hablar de las carreras por alcaldías o gobernaciones. En todos estos casos, a pesar del escepticismo, cada movimiento social ha logrado influir en los resultados electorales inclinando la balanza a favor de un partido u otro, dependiendo de quién lidere la movilización y de cómo los candidatos se comporten frente a ella.
Según un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Pensilvania, la actividad de protesta sea liberal o conservadora ha disminuido o aumentado el respaldo a un candidato mostrando factores como la intensidad del descontento en un sector de la población y la vulnerabilidad de un funcionario titular para sostenerse en su cargo. El impacto también depende, según las investigaciones, del tamaño de la protesta. Entre más participantes, mayor será el efecto en la balanza.
Tomemos el ejemplo de 2018. En enero de ese año se observó un número récord de mujeres marchando en Estados Unidos exigiendo igualdad de género y bajo el lema “Poder para las urnas”, el cual tenía un objetivo de acción política que era registrarse para votar en las elecciones de medio término. Se estima que más de dos millones y medio de personas participaron en concentraciones en más de 400 lugares del país, incluidas 38 capitales estatales.
En septiembre de ese año, cuando llegaron las elecciones, se vieron los efectos de esa importante movilización política: 117 mujeres ganaron un escaño en el Congreso, una cifra récord para el país. Además, gracias a otras movilizaciones, como la de “Black Lives Matter” y de otros manifestantes que iban en contra de las políticas del presidente de turno, los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes.
En 2020 se está viendo un fenómeno similar al de 2018, en cuanto al objetivo de acción política en las urnas. El asesinato de George Floyd, el pasado 25 de mayo, revivió el movimiento “Black Lives Matter” en el país. Se estima que entre 15 y 26 millones de personas en Estados Unidos participaron en manifestaciones en las semanas posteriores a la muerte de Floyd. Pero el movimiento no se quedó en las calles, sino que significó un incremento en el registro de votantes demócratas, así como más donaciones para grupos vinculados a este partido para apoyar las carreras tanto por la presidencia como por el Congreso.
Esta acción política ha sido crucial para inclinar la balanza en las elecciones. En 2010, por ejemplo, el apoyo del movimiento del Tea Party ayudó a decenas de candidatos republicanos a ganar en las elecciones primarias de su partido y más tarde escaños en el Congreso, lo que supuso una victoria enorme para el Partido Republicano, que recuperó el control de la Cámara y asestó el mayor cambio en unas elecciones de mitad de período desde 1938.
La gran pregunta que ha surgido con las protestas en el país de las últimas 12 semanas es si podrían costarle la reelección a Donald Trump.
El presidente ha dejado muy claro a lo que juega: busca agitar la tensión racial y enfocarse en los disturbios derivados de las protestas para presentarse como el candidato que impondrá “ley y orden”, y recuperará la estabilidad. Esa estrategia ya la había usado Richard Nixon en su campaña de 1968 a la presidencia, la cual, como sabemos, consiguió ganar. Pero Trump desconoce que él no es Nixon, y ese discurso de la ley y el orden, en este caso, podría no resultar tan efectivo.
“Nixon unió su voto en la ley y el orden a una promesa de paz en casa y en el extranjero. Trump solo ofrece conflicto y no ofrece ninguna salida al conflicto porque, a diferencia de Nixon en 1968, Trump es él mismo la causa de tantos conflictos”, destaca David Frum, analista de The Atlantic.
El exmandatario, además de tener una posición mucho menos incendiaria y más unificadora que la de Trump, no era presidente cuando lanzó su campaña. Trump sí ocupa la oficina en medio de las protestas, por lo que, incluso los votantes blancos, lo han juzgado por su manejo de la actual crisis.
Trump sigue la lógica intuitiva de que las protestas, los disturbios y la tensión racial beneficiarán sus esfuerzos electorales. Hasta ahora ha sido lo único que lo ha recuperado del bajón en popularidad que le dio su mal manejo de la pandemia.
Sin embargo, la historia sugiere que los republicanos se benefician de la violencia callejera, mientras que los demócratas lo hacen de las protestas pacíficas, y en este caso se han presentado los dos fenómenos, por lo que habrá que esperar para ver cuál de los dos tiene más impacto en las urnas. Lo único concreto es que, frente a cualquier resultado, se puede esperar una nueva reacción en las calles.
“Creo que veremos la protesta como un elemento importante de la política estadounidense, independientemente de quién sea el próximo presidente. Si Trump gana la reelección, veremos otra ronda de protestas masivas. Del mismo modo, si Biden se convierte en presidente, creo que veremos otra ronda de presidentes al estilo Tea Party. Dada la polarización, las personas no sienten que sus voces se escuchen a través de sus métodos tradicionales de participación. Así que creo que veremos a la gente volviéndose bastante infeliz, sin importar el resultado”, señala el analista Michael Heaney en una conversación con el Nikanen Center.
Además, no hay que olvidar que hay muchos más factores en juego.
“Si Trump busca paralelismos históricos para su campaña de reelección, aquí hay uno que es mucho más adecuado. Cuando el partido del presidente presidió una pandemia mortal al mismo tiempo que una depresión salvaje y un espasmo nacional de sangrienta violencia racial urbana en 1920, este pasó a sufrir la peor derrota en la historia presidencial de Estados Unidos, una pérdida por un margen de 26 puntos en el voto popular”, señala Frum.
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