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Los niños afganos dejan sus estudios por ataques en sus escuelas

En 2015, 139.000 niños dejaron sus estudios a causa de las amenazas de grupos armados ilegales. 369 escuelas cerraron. Ser educado es sinónimo, en ocasiones, de herejía.

18 de mayo de 2016 - 06:45 p. m.
Cientos de niños y sus familias han sido desplazados internamente por la violencia contra las escuelas. Aquí, una niña en el campo de refugiados de Herat. / EFE
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Con cierta urgencia, un hombre llegó a la escuela primaria Sheikh Zai (distrito de Maruf, Afganistán) y avisó a los profesores que los talibán vendrían. Tres años atrás, tras la invasión de Estados Unidos, los talibán habían perdido el gobierno oficial del territorio afgano y entonces se habían retirado a regiones en las que pervivían como una guerrilla islámica. Desde su retiro forzoso, los talibán se consagraban a fomentar el terror: instalaban carros bomba, proyectaban misiles, fatigaban las variables de los atentados con explosivos. Y también se dedicaban, con fiereza, a ajustar a fuerza de amenazas los programas educativos de las escuelas y a restringir la entrada de niñas en los salones.

Por eso, ese día de junio de 2004 el director de la escuela dejó su puesto, se montó en su motocicleta y buscó a las autoridades para dar la alerta. Entre tanto, los talibán llegaron a la escuela, sacaron sus cuchillos, encerraron a los niños en los salones y entonces, uno a uno, los golpearon con palos mientras inquirían con asomo irónico: “¿Ahora va a volver a la escuela?”.

El episodio, recogido por Human Rights Watch, continuó con la expulsión de los profesores. Seis de ellos fueron amarrados, golpeados y llevados a las montañas próximas. Los talibán les preguntaron por qué desobedecían las advertencias dictadas en la mezquita y por la radio. En medio de su extravío, los profesores dijeron que no escucharon nada, que ellos eran meros educadores. Los talibán habían ordenado que las escuelas aliadas a los enemigos, a Estados Unidos, debían cerrar o dedicarse a la educación islámica.

—¿Por qué están trabajando para Bush? —les preguntaron.

Los profesores habrían pensado dos veces su respuesta si hubieran sabido lo que seguiría.

—No sabemos nada de Bush —dijeron—. Sólo educamos a nuestros niños.

Los golpearon. No fueron simples puños: algunos quedaron discapacitados.

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Este martes, en el sur de Afganistán, 220 niñas fueron envenenadas con gas en una escuela. Se ignora el tipo de gas, sus consecuencias o si incluso existió tal envenenamiento. Ha habido casos en que las niñas acusan dolores que no existen y, al regarse la voz, otras más se duelen y les lloran los ojos sin que haya existido ningún ataque. Pero el miedo se cría, justamente, porque en otras escuelas algunas niñas han quedado en coma luego de que, en efecto, un desconocido —puede ser talibán, puede ser un mero rebelde armado— lanzara un gas dentro de un salón o en el patio de la escuela.

En las noches, los talibán pegan advertencias escritas en las paredes vecinas a las escuelas. De camino al salón, los niños las ven: dicen, bajo amenaza de muerte, que las clases están prohibidas. A una profesora le enviaron la siguiente carta: “Le advertimos que tiene que dejar su puesto como profesora tan pronto como sea posible. De otro modo, cortaremos las cabezas de sus niños y quemaremos a su hija. Es la primera y última advertencia”. La profesora debió de fugarse tan pronto recibió la nota y eludió la suerte de otro maestro de una escuela femenina, que fue asesinado cerca de su casa por enseñar a las niñas.

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En 2015, según un reporte de Naciones Unidas, hubo 132 incidentes contra colegios en Afganistán. Cerraron 369 escuelas, 139.000 niños quedaron por fuera del sistema escolar y hubo 74 amenazas e intimidaciones. Pese a que los talibán se han retraído en su rebatiña constante, los resultados no distan tanto de las incursiones que ocurren desde hace una década contra escuelas de las regiones del norte, noroeste y sur. A niñas de cuarto y sexto grado (los grados totales de la educación primaria y secundaria son 12) les han prohibido entrar a clase a menos que haya una profesora. Escuelas mixtas tuvieron que pasar a ser femeninas por las amenazas, y otras han modificado su currículo para corresponder con las intenciones islámicas de numerosas organizaciones. En ese sentido, las escuelas dictan lecciones que podrían ser consideradas como herejía.

Por eso les preguntaron a los maestros si eran aliados de Bush: porque, en el fondo, toda idea de Occidente sigue siendo enemiga a los grupos rebeldes. Un informe publicado en 2006 por Human Rights Watch desglosa los motivos de los ataques: primero, una oposición certera al Gobierno por parte de grupos insurgentes e islámicos; segundo, una lucha ideológica contra aquello que se enseña en las escuelas (que está por fuera del canon religioso), y tercero, la oposición de numerosos grupos criminales, entre ellos algunos que distribuyen drogas, a la ley dictada por el Gobierno central. Las escuelas, regentadas y apoyadas por personal del Gobierno, son vistas por estos grupos como madrigueras de enemigos que extienden una ideología adversa. En ocasiones, las escuelas han sido vaciadas por el Ejército para ser utilizadas como bases de guerra, con metralletas en los techos y unidades rondando por los corredores escolares.

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Atacar una escuela no es noticia donde abundan los grupos islámicos. Sucede en Nigeria con las bombas de Boko Haram y la abducción masiva de estudiantes, y sucede en Pakistán, en donde Malala Yousafzai fue atacada a disparos por exigir la educación de las niñas. Los afganos han resuelto vivir con esa tendencia: en 2008 hubo 348 ataques contra colegios y en 2009, 613. En ese último año, 24 profesores y 23 estudiantes fueron asesinados (aunque los talibán dicen que ellos no han asesinado a ninguna persona cercana a un colegio, son sospechosos de haber ejecutado a varios). La organización Protecting Education registró un descenso a 197 en 2010, pero los números siguieron aumentando en los años siguientes.

En 2013, las amenazas llegaron a 14; dos años después, ese número se multiplicó por cinco. En los ataques son utilizados explosivos improvisados, minas antipersona, bombas suicidas, rockets y granadas. Dos niños y un profesor fueron heridos por una granada que cayó en el patio de juegos, lanzada por un desconocido. Un enemigo adicional de la educación laica es el Estado Islámico, que tras su entrada en la provincia del Khorasan aumentaron por tres las amenazas. En esta ocasión, los profesores no sólo son obligados a enseñar a partir del Corán sino que tomar parte del salario de los profesores como un impuesto forzoso. En la provincia, 68 colegios fueron cerrados y 48.751 estudiantes se quedaron sin estudio. Las escuelas son quemadas y hay regiones en donde permanecen las construcciones desiertas con hoyos en las paredes como registro de la desidia.

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Un testigo de una de las amenazas dijo esto a Human Rights Watch: “Los talibán les dijeron (a los profesores) que dejaran de educar a las personas porque no debían seguir a los extranjeros, que quien les dijera que tienen que dar esta educación es malo y que no debían continuar. Dijeron que esa vez los dejaban, pero que la próxima los mataban”.  

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