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Los paramédicos mexicanos, acorralados entre la crisis sanitaria y la violencia

Al caer la noche, un grupo de paramédicos está alerta a las llamadas de auxilio de enfermos de COVID-19 cerca de Ciudad de México. Pero no es lo único. Les esperan muertes y escenas de violencia que estremecen sus jornadas.

03 de julio de 2020 - 12:28 p. m.
La violencia en México no ha dejado de aumentar ni siquiera con la crisis sanitaria.
Foto: Agencia AFP
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A diferencia de los que muchos pensaban, la crisis sanitaria estuvo muy lejos de disminuir la violencia, el otro virus que padece el país desde hace décadas y que se encuentra en su pico más alto desde hace un par de años. De hecho, el Índice de Paz México 2020, un informe publicado al pasado mayo afirmó que el 2019 fue el año más violento del país desde que se tiene registro y que los números no parece que vayan a disminuir a corto o mediano plazo.

Los paramédicos y profesionales de la salud han sido unos de los más afectados de toda esta crisis y han quedado acorralados entre el virus y la violencia. Es el caso de Jorge Lino y Hugo Cruz, por ejemplo. Un mensaje de WhatsApp los alerta para que acudan al llamado de una familia en Nezahualcóyotl, uno de los municipios más afectados por la pandemia con 602 muertes y 3.617 contagios.

Jorge, con tres décadas de experiencia, ingresa a la vivienda donde una anciana rodeada de imágenes religiosas yace en la cama. Con voz serena confirma lo que sus familiares temían: está muerta. Diabética, la mujer tenía síntomas del nuevo coronavirus. De los 29.189 fallecidos por covid-19 en México, unos 10.500 lidiaban con la diabetes, según cifras oficiales.

Afligida, la familia le pide a Jorge revisar al padre, aislado en otra habitación con fiebre, dificultades para respirar e incapacidad de movimiento.

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Por la premura con que salió, el camillero solo porta tapabocas y guantes. Pero aun así se sienta al borde de la cama para reanimarlo. Entonces aconseja a la familia llevarlo a un hospital de Ciudad de México, donde -según el gobierno- la ocupación es de 56% y tiene asegurada una cama con respirador.

Jorge cuenta que su vocación de servicio floreció en la niñez. “Fui socorrista, rescatista, paramédico, operador de vehículos de emergencia, todo para acompañar a la gente en los momentos más críticos”, dice a la AFP. Tras esta misión lo espera una joven embarazada, en crisis nerviosa por una discusión familiar.

Cuarentena violenta

De madrugada, los paramédicos Mydori Carmona, de 38 años, y Sergio Villafan, de 24, acuden a una casa humilde donde un hombre presuntamente drogado golpeó brutalmente a su madre e intentó clavarse un cuchillo en el pecho.

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La víctima ya había sido recogida por la Cruz Roja; el agresor, de unos 40 años, fue atendido por Sergio y Mydori, quienes cuentan que los llamados por violencia doméstica aumentaron durante la cuarentena. Según el gobierno, en mayo se registraron 16.057 casos de violencia intrafamiliar, de los 85.445 reportados este año.

Afuera de la vivienda, una decena de vecinos se alista para darle una reprimenda al agresor. ”¡Poco hombre! ¡Eso en el barrio no se tolera!”, grita un furibundo, mientras dos policías conducen al acusado a la patrulla.

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En el zaguán, formados a lado y lado, los justicieros arremeten con puños y patadas. «¡Ya estuvo! ¡Suficiente! ¡En la cara no, no nos lo va a recibir el juez!», vocifera un oficial.

La pareja de enfermeros ya no podía hacer más. Solo volver a la ambulancia y atender el próximo caso, el arrollamiento de un indigente. “La pandemia tendría que ser una gran oportunidad para valorar los momentos en familia, lo que somos, vivimos y tenemos. ¡Es una lástima que no sea así!”, lamenta Mydori. La covid-19 deja además en México -de 127 millones de habitantes- 238.511 infectados.

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“Se va a morir”

Es casi medianoche y la luz de la sirena ilumina las calles por donde Emma Velázquez, de 42 años, y Jorge Sholndick, de 29, se dirigen a una modesta casa.

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Emma camina por un callejón cuando la intercepta una desesperada anciana, quien llorando le dice que llamó porque se siente desvanecer. Jorge se apresura y detecta fuertes cambios de presión en la mujer, a quien pregunta si alguien puede acompañarla al hospital. Pero solo está con sus nietos: un bebé y otro de seis años.

Su hija trabaja de noche para una empresa de seguridad privada. El paramédico la estabiliza y le sugiere trasladarla, pero la abuela se niega. Resignado, camina hacia la ambulancia, donde Emma lo espera. Entonces, con mirada triste, vaticina: “se va a morir”.

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