Para Colombia, un país que ha sido ejemplo internacional al haber acogido a casi tres millones de personas que salieron de Venezuela en busca de mejores oportunidades, no debería ser nuevo el hecho de que los fenómenos de movilidad humana son complejos y multicausales.
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Por eso, consultamos voces expertas para reflexionar sobre lo sucedido.
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Para Catalina Arenas Ortiz, investigadora asociada de Equilibrium CenDE, uno de los puntos más urgentes en este momento es “desescalar el lenguaje”, pues no han faltado las etiquetas de “crisis migratoria” a la hora de referirse a la coyuntura. La experta señala que una “crisis migratoria” es una situación que tiene unas características muy particulares, por lo que esta denominación no se debería usar a la ligera para cualquier suceso que sea simplemente atípico.
Por ejemplo, explica, una crisis casi siempre implica una movilidad humana “a gran escala” y que, por ciertas características (la magnitud del flujo, los niveles de vulnerabilidad, las necesidades de protección o seguridad, entre otros), puede poner en riesgo a la comunidad de acogida. “No es lo que está pasando”, enfatiza.
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De acuerdo con Abebe Shimel, en una publicación de 2018 de la Institución Brookings, para entonces casi el 80 % de la migración subsahariana se movía dentro de la misma región; menos del 22 % salían del continente.
Hoy, según el profesor Aymeric Durez, de la Universidad Javeriana, el fenómeno migratorio en África se concentra en buena parte dentro del mismo continente: alrededor de la mitad de las migraciones ocurren entre países de esta porción del globo. Luego, prosigue, están las migraciones a Europa, generalmente a través de países como Italia o España, y luego, de forma casi marginal, está la migración hacia países de América.
Durante el primer semestre de este año, según cifras de la OIM citadas por Reuters, unos 4.100 migrantes africanos cruzaron el Darién, una caída de 65 % en comparación con el mismo periodo del año anterior. La preferencia por las rutas aéreas, según la publicación, podría explicar parte del descenso. Pero, en todo caso, según las autoridades colombianas, apenas alrededor del 2 % de los migrantes que pasan por El Dorado son de origen africano.
Nastassja Rojas, profesora de la Universidad Javeriana, concuerda en que hablar de “crisis” implica un escenario muy específico, y que, de darse, implicaría más bien una crisis en la capacidad de las instituciones para gestionar eventos de movilidad humana inesperados.
En todo caso, esto, según ellas, importa porque sobredimensionar la situación puede desatar escenarios indeseados dado que la palabra “crisis” en la opinión pública “tiene una connotación negativa”, en palabras de Rojas. “La evidencia nos dice que el miedo desencadena en situaciones de violencia desafortunadas para una población vulnerable”, como lo son los migrantes y refugiados.
Arenas Ortiz habla incluso del “pánico” o el “caos” que se podría desatar al mostrar, de forma equivocada, que situaciones como el abandono de niños en la terminal aérea o el hallazgo de escenas insalubres se están volviendo patrones, que corresponderían, más bien, a una crisis humanitaria, lo que tampoco es el caso.
Algo que también ha quedado en evidencia es la lejanía o el desconocimiento de los contextos, en este caso, de los países africanos. “Nos pasó también con la migración de Venezuela”, añade Rojas, en referencia a que en general se invisibiliza el hecho de que en ese flujo de personas ha habido población colombiana retornada, familias mixtas o, en suma, personas en condiciones muy diversas. Esto, creer que las migraciones son homogéneas, “no permite que haya compresión” del fenómeno.
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Durez apunta también que, a raíz del represamiento de migrantes en El Dorado, se ha llegado incluso a culpar a las gestiones de política exterior impulsadas por la vicepresidenta Francia Márquez en África. Estas se han concentrado en países como Sudáfrica y Kenia, naciones que incluso geográficamente distan de Guinea, de donde han provenido buena parte de los migrantes de estos casos, como el de la niña que fue reportada como abandonada en la terminal área.
En la misma falta de comprensión que señala Rojas, además, podrían radicar prejuicios como el que señala Arenas Ortiz: que los padres abandonan a sus hijos por “desalmados”: “Nadie sabe, y me incluyo, las razones que llevan a estas personas a generar esos movimientos”, dice. Añade que la evidencia ha mostrado que casi nunca un padre o una madre deja a sus hijos por simple maldad, “sino porque cree que es la única forma de salvar su vida”.
En línea con esto, Durez llama la atención sobre que, en medio de la diversidad de contextos, más que mirar las particularidades de cada país, habría que mirar las particularidades de cada persona. No obstante, al migrar en un continente que tiene más de 50 Estados, muchas personas pueden compartir aspiraciones como la de buscar una vida mejor, escapar de situaciones económicas adversas, incluso de conflictos armados (que no es el caso de Guinea), entre otros, señala el experto. Y apunta también al componente demográfico: África es un continente con crecimiento demográfico, de jóvenes en busca de oportunidades educativas y laborales que tal vez en sus países no pueden encontrar.
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Todo esto, en un contexto agravado por situaciones recientes como la pandemia de COVID-19 y la guerra en Ucrania (en materia alimentaria, por ejemplo, los países africanos dependen en buena parte de las importaciones desde Rusia y Ucrania), un par de ejemplos que hacen aún más evidente la urgencia de abordar los desafíos de movilidad humana con una perspectiva, por lo menos, de cooperación entre países y sectores o actores de la sociedad civil.
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