Entre los diplomáticos latinoamericanos de Washington y Lima ronda por estos días un chiste: los colombianos van a creer que ya no son importantes para el gobierno gringo, le dice un peruano a su colega que vive en la capital norteamericana. ¿Por qué?, pregunta el amigo. Porque el nuevo embajador no hablará ni la mitad de lo que habla Brownfield, sentenció el peruano.
De ser confirmado por el Congreso de Estados Unidos —algo que es prácticamente un hecho— después del 7 agosto llegaría a Colombia Peter Michael McKinley como nuevo embajador. Actualmente es el representante del gobierno de Barack Obama en Perú. Quienes lo conocen, aseguran que, contrario a William Brownfield, McKinley es un hombre de pocas palabras. “Tiene un estilo muy diferente”, afirmó a El Espectador el presidente del Dialogo Interamericano, Michael Shifter. “Es muy cauto, de bajo perfil”, recalcó.
McKinley es un diplomático de carrera que nació en Venezuela, donde su padre —quien también fue diplomático— vivió una época. Es experto en la política y la historia de ese país, tanto que publicó con la Universidad de Cambridge en 2002 un libro titulado Caracas pre-revolucionaria; política, economía y sociedad, sobre la historia política de Venezuela entre 1777 y 1822.
Como experto en la republicana hermana ya dijo que quiere ayudar a mejorar las relaciones entre el nuevo gobierno colombiano y el del presidente Chávez. “He visto un renovado interés en iniciar un diálogo entre Colombia y Venezuela y si soy confirmado, trabajaré en eso”, afirmó.
McKinley ya priorizó sus intereses en el país: la defensa de los Derechos Humanos y la lucha contra el narcotráfico. El analista Shifter, sin embargo, recalcó a este medio que no espera “grandes cambios en la política de Estados Unidos hacia Colombia”.
El presidente Barack Obama lo ha definido como “individuo de talento y dedicación”. Es estudioso, absolutamente académico, prudente con la prensa y carismático con su equipo de trabajo. “Encantador”, dicen. Tiene un doctorado en la Universidad de Oxford y desde 1982, cuando comenzó su carrera diplomática, ha estado en la Unión Europea como jefe de la Misión de Estados Unidos, en Bruselas; en la Oficina de Población, Refugiados y Migración del Departamento de Estado, en Washington y ha desempeñado otras funciones en las embajadas de Mozambique, Uganda, Londres y Bolivia.
Habla español, portugués, francés e inglés a la perfección y por su sangre corre alma latina, pues se crió entre Brasil, México, España y Estados Unidos. Colombia siempre le ha llamado la atención, por eso cuando le ofrecieron la embajada se sintió a gusto, “siempre lo había considerado como un destino importante para su carrera”, explica un amigo cercano.
McKinley es la cabeza de una familia de tres hijos. Dos de ellos viven en Estados Unidos y uno más en el Reino Unido. Su esposa, Fátima, a quien conoció en Bolivia durante una de sus misiones como representante del gobierno estadounidense, es quien aporta una importante dosis de alegría y buen humor a su vida y lo hace escapar de la seriedad y la cautela que lo caracteriza.
Ambos llegarán a Colombia una vez posesionado el presidente Juan Manuel Santos, en momentos en que la aprobación del Tratado de Libre Comercio sigue pendiente de aprobación en el Congreso estadounidense. Este defensor del libre comercio será crucial en lo que falta del proceso. Será el puente entre la nación más poderosa del planeta y su supuesto mejor aliado en la región. Una relación que despierta muchas preguntas sobre la verdadera importancia que el país representa para la administración Obama. Preguntas que McKinley podrá responder solamente cuando se concrete su aprobación en el Congreso estadounidense.