En estos momentos cualquiera que atente contra Trump, un árabe, un chino, un ruso, alguien, podría hundir a Estados Unidos en un conflicto civil de proporciones delirantes.
Ese es el peligro de una polarización incendiaria en una potencia mundial con tantos enemigos. Cualquiera que anhele la caída, no solo de Estados Unidos, sino de las democracias occidentales, podría verse tentado a encender la mecha en un polvorín tan peligroso como el que ha dejado instalado Trump en su país.
Por eso, paradójicamente, el primer deber estratégico de Joe Biden es proteger a Trump y hacerle sentir todavía que es importante, que aunque se esfuerce por parecer un payaso es un expresidente, el líder, aunque indigno, real, de la mitad del electorado y una pieza clave para el equilibrio de la nación.
Sé que muchos piensan que nada le convendría más al mundo que la caída de Estados Unidos. Pero Estados Unidos, sin dejar de practicar una despreciable política imperial en su área de influencia, y sin dejar de ser culpable de haber mantenido a la América Latina, que pudo ser su jardín lateral próspero y aliado, convertida en su patio trasero lleno de marginalidad y de resentimientos, también ha sido el más respetable ejemplo de democracia para numerosos seres humanos, un asilo para la humanidad, un espacio donde han avanzado en la reivindicación de sus derechos los hijos de la esclavitud y una sociedad respetuosa de las reglas del juego que no merecería hundirse en el caos por sus defectos cuando podría regenerarse por sus virtudes.
El mundo le debe demasiado a Estados Unidos y no sería una buena noticia verlos irse sin gloria por el sumidero de la historia. Al fin y al cabo quienes se alzan como sus adversarios no son necesariamente mejores: ni la China prodigiosa de inventos e incansable de transformaciones, pero despótica hasta el tuétano; ni Rusia, misteriosa y atormentada, pero perdida en un laberinto tortuoso; ni Irán, con un pie en la sabiduría del islam y otro en su intolerancia. Solo la Unión Europea parece un islote de sensatez en este mundo convulsivo, pero no estaría viva sin los Estados Unidos, que son su criatura.
Trump ha venido a envenenar un plato que ya estaba descompuesto, pero aunque le falta poco para ser Nerón, le falta mucho para ser Hitler. Y a la larga se verá que ni siquiera representa a un partido, ni una doctrina, ni una visión del mundo, que no es más que uno de esos comodines que juegan la historia en los momentos de crisis y que no es la encarnación de una filosofía, sino apenas una caricatura de la humanidad contemporánea, de su individualismo, de su narcisismo, de su ignorancia, de su frivolidad. Es “una historia de sonido y de furia contada por un loco y que no significa nada”.
Basta ver la deplorable comparsa de sus fans que invadieron el Capitolio esta semana. Todos sus disfraces parecen diseñados por los coreógrafos de Hollywood, son residuos de los camerinos del far west y de los depósitos de la Guerra de las galaxias, vaqueros de medianoche, junkies de suburbio y escombros de Mad Max jugando por un rato a la historia. Ahí no hay ninguna aventura napoleónica.
Pero a alguien puede ocurrírsele convertirlo en un símbolo de algo, bajo la oscura insatisfacción que corroe a Estados Unidos, porque en realidad corroe al mundo entero, no solo por la suprema desazón de esta pandemia de trasfondo incierto, sino por lo que hay más allá de ella, en las bodegas de la modernidad, la recesión que se está gestando, el cambio climático, los incendios que pronto recomenzarán, la multiplicación de los huracanes, la tragedia de los migrantes en todas las fronteras, esa tierra de nadie que son las Naciones Unidas, esta corrupción galopante y este mundo en poder de las mafias ante el que va desapareciendo toda legalidad, esta crisis honda de la civilización que parece asomada a un oscuro abismo.
Sería la hora del renacer de la política, una hora más de sabiduría que de conocimiento. Y Joe Biden tendría que empezar por dar un alto ejemplo de serenidad: una vez neutralizado el clown que intentó rivalizar con el cine con esta revuelta de payasos, una farsa que tuvo, sin embargo, un desenlace trágico, tendría que proteger al patético viudo del poder para impedir que algo lo convierta en instrumento de una conflagración. Porque a muchos en el mundo les gustaría ver a Estados Unidos devorándose a sí mismo.
No hacerle el juego a la polarización sin fundamento que Trump manipula por su retorcida psicología. Y tratar de reinventar la política. Pero, que recuerde, la política nunca la han reinventado los políticos.