Las liberaciones de los presos de conciencia cubanos continúan su marcha con la llegada a Madrid de dos más: Luis Milán y Mijail Bárzaga. Con ellos, serán 11 los liberados del grupo de 52 con el que se comprometió el gobierno de Raúl Castro. El martes llegaron los primeros siete y ayer, dos más: Normando Hernández y Omar Rodríguez.
Mientras todo esto ocurre y los contactos entre la diplomacia española y el gobierno de la isla se ocupan de temas logísticos, se han suscitado debates sobre el significado real de las liberaciones entre la propia disidencia cubana y el grupo de las Damas de Blanco, las familiares de los presos que claman por su libertad.
Los calificativos que se escuchan de boca de los propios liberados en España, que en general han destacado su salida de prisión como un paso hacia el respeto de los derechos civiles en Cuba, contrastan con la desconfianza de los disidentes más radicales.
Para el segundo grupo, todos estos hechos recientes no significan más que una muestra del oportunismo del gobierno y un método para lavar su imagen. Uno de ellos, Oswaldo Payá, incluso desconfía de las liberaciones: “Se les da a escoger entre la prisión y el destierro. No hay respeto a su dignidad ni a sus sentimientos. Se parece a lo que es: una liberación de rehenes secuestrados”. Sus críticas también apuntan a Miguel Ángel Moratinos, ministro de Asuntos Exteriores de España, quien ha asegurado públicamente que trabajará para que, luego de este gesto de Cuba, la Unión Europea cambie su postura de aislamiento político a la isla.
Entre las Damas de Blanco, las palabras de una de sus integrantes, Oleivys García, la esposa del periodista independiente Pablo Pacheco, quien arribó a Madrid el martes pasado, fueron en contra de lo que sostiene la líder Laura Pollán. Una vez se hizo el anuncio de las liberaciones, Pollán afirmó que el grupo no cesaría de marchar hasta tanto no se liberaran todos los presos políticos pacíficos de Cuba, no sólo los de la primavera de 2003, como hasta ahora se pactó. Sin embargo, desde Madrid, García decía al periódico español El Mundo qué “tras lograr la liberación de nuestros presos debería hacerse un comunicado desmantelando la organización como tal. Si de allí quieren surgir otros movimientos, entonces deben cambiarse el nombre a damas de negro, azul o marrón”.