Raras veces se le ve vestido a la manera de un político con poder. Quien ve a Steve Bannon, que tiene 63 años, pensará primero en un hombre en apariencia inocente, muy sencillo, de mirada clara y calmada, que suele lucir una clásica chaqueta impermeable y un pantalón de trabajo y que incluso cuando se viste con elegancia sigue teniendo cierto tono casual. Sólo aparece cada tanto en los mítines públicos y cuando lo hace, se ovilla a un lado de la sala y toma la apariencia de una presencia fantasmal, general, como si de hecho ocupara todo el salón con su silencio. Sin embargo, es quien decide qué firma el presidente Donald Trump y cuándo lo firma. Es quien estuvo detrás del veto a los migrantes. Fue él quien escribió el discurso inaugural del 20 de enero. Fue quien cargó buena parte de la elección del gabinete y día a día, según fuentes cercanas, le dice a Trump que puede hacerlo todo, todo lo que prometió en campaña: más que un asesor político y miembro del Consejo Nacional de Seguridad, como dicta su título oficial, Bannon se ha ganado a fuerza de palabra y acción el título de asesor espiritual.
Nació en una familia demócrata de Virginia e hizo una carrera singular: fue militar por siete años en el Pacífico, se graduó con honores de la Universidad de Harvard, se convirtió en inversor de la firma financiera Goldman Sachs, fundó su propia firma, la vendió, dirigió un programa de radio y se convirtió en productor de filmes en Hollywood, desde donde comenzó a delinear sus políticas conservadoras y a hablar de la crisis capitalista que determinó, dice, el decaimiento de la grandeza de Estados Unidos.
Hoy es la mano derecha del presidente estadounidense, a quien conoció en una de sus emisiones de radio, a las que invitaba al entonces director de la Organización Trump. Por entonces, Bannon ya tenía claro que sus ideas políticas no pertenecían al establecimiento: ni a los conservadores ni a los republicanos. Apeló entonces a figuras distintas: por ejemplo, un empresario que había basado todo su éxito en la fórmula del trabajo duro y pragmático y que representaba el éxito de la industria nacional. “No soy un nacionalista blanco —dijo Bannon en noviembre del año pasado—. Soy un nacionalista. Soy un nacionalista económico”.
El camino político de Bannon comenzó en firme durante su dirección de Breitbart News, un medio de extrema derecha que es el brazo mediático, según él mismo, del movimiento Derecha Alternativa (o alt-right). Allí, bajo su autorización, se publicaron numerosos artículos en los que se desdeñaba a los afroamericanos por su color de piel, se calificaba de manera grosera a los judíos y se acusaba a los latinos de contaminar la raza europea. En sus publicaciones se ha escrito que “el mundo tiene mucho mejor sentido cuando uno entiende que la gente de diferentes razas difiere en su inteligencia promedio” y que Estados Unidos debe convertirse en un “etnoestado que sea el punto de reunión de todos los europeos”. Bannon ha dicho que no es antisemita ni racista y que está en desacuerdo con el etnonacionalismo.
En la revista virtual Quartz resumieron el sistema de Bannon: “La filosofía política de Bannon se reduce a tres cosas que un país occidental, y Estados Unidos en particular, necesita para ser exitoso: capitalismo, nacionalismo y valores judeocristianos”. El capitalismo consiste en restablecer los beneficios que traía el sistema económico a la clase media (y que rescindieron después de que el gobierno de Obama, con apoyo de los republicanos, decidió salvar a los bancos tras la crisis de 2008). Los valores judeocristianos son, en efecto, los valores de la religión católica, que debe predominar. El nacionalismo es el fervor obsesivo por una patria identificada con los dos valores anteriores, que se protege a sí misma para prohibir la invasión de los foráneos, moros en sus costas.
Vetar la entrada de los migrantes es una medida que se ajusta a los tres requisitos. En noviembre de 2015, durante un programa de radio al que asistía el consejero presidencial, un invitado dijo: “Necesitamos poner un coto a los refugiados hasta que podamos vetarlos”. Entonces Bannon respondió: “¿Por qué incluso dejarlos entrar?”. Bannon se ha llamado a sí mismo populista y una de sus palabras preferidas es crisis: Estados Unidos está en crisis, ha perdido sus valores, sus jóvenes carecen de brío para afianzar la grandeza nacional. En un editorial reciente, el New York Times aseguró: “Bannon se ha posicionado –al igual que el yerno de Trump, Jared Kushner– como el asesor de mayor confianza, ahogando otras voces con puntos de vista alternativos. Ahora aparentemente está por encima del asesor de seguridad nacional, el teniente general retirado Michael Flynn”. Su papel en el Consejo de Seguridad Nacional es poco claro: será el primer asesor político que entra en una oficina en la que, de manera tradicional, se toman las decisiones en tiempos de guerra y de paz. En marzo de 2016, Bannon dijo: “Vamos a irnos a la guerra en el mar del sur de China en unos cinco o diez años. No hay duda sobre ello”.
Bannon también ha tenido su parte en las decisiones más rebatidas de la presidencia de Trump: el muro en la frontera con México (para protegerse de los migrantes que reducen los salarios), el desembalaje del sistema de salud, el corte de las finanzas a ciertos estados que protegen a los migrantes y la enemistad continua de Trump con países como Australia y China y bloques como la Unión Europea y Naciones Unidas. Los republicanos moderados lo ven como un peligro; ningún demócrata lo quiere en la Oficina Oval. Pero Trump lo escucha y, según fuentes cercanas, concuerda con él en casi todas sus decisiones. En 2013, mucho antes de que comenzara la carrera presidencial, Bannon escribió: “Esto se trata del poder y de quién va a ejercerlo”.