Las elecciones presidenciales del próximo domingo en Nicaragua son, en realidad, un plebiscito sobre la reelección de Daniel Ortega por otros cinco años y un referendo sobre el destino del país centroamericano. Muy lejos quedan las banderas revolucionarias que evocan el nombre de Sandino y el halo reaccionario de la Contra durante la revolución o, como es más comúnmente llamada ahora, la guerra civil de 1979-1990.
Las últimas encuestas pronostican una victoria, con el 48% de los votos, de Daniel Ortega, líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que busca un segundo mandato tras una reforma de la Constitución avalada por jueces amigos y considerada ilegal por la oposición liberal. En segundo lugar, con el 31%, se sitúa Fabio Gadea, de 80 años, candidato del Partido Liberal Independiente (PLI), propietario de Radio Corporación y muy popular en el país, sobre todo en las zonas rurales, gracias a su personaje radiofónico Pancho Madrigal, un campesino que durante décadas ha entretenido y hecho pensar a los nicaragüenses.
Pese a los sondeos, la polarización política que supone el duelo entre Ortega y Gadea se palpa en las húmedas calles de Managua, que cada tarde reciben una corta ducha torrencial, y aún es pronto para dar el partido por jugado.
“Ortega ha ensanchado su base popular. Es muy fuerte en la capital y en los sectores modernos del país y los jóvenes, pero también atrae a la gente más humilde”, dice Carlos Fernando Chamorro, director del semanario Confidencial e hijo de la expresidenta de la reconciliación, Violeta Chamorro. Gadea cerró su campaña ante más de 100.000 personas en Managua, prometiendo “un Gobierno de nación y no de partido, acabar con la corrupción y crear un verdadero Estado de derecho”. Sus palabras atraen a las clases ilustradas pero, como dice Chamorro, no logran “dar esperanza a la gente ni dar la impresión de que votando por él van a mejorar su vida. Me temo que Ortega logrará la mayoría absoluta”.