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Torre de Tokio: a raya

Columna para acercar a los hispanohablantes a la cultura japonesa.

Señalización de la escalera del metro de Tokio.
Foto: Gonzalo Robledo
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Mucho antes de que la frase “mantener a raya” adquiriera sentido literal (gracias a las líneas para marcar la distancia social durante la pandemia), en Tokio caminábamos, hacíamos cola y esperábamos, obedeciendo rayas y señales pintadas en el suelo de toda la ciudad. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).

“Esto solo puede suceder en un país muy organizado”, me dijo hace poco un turista argentino, de rostro joven y pelo blanco, que esperaba a mi lado para entrar a un evento multitudinario en una cola guiada por la detallada señalización en el piso del recinto.

Por pertenecer a una cultura acostumbrada a vivir sin zapatos dentro del hogar, los japoneses prestan especial atención a los suelos que pisan a lo largo del día y es habitual encontrar señalización para dirigir el flujo peatonal en pavimentos, baldosas, tarimas o andenes.

El epítome de la señalización en el pavimento es la estación de metro o de tren. El andén para abordaje está marcado con rayas para indicar dónde parará el tren, dónde abre las puertas cada vagón y en qué dirección deberán caminar los pasajeros que acaban de bajar.

Por ser las líneas del metro y la estación las arterias y el órgano vital que garantizan la puntualidad del país, todos acatan la normativa impresa a lo largo y ancho del sistema de transportes.

También se incluyen las escaleras. Aquellos que, por caminar enviando mensajes de texto, titubean entre subir por la derecha o por la izquierda son informados con flechas impresas en cada uno de los peldaños cuál es la dirección correspondiente.

A medida que avanzaba la cola, el argentino canoso comentó lo difícil que sería implantar medidas semejantes en Buenos Aires y se ensañó contra la indisciplina de sus paisanos con un discurso masoquista que me sonó familiar.

Le conté de unas amigas francesas que, después de unos días en Tokio, manifestaron quejas parecidas sobre la imposibilidad de encauzar como un rebaño las multitudes de Francia, un país latino, apasionado y espontáneo, donde muchos rechazaron las restricciones de la pandemia por limitar los derechos civiles o por el temor a que se consolidaran en normas fijas.

Tanto a las francesas como al argentino les expliqué que acatar normas, más que mansa sumisión, es de sentido común en una ciudad donde, al sumar los municipios aledaños, se obtienen los mismos 38 millones de habitantes que Canadá.

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Por eso, desde antes del covid, los marcadores en el suelo han creado flujos de tráfico unidireccionales para ordenar el desplazamiento de las personas. Y seguirán ejerciendo su poder, dictatorial, maternal o preceptivo, hasta que la menguante natalidad determine que, por ser muy pocos y muy viejos, ya no hace falta mantenernos a raya.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

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