Desde hace más de una década la noticia de que no le otorgan el Premio Nobel de Literatura a Haruki Murakami origina reportajes, columnas y debates sobre las razones de la Academia Sueca para ignorar al novelista japonés más leído de la historia. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo).
Como Jorge Luis Borges durante gran parte de su vida, Murakami, de 74 años, arrastra el calificativo de “el eterno candidato”, pese a que no se sabe seguro si el autor de Kafka en la orilla ha figurado alguna vez entre los finalistas.
Estocolmo anuncia el nombre del ganador, pero se reserva el de los rivales hasta 50 años después de otorgado el galardón. El secretismo incentiva la especulación y las conjeturas crecen como setas.
Una de las razones más difundidas para no premiar a Murakami es la supuesta ausencia de compromiso político en su literatura. Tal argumento, sin embargo, es discutible, pues sus personajes, como cualquiera que interactúa en situaciones sociales, hacen elecciones que pueden ser calificadas de políticas.
Su preferencia por la música de jazz, el whisky y los novelistas estadounidenses fue elogiada en sus inicios (y criticada también), por abrir una ventana de modernidad en una literatura japonesa introvertida, rica en costumbrismo lírico, quimonos, ceremonias de té y muy nacionalista.
Sin llegar a la beligerancia de Kenzaburo Oe, el recién fallecido nobel que denunció dentro y fuera de sus libros al ejército imperial de la Segunda Guerra por alentar el suicidio de civiles antes que rendirse al enemigo, Murakami ha sido explícito en sus opiniones.
Tras el atentado de la secta de la Verdad Suprema, que mató con gas sarín a más de una docena de pasajeros en el metro de Tokio en 1995, Murakami abandonó temporalmente su frontera surrealista para escribir un libro documental basado en entrevistas con supervivientes y testigos, en un ejercicio periodístico similar al realizado por García Márquez con Noticia de un secuestro.
Las letras niponas siguen de momento con dos nobel y medio. El de Oe, en 1994, el de Yasunari Kawabata, en 1968, y el del autor británico de origen japonés Kazuo Ishiguro, celebrado por algún seguidor de Murakami en 2017 con la frase “por lo menos tiene sangre japonesa”.
La no victoria se volvió broma de temporada y, según la BBC, dio origen al dicho “Si Murakami perdió, quiere decir que el otoño está aquí”.
Una búsqueda en Google japonés de “Otoño-Haruki Murakami” arroja entradas curiosas, como clases para cocinar los huevos revueltos que aparecen en la novela Tokio Blues, y un artículo en el que consuelan al autor recordándole el Premio Princesa de Asturias de las Letras que recibirá este 20 de octubre en la ciudad española de Oviedo.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.