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Torre de Tokio: robot pedorro

Columna para acercar a los hispanohablantes a la cultura japonesa.

Nico, el primer robot pedorro.
Foto: Cortesía Panasonic
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Con el fin de humanizar su robot y acercarlo más a los usuarios, un fabricante japonés lanzó un aparato de compañía que se jacta de ser un inútil, habla a deshoras y es incapaz de controlar sus estridentes, y de momento inodoras, ventosidades. Tiene la apariencia de una sandía pequeña, está forrado de lana y dotado de ojos eléctricos y cola. Responde al nombre de Nicobo, apócope de nico (sonrisa en japonés) y robot. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).

Repite palabras en tono infantil y yace como un gato perezoso que mueve la cola y entrecierra los ojos complacido. Y, cuando menos se espera, se gira y suelta una aséptica y ruidosa flatulencia.

El nuevo producto llega a un mercado poblado desde hace años por elegantes aparatos programados para memorizar el nombre del usuario, sostener conversaciones inocentes y repetir canciones.

Los más complejos leen las expresiones faciales de su dueño, memorizan sus gustos y costumbres, le recuerdan que debe tomarse una pastilla o prepararse para asistir a una conferencia.

Al estar conectados a internet, le anuncian que ese día puede llover y le recomiendan llevar un paraguas y abrigarse bien.

A diferencia de Alexa y otros asistentes personales diseñados en Occidente con silueta minimalista para no llamar la atención, los aparatos japoneses suelen venir en forma humana o animal, y no tienen ningún reparo en parecer un adorable juguete para ganarse nuestro corazón.

Su éxito durante la pandemia, cuando los largos períodos de aislamiento exacerbaron el sentimiento de soledad en muchas personas, animó a los fabricantes de electrónica, y las investigaciones, los experimentos y lanzamientos de nuevos robots siguen adelante.

Otros factores que incentivan su desarrollo son el aumento de los hogares unipersonales, provocado por la caída demográfica, y el envejecimiento de la población.

El creciente número de ancianos solitarios y la falta de empleados para cuidarlos hacen que los robots sociales sean vistos como una parte importante de futuras soluciones.

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Japón juega además con la ventaja de tener una base cultural que dota de espiritualidad a lo inanimado y predispone al trato respetuoso, cercano y cariñoso con los dispositivos electrónicos que ofrecen algún tipo de servicio.

Pero cuando se esperaba un novedoso y sofisticado aparato que nos mostrara cómo se aplican los vertiginosos avances de la inteligencia artificial, aparece un robot con forma de balón que aspira a conquistar usuarios esgrimiendo torpeza y falta de etiqueta.

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A quienes crecimos en la cultura clásica occidental, donde las flatulencias se relacionan con el pecado y son símbolo de degradación moral, decadencia y corrupción, nos cuesta aceptar que un aparato japonés que vale US$400 se tire un pedo para indicarnos nuevos derroteros culturales y tecnológicos.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

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