La crisis humanitaria es innegable: millones de refugiados en los países vecinos, mientras que adentro de Ucrania hay miles de muertos y de heridos. Los crímenes de guerra se repiten. Aunque el debate de la guerra no puede desviarse de las causas a las consecuencias, y eso pasa en muchas guerras, aquí es el espacio de pensar lo humanitario. (Siga las últimas noticias sobre Ucrania en El Espectador. Aquí los más recientes ataques con drones).
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Las angustias de las víctimas siguen su curso. Poco importa si son mujeres de Ucrania, hombres de Etiopía o niños de Afganistán. Si bien es cierto que son, por ejemplo, refugiados, no dejan para nada sus preocupaciones sobre el trabajo, las deudas, los planes a futuro. Por eso, a la ayuda a un refugiado siempre le falta algo. Pero en este tema tampoco logramos que el principio de humanidad o de imparcialidad se imponga. Seguimos atorados en la victimización selectiva.
Lo humanitario, más allá de una codificación de normas o de una propuesta ética estructurada, es un impulso vital. Es un afán por ayudar a las víctimas y una víctima es, como decía un amigo español, aquel que es como uno que está en un mal momento. Lo humanitario es parte de la naturaleza humana, como también lo es el egoísmo.
En el caso de la guerra de Ucrania se ha manifestado un impulso solidario desde lo normativo, lo ético y lo institucional. En medio de la guerra me encontré con jóvenes ucranianos que voluntariamente se dedicaron a recoger comida o ropa para sus vecinos. Vi voluntarios en ciudades como Kiev, Lviv, Odesa, volcados a ayudar a los suyos. En las fronteras, tanto en la polaca como en la rumana, pude constatar el gran movimiento de la población de otros países que le echan una mano a los que huyen de la guerra.
En Rumania pude visitar un centro de acogida donde la gente tenía acceso a comida caliente, a una cama decente y a juguetes para los niños. En Polonia, con solo cruzar la frontera, se ven paquetes de ropa y comida que les brindan a los que llegan, incluso sin preguntar si son refugiados o no, porque hay más alimentos que necesitados.
Igualmente, había varias cajas de juguetes que los niños podían escoger a su gusto para llevar en el camino hacia Varsovia. En Varsovia, en la estación de tren, había personas con chalecos de muchos colores, que hablaban varios idiomas y estaban dispuestas a ayudar. Incluso pasé unas horas con una ONG encargada de contactar ofertas de vivienda temporal en otros países y facilitar su transporte desde Polonia.
Vi una gran oferta de ayuda: desde traductores de muy buen nivel hasta tarjetas telefónicas con datos para navegación, vi instrucciones en varios idiomas en el aeropuerto de Bucarest y en las estaciones de tren de Varsovia. Y todo eso es loable y plausible. Pero, me pregunto, ¿por qué nace semejante preocupación? Esta nace de muchos impulsos, entre ellos, recordar los horrores de la Segunda Guerra Mundial. No porque las actuales generaciones la hayan vivido, sino porque parece que tuvieran en su memoria los recuerdos de sus abuelos, de los flujos de refugiados que buscan una alternativa.
Debemos sumar también el riesgo real, sin que precisemos si es un riesgo alto o bajo, de que el conflicto en Ucrania pueda ser la antesala de una tercera guerra mundial, y eso aumenta el miedo, y el miedo no solo paraliza, sino que también moviliza. Además de la solidaridad y del miedo, hay que tomar en cuenta la capacidad de movilización que producen las redes sociales y los medios de comunicación. La pandemia en muchas
partes, si nos dejamos guiar por los medios de comunicación, ya no existe, ni las otras angustias de los seres humanos.
Las demás guerras, por ejemplo, quedaron archivadas y ya no salen en los televisores. La crisis de Ucrania, por el contrario, no se trata de una guerra olvidada, sino de una que se ha mantenido en primera página y en titular permanente, lo que genera, por supuesto, una respuesta social. Esa conjunción entre solidaridad, miedo y permanencia en las noticias hace que la gente haya priorizado la guerra de Ucrania.
Todo lo anterior no responde la pregunta de qué pasa con los otros refugiados que llegan a Europa. En la última semana de abril, llegó la noticia de una patera que naufragó y hubo más de veinte personas desaparecidas en las aguas del mar Mediterráneo. Pero ni fue titular, ni permaneció en los noticieros, ni generó una indignación profunda. Tampoco hubo un rechazo generalizado ante la masacre de, por lo menos, veintitrés migrantes que saltaron la valla de Melilla, que separa Marruecos de España.
También, al mismo tiempo que veíamos que se abrían las fronteras polacas para permitir el flujo de refugiados de Ucrania, veíamos que permanecía cerrada la frontera entre Polonia y Bielorrusia, y se negaba la entrada a refugiados que venían de guerras como la de Siria y la de Afganistán. Mientras en España hubo trabas para aceptar en la educación pública a niños sirios, esa ayuda se dio de forma automática en el caso ucraniano.
Por supuesto que no se trata de una propuesta de nivelar por debajo. No podemos, de ninguna manera, ruin y perversa, por demás, esperar que los refugiados ucranianos sufran como lo hacen los etíopes o los que atraviesan el Magreb para llegar a las costas del Mediterráneo.
No se trata de que sufran para que entiendan el dolor de otras guerras, se trata de cómo lograr romper ese gueto de pensamiento que está incrustado en los europeos en la medida en que entienden a los ucranianos como parte de Europa. Es decir, son solidarios por un impulso limitado a “los suyos”, son solidarios porque el miedo a una guerra mundial les preocupa, pero no porque esa guerra se viva ya en pequeñas cuotas desde hace muchos años en otros sitios como Palestina, Yemen o Afganistán.
Los europeos son solidarios porque los medios de comunicación están ahí y esos mismos medios no dicen mucho de guerras lejanas porque las noticias lejanas no las consume la gente, y como no las consume la gente no las publican. Y así empiezan esas guerras a hundirse en el olvido al punto de que sus refugiados se convierten en personas de tercera o de cuarta.
Y, para cerrar el círculo, aparece el color de la piel. No gratuitamente se denunció al comienzo de la guerra que algunos trenes que iban hacia Alemania eran detenidos y las personas negras eran bajadas de ellos. Asimismo, se observaron discriminaciones hacia personas de otras regiones del mundo.
Hay un componente discriminatorio en la solidaridad porque algunos se identifican con el otro solo en la medida en que sea blanco, de ojos claros; ese es un racismo peligroso, cuya otra cara es pensar que la víctima tiene que ser únicamente una persona negra, mujer, violada, madre cabeza de familia y que su esposo haya sido decapitado en un genocidio.
El problema sigue siendo la negación de cualquier atisbo de universalidad, porque, para unos, los europeos tienen “privilegios” y no derechos y, para otros, los de las guerras lejanas ni siquiera tienen derecho a los derechos. Quiero insistir en que me rehúso a llamar privilegios a los derechos por los que mujeres y hombres lucharon incluso hasta dar la vida.
* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial, sello Debate. Víctor De Currea-Lugo es médico, trabajador humanitario, periodista, escritor, profesor universitario y activista por la paz. Como trabajador humanitario ha estado en países como Colombia, Palestina, Sáhara Occidental y Darfur. En su trabajo como periodista ha realizado informes especiales desde Irak, Afganistán, Líbano, Siria, Filipinas y Kurdistán, entre otras regiones del mundo. Máster en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Salamanca y PhD de la Universidad Complutense de Madrid. Autor de una decena de libros sobre conflictos armados, entre ellos De otras guerras y de otras paces (2014), Y la sangre llegó al Nilo (2018) y su más reciente trabajo Fanatismos, mitos y fusiles (2022). Página web: victordecurrealugo.com Twitter: @DeCurreaLugo